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Bárbara Jacobs

Quien añade ciencia añade dolor

De casualidad pesqué en la tele a un sicoterapeuta en acción ante una adolescente que revivía entre sollozos cómo había intentado suicidarse. La escena me atrapó y asistí al resto de la sesión, interesada y conmovida. Antes de poner en marcha mi sentido crítico vi los créditos del programa. El director era Rodrigo García y el fragmento que acababa de ver y que me había enganchado era un capítulo de una serie producida asimismo por él, y titulada En terapia.

Mi interés por la salud del cuerpo y del alma es tan temprano y persiste, que a medida que ha ido pasando el tiempo he ido confirmando que más bien se traduce en una crónica petición de auxilio. Comoquiera que sea, empecé por atender aquella vocación nata con el sueño de estudiar medicina, que por múltiples razones degeneró en el de convertirme en escritora; cambié la ciencia por el arte, la posibilidad de hacer el bien por la de no hacer nada. Lo cierto es que desde un principio me supe atraída en especial por la exploración y elaboración literarias de los trastornos de la salud, tanto los del cuerpo como los del alma.

Y antes de ni siquiera contemplar extender esta afición al plano social que tiene la medicina y asumirla como causa paralela con la cual cumplir con el bien, la alimenté con lecturas de todo tipo, desde novelitas anónimas y pasajeras hasta grandes obras como La sala número seis, de Antón Chejov; El doctor Arrowsmith, de Sinclair Lewis, y Servidumbre humana, de Somerset Maugham, que en conjunto, cada obra con sus recursos y sus intenciones, presentan al lector diferentes ángulos y tratamientos del mundo del dolor y de la enfermedad.

Para ni siquiera rozar el aspecto de su consumada factura cinematográfica, En terapia me ha sorprendido porque me habla de los conflictos humanos eternos con la vivacidad de lo actual, con esa energía y esa eficacia; el consultorio como la representación del templo protector ideal, puertas permanentemente abiertas para el peregrino que se acerque a su entrada; la consulta como la materialización del metafórico oído que encarna el consuelo.

La condición humana se caracteriza como sufriente, y la humanidad siempre ha buscado y proporcionado respuestas artísticas, filosóficas, religiosas, científicas y hasta tecnológicas a esta suerte, aunque sin saciarla ni aplacarla, pero igualmente sin detenerse. Ha creado modelos teóricos que seguir, y los ha corporeizado en figuras perfectas a las que imitar. Dioses, santos, pensadores, hombres de acción, que con su vida y su obra señalan el camino. Y si no incluyo en la lista a los artistas es porque ellos mismos se inhibirían ante la responsabilidad. A medida que cualquier persona exhibe la profundidad de su existencia menos seguible se hace, y los artistas suelen ser, por naturaleza, quienes sólo hablan con la verdad.

Aunque desconcertante, el sicoterapeuta de En terapia comparte esta cualidad con los artistas y, si conoce su profesión y la aplica con rigor y talento de acuerdo a los principios correspondientes, asimismo revela, mediante su propia miseria, la naturaleza a la cual pertenece, la humana, que es imperfecta y está enredada en conflictos y tormentos más fuertes que él.

Ignoro qué validez o autoridad tiene la escuela que estructura En terapia, pero por determinados indicios, en particular por el grueso de las intervenciones y las actitudes del terapeuta, supongo que pasa la prueba. Y confieso que esta aprobación “superior”, pues imagino que existe un comité de expertos que establecen qué se transmite por televisión y qué no, es decir, de exhibir que incluso los sicoterapeutas sufran y por lo tanto sean humanos, si me ha confundido, también me ha hecho pensar. Tanto así, que rectifico una primera reacción, en la que deseaba censurar la serie, y paso a recomendarla. Pido que el espectador la juzgue y que manifieste su opinión. Por mi parte, felicito a Rodrigo García y su equipo, actores y colaboradores, todos de primera.

 
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