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■ Tuvo un Cadillac con tapones de oro, pero durmió sus últimas noches en una cama de cartón

Ricardo Pajarito Moreno, otro ídolo del boxeo que terminó en desgracia

■ El Barretero de Chalchihuites, donde hoy será sepultado, destacó por el poder de sus puños en 1950

Carlos Hernández y Jorge Sepúlveda Marin

Ampliar la imagen El Pajarito Moreno (izquierda), durante su intensa batalla ante Memo Diez, en enero de 1956 El Pajarito Moreno (izquierda), durante su intensa batalla ante Memo Diez, en enero de 1956 Foto: Revista Clío

En sus tiempos de esplendor, Ricardo Moreno fue ídolo del boxeo mexicano. Y como tal, el ex pugilista fallecido el pasado martes cumplió con los requisitos para ser un héroe con guantes: Pajarito, un impresionante noqueador que fue campeón nacional pluma, pasó de la opulencia a la miseria en apenas unos cuantos años.

El también conocido como Barretero de Chalchihuites tuvo de todo: un Cadillac con tapones de oro, una residencia en el Pedregal de San Ángel, una lancha para sus parrandas en el mar, un restaurante en Acapulco, donde impresionaba a la clientela al encender sus cigarros con billetes de cien pesos...

Sin embargo, cuando se acabó la magia de sus puños cayó en el alcohol y las drogas, se esfumó el dinero, pasó por un hospital siquiátrico, vagó por las calles y terminó viviendo de la caridad. Dormía sobre cartones en unos baños públicos de la ciudad de Durango.

Al calor de las minas

Ricardo Moreno Escamilla nació el 7 de febrero de 1937 en Chalchihuites, Zacatecas. Fue campesino y minero. De grande le gustaba decir que su fuerte pegada se debía a que sus puños se habían forjado “al calor de las minas” en las que trabajó desde pequeño.

Bajo la tutela del mánager Lupe Sánchez se convirtió en una de las grandes figuras del pugilismo mexicano en la década de 1950, en la que no sólo conquistó el título nacional pluma, sino que ganó el cariño de los aficionados por su espectacularidad y también por su vida disipada.

Su fama trascendió al boxeo y filmó dos películas: Policías y ladrones (1956) y La sombra del otro (1957, con Viruta y Capulina), lo que le permitió relacionarse con actrices como Ana Bertha Lepe, Mona Bell, Christian Martell, Kitty de Hoyos, Lorena y Tere Velázquez.

“Lo firmaron por 20 mil pesos por cada cinta”, recuerda quien fue su mánager Chucho Cuate. “Y por más que le dije que eso lo perjudicaría, porque inclusive ya no se preparó bien para pelear por el campeonato mundial pluma...

“Hay muchas anécdotas que vivimos juntos. Lo que más recuerdo es que siempre le dije ‘cuida tu dinero’, ‘no te dejes engañar’, pero a veces a los ídolos los ciega el éxito y, es triste decirlo, pero se acaban a sí mismo”, añade.

Eran los días en que vestía a diario de traje y corbata, sin repetir, y le gustaba verse como pachuco: zapatos blancos, camisa roja y anillos de diamantes.

Recuerda su amigo Julio Coria: “Tin Tan lo enseñó a vestirse elegante. Siempre estaba presentable, porque su debilidad eran las mujeres, en especial las güeras de cabello largo.

“En esos tiempos tenía mucho dinero. Lo primero que hizo fue comprar una casa para su mamá Zenaida en el Pedregal de San Ángel. Le costó 600 mil pesos y después se la vendió al actor Manuel Capetillo en 400 mil.

“La malbarató, pero no le importó, porque ganó unos siete u ocho millones de pesos. Compró también un restaurante bar llamado La Flor de Acapulco, donde le gustaba quemar billetes de 100 pesos para prender sus cigarros…”

–¿Por qué lo hacía?

–Nomás porque sí. Ya después, cuando no tenía dinero, ni quería que le recordaran eso –dice Coria.

El Pajarito compró también una lancha para sus parrandas en el mar y perdió dinero en el Hipódromo, donde compró dos caballos de carreras, y en las apuestas de peleas de gallos.

