Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de junio de 2008 Num: 695

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Dos miradas hispanomexicanas
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR entrevista con CARLOS BLANCO AGUINAGA y FEDERICO PATÁN

Trece poetas grupo hispanomexicano

Criptografía cuántica: a prueba de espías
NORMA LETICIA ÁVILA JIMÉNEZ

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
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Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Verónica Murguía

Todo el pasado por delante

La frase del título es de Jorge Luis Borges y, como tantas cosas que dijo o escribió, se ha convertido en una suerte de lema entrañable para mí. Dijo esto del pasado cuando un entrevistador le preguntó por qué insistía en leer a los poetas anglosajones o a los latinos, en vez de leer a sus contemporáneos. Borges contestó, con una mezcla de ironía punzante mezclada con humildad, que sospechaba que tanto él como sus contemporáneos estaban todos escribiendo el mismo libro, y que prefería asomarse a un universo de veras desconocido y lejano.

¿Por qué “el mismo libro”? Porque tanto él como sus colegas y amigos compartían la patria, el momento, las preocupaciones, la educación, la forma de ver el mundo. Así, a Borges le parecía mucho más interesante leer a un poeta medieval, a Horacio o a Quevedo, y de esa forma escuchar la voz de un hombre muerto hacía siglos, que leer los libros de aquellos con quienes andaba por la calle. Con todo el pasado por delante, le costaba trabajo atender el presente.

Tengo para mí que Borges no se parecía ni a su familia. Su madre, Leonor Acevedo, decía de él que “era como si le hubiera nacido un pato”. No escribió libros parecidos a los de nadie, aunque hay ecos de Marcel Schwob, de Stevenson y de Kipling en algunos de sus relatos. Su curiosidad por el pasado, por imaginarse cómo era, me parece uno de los rasgos más encantadores de esa cabeza irresistible.

Como lo admiro tanto, suelo pensar y repensar las cosas que dijo. Por eso concebí este ejercicio, una exploración del pasado personal que me obligó a repasar mi vida y a colocar ciertos momentos en una perspectiva distinta.


Ray Bradbury

Imagine el lector un objeto banal –me doy cuenta de que es un adjetivo borgesiano–: un florero, un vaso, un feo mono de Lladró. Al tocarlo usted, solamente usted, este objeto banal le permitirá vivir de nuevo cinco días, los que usted elija, de su vida. No podrá, aunque lleve con usted la experiencia de su vida hasta el momento de tocar el objeto, cambiar nada. Es decir, no podrá advertirle a sus padres acerca de las devaluaciones, ni dejar cartas contándoles que en el futuro aguarda Carlos Salinas de Gortari, el “error de diciembre” o el peligro de votar por Vicente Fox.

No podrá decirle que a esa persona que desairó y que luego reveló sus encantos, o besar a esa otra que le gustaba. Está prohibido sacarse la lotería por conocer el número ganador a posteriori, meter la novela al concurso que hubiera ganado, insinuarle al médico que el diagnóstico no es correcto. Se permite, en cambio, observar con detenimiento el rostro amado que se llevará la muerte.

Tendrá que repetir, encerrado en un cuerpo, el suyo, pero más joven, esos días, sin cambiarlos, pues modificar el futuro le impediría llegar al objeto mágico, apreciando, tal vez, lo que entonces desestimaba: juventud, ausencia de preocupaciones, el asombro primordial de la niñez.

Creo que los días repetidos tendrían que ser rutinarios. No podrían ser muy importantes, pues cualquier desliz cambiaría el futuro, y bueno, en los momentos decisivos de la vida uno tendría la tentación de mejorarlo todo, como en el cuento de la mariposa de Ray Bradbury. En ese relato, el “efecto mariposa” tiene la forma literal de una mariposa pegada a la bota de un hombre que viaja al pasado a cazar un dinosaurio. Traer al futuro la mariposa lo cambia todo y lo convierte en una pesadilla.

Llegué a la conclusión, por ejemplo, de que me gustaría repetir un último día de clases de primaria. Revivir la sensación de libertad, de ver en la boleta que había aprobado, las caras de los otros niños. Me levantaría a las seis, me dejaría peinar, ritual detestable hasta ahora, y desayunaría con asco idéntico el Chocomilk con huevo. Me subiría con mis hermanos al camión número siete, comería mi sandwich de mermelada con mantequilla, haría fila, pasaría lista, me distraería en clase, saldría a recreo y miraría con atención suprema el campo, pues mi escuela estaba en el campo, cerca del lago de Guadalupe. Vería la tele y me dormiría como una santa, como una niña, después de leer a escondidas Huckleberry Finn.

La conclusión a la que llegué fue una verdad de Perogrullo: todos los días son importantes. Quizás en el futuro miraré atrás y este momento, en el que escribo esta columna, será, por su simplicidad cotidiana, por muchas cosas a las que apenas presto atención, precioso.