Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de junio de 2008 Num: 695

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Dos miradas hispanomexicanas
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR entrevista con CARLOS BLANCO AGUINAGA y FEDERICO PATÁN

Trece poetas grupo hispanomexicano

Criptografía cuántica: a prueba de espías
NORMA LETICIA ÁVILA JIMÉNEZ

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Yoshi Oida, la poética del escapista (I DE II)

La anécdota es conocida: contaba Yoshi Oida (Kobe, Japón, 1933) con escasos cinco años de edad cuando, en medio de un juego inocente, descubrió las posibilidades de la desaparición. Cubrirse con un saco negro lo volvió invisible por unos instantes y lo hizo consciente de la crisis del otro que miraba; una epifanía de la ausencia como presencia y de la invisibilidad como extensión sublimada, múltiple y paradójica de la manera de sabernos cuerpo. Al cabo de la insistencia en el juego, el niño Yoshi encontró una certeza: la desaparición habría de ser su modus vivendi. Se ataviaría entonces con las ropas del ninja. O con las del actor. Mejor las alternaría, pues en la convergencia de los dos oficios se halla el sentido de la actoralidad para el colaborador paradigmático de Peter Brook: el que confiere al actor las cualidades del prestidigitador a partir del dominio preciso de su técnica.

Oida estuvo en México –en Monterrey específicamente, invitado por el Forum Universal de las Culturas– durante el otoño pasado, a propósito de la presentación de Die Winterreise, la selección de lieders, de Franz Schubert, que trabajó con un elenco de cantantes mexicanos. A pocas horas de la primera función en el Aula Magna de la Universidad de Nuevo León, y acompañados por el ruido de una aspiradora descomunal como fondo sonoro, Oida nos concedió unos minutos de charla concisa y jugosa respecto a algunas de sus inquietudes recurrentes, misma que logró extenderse posteriormente mediante un par de preguntas formuladas vía correo electrónico.


Yoshi Oida

Aunque ha incursionado en la ópera desde hace muchos años, llama la atención la frecuencia con que ha emprendido proyectos de este género en épocas recientes. ¿Qué ha descubierto en el lenguaje operístico, a priori distante de su búsqueda previa?

–Tiene que ver con mi relación con la música. Soy un ser que siempre ha buscado la compañía de la música en lo cotidiano y que ha entendido la influencia que las estructuras musicales pueden ejercer en mi oficio a nivel de entrenamiento y análisis. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se despertó en mí la necesidad de explorar la zona intermedia de los dos lenguajes –teatro y música. Creo que ese espacio mixto es justamente el que representa la ópera, que depende de ambos en buena medida, pero que también ha conquistado cierta autonomía. Es un lenguaje impuro, híbrido, cuyos códigos demandan una especificidad interpretativa que encuentro desafiante. Y encantadora…

–Una especificidad, justamente, que suele relacionarse con una poética actoral casi siempre formalista, exteriorizada. ¿Cómo subvertir, si cabe, la condición artificiosa de esta búsqueda?

–Creo que esa consideración generalizada nace de un prejuicio que tiene alguna justificación. La interpretación escénica en la ópera exige un esfuerzo doble, y generalmente quienes la ejercen tienen una formación musical más sólida que la actoral. Y yo creo que esa “inexperiencia” aparente es en realidad una ventaja: evidencia a tal grado el proceso de construcción en el actor que es imposible evadir su vinculación con sus instintos artísticos más elementales. Es un camino de alguna forma virgen, y yo soy un entusiasta de lo inexplorado. Me parece una de las formas más seductoras para llegar a la interioridad.

–¿Y no existe el riesgo, dada esa “inexperiencia” que usted refiere, de que la organicidad actoral se diluya ante un predominio externo del discurso musical y vocal?

–Quizás hay una diferencia de enfoque: usted lo ve como un problema, yo estoy frente a una zona oscura que me emociona y que me incita a su exploración. En todo caso, esa disolución de la que usted habla bien puede ser una comunión nebulosa entre lenguajes: cómo el actor se funde con el relato musical y con el canto, cómo su trayectoria se entremezcla con la ejecución de la partitura, con las melodías.

(Continuará)