“Ahora la gente no puede creer todo eso, pero yo nada más hablo de lo que fui testigo”, dice Coria, actual mánager en el gimnasio Nuevo Jordán.

“Yo lo vi manejar su Cadillac con tapones de oro y cómo pagaba todas las cuentas de las cantinas donde llegaba. Ninguno se ha dado esa vida. El representante de Antonio Aguilar se quedaba admirado de todo lo que hacía.

“El Pajarito muchas veces me dijo que varios le quedaron a deber dinero. Capulina fue uno de ellos. Ya después, cuando dijeron que estaba loco, nadie se acordó de pagarle nada, pero muchos le debían, porque era muy generoso.”

Eran sus años de despilfarro y también de descuido en el gimnasio, por lo que sumó algunas derrotas que ya presagiaban su declive.

Sin embargo, le consiguieron la pelea por el título mundial pluma, ante el nigeriano Hogan Kid Bassey, en Los Ángeles, California, el primero de abril de 1958, donde los aficionados mexicanos fueron mayoría entre los 20 mil espectadores que abarrotaron el Wrigley Field.

Era la pelea de su carrera y de su vida, pero la decepción fue total: Hogan lo noqueó en apenas tres rounds.

Se llevó 40 mil dólares, pero para olvidar la derrota se refugió en el alcohol. Y desde entonces sobre él se tejió una historia negra.

Rafael Barradas, quien fue secretario de la Comisión de Box durante 20 años, relató: “La prensa deportiva informó ampliamente de los líos en que en aquellos días, o noches, mejor dicho, se habían metido el Pájaro Moreno y el Toluco López.

“El Pajarito bebió como náufrago en un cabaret de mala muerte, donde ni siquiera su fama y condición de boxeador lo salvaron de ser asaltado y robado. Ahí perdió su costoso anillo de diamantes, en una trifulca por una dama.”

Así, las autoridades le cancelaron su licencia de boxeador, que era la única forma que tenía de ganarse la vida.

–Déme permiso de pelear señor Spota –le dijo el Pajarito al escritor Luis Spota, entonces presidente de la CBDF.

“Tengo necesidad de ganar algunos centavos para mantener a mi familia… a mi jefecita… a mi mujer… a mis hijos… Si me dan permiso les prometo, ora sí, que me voy a portar bien, voy a caminar derechito. Ustedes me pueden vigilar… les prometo que no les fallo, pero por favor, déjenme pelear para poder vivir” –suplicó en vano el pugilista.

Poco tiempo después el peleador recibió otra mala noticia: su entonces esposa, Rebeca Juárez, le pidió el divorcio.

“Ese fue el último golpe –recuerda Julio Coria. Lo que le quedó de su divorcio lo botó en un dos por tres. Primero le gustaba hacer obras de caridad y dar préstamos, pero luego le entró a la droga y al alcohol.

“Estuvo un año y dos meses en el hospital Campestre, por la carretera a Puebla, porque decían que estaba loco. Anduvo un tiempo vagando por aquí, cerca del gimnasio, en Salto del Agua, y la gente lo reconocía y le daba unos pesos. Después regresó a Chalchihuites… yo lo acompañé a la terminal de Autobuses del Norte.”

Y luego pocos supieron de él, hasta que 29 años después se le encontró viviendo en unos baños públicos y gimnasio en el centro de la ciudad de Zacatecas, en un cuarto de 4x3 metros con una cama, una silla y una mesa.

–¿Se arrepiente de lo hecho? –se le preguntó alguna vez.

–Por un lado sí y por otro no...

–¿Por qué sí y por qué no?

Meditó y respondió: “Viví la vida bien. Cuando tuve, la viví bien. No tengo… me lamento también. Aunque es igual…

Vendría lo peor

Su destino lo llevó finalmente a la ciudad de Durango, donde sus últimos años los vivió en un gimnasio con nombre profético, El Refugio. Ahí le daban comida, lo dejaban dormir en una cama de cartón y anoche fue velado.

El Pajarito Moreno falleció a las dos de la tarde de este martes 24 de junio, a los 71 años, muy lejos del esplendor que tuvo cuando fue conocido como el Barretero de Chalchihuites, lugar donde este jueves será sepultado.

 
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