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■ David Ojeda publica su nueva novela

El hijo del coronel, obra que explora los lazos del poder

Arturo Jiménez

Armado de un bagaje histórico, político y social que sólo utiliza como contexto narrativo, muy lejos del panfleto, el escritor potosino David Ojeda acaba de publicar El hijo del coronel, novela “de corte realista”, en la cual aparecen una serie de personajes cuya densidad sicológica le sirve, sobre todo, para explorar asuntos humanos como el amor, el rencor y el perdón.

Editada por Tusquets, en esta novela Ojeda (San Luis Potosí, 1950) busca refrendar su caracterización por los críticos como un escritor con una clara visión política, pues, como dice en entrevista con La Jornada: “Entiendo la vida social a través de las relaciones de poder y dominación que se tejen en ella y que hacen que las leyes estén siempre sometidas en beneficio de una minoría económica y política”.

Entre los detonantes de El hijo del coronel, el también autor de La santa de San Luis menciona haber conocido a un “boina verde” del ejército estadunidense retirado, un mexicano huasteco que le comentó sobre los duros entrenamientos en el fuerte Sherman, en Panamá.

Otros dos detonantes fueron: un recorrido por la Huasteca, región cultural que le apasiona y que antes había querido utilizar como geografía de una de sus narraciones, y el haber conocido a una persona que le confió que era transexual, de lo cual le surgió la idea de construir un personaje hondo, verosímil y admirable, como reconocimiento a las minorías sociales y al “espíritu libertario” de ciudades como la de México.

Interpelaciones a tres voces

–¿Cuál es la función de la estructura de la novela, dividida en tres partes, cada una con voces narrativas diferentes: segunda, primera y tercera, respectivamente?

–Quería que los personajes comenzaran a darse a conocer en el momento en que despertaban, el mismo día, y que más tarde todos coincidieran en un mismo lugar, como una solución crítica y climática –responde Ojeda, quien logró llevarlos a una sala forense, ante el cadáver de Victoria Bautista, ligada con ellos en el pasado.

En el primer capítulo, el coronel Marcelo Azuara es interpelado por una voz interna que le habla en segunda persona, en un desdoblamiento propio del diálogo introspectivo.

En el segundo, un médico, patólogo y alcohólico, Fernando Carrillo –cuyo nombre tomó Ojeda de un destacado sonero y promotor cultural potosino–, agrega más elementos a la trama desde la primera persona, aunque también mantiene un diálogo con su yo interno.

En el último capítulo aparece un personaje misterioso, cuya vida es contada en tercera persona y con el cual el escritor busca construir una de las varias sorpresas o “vueltas de tuerca” literarias que ofrece al final.

Como una de las principales exigencias de Ojeda es conmover y convencer al lector, agrega: “Todo lo demás es trabajo y fatiga física y anímica, pues, por ejemplo, ¿cómo plantear la muerte de un personaje si uno mismo no muere y agoniza un poco?

–Aparte de los mundos sicológicos de los personajes, también se tocan temas más visibles, como el machismo, y hasta posicionamientos críticos sobre el país y el mundo.

–Sí, se trata de personajes complicados, conflictivos, que enfrentan la vida con intensidad. Y, claro, se plantean asuntos actuales, pues si se observa el contexto histórico y político de la novela, uno se percata que podría explicarnos el problema presente del narcotráfico en México y la relación que hay entre quien ha recibido instrucción militar y luego se dedica a traficar con drogas en la frontera.

“Personajes como el coronel Azuara puede haber muchos, y seguramente hacen lo mismo: traficar con armas de Estados Unidos a México, y con indocumentados y drogas de México a la Unión Americana. O haber sido asesores militares de la inteligencia estadunidense en el ejército mexicano, durante la época de la guerra sucia”.

 
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