Usted está aquí: jueves 3 de julio de 2008 Política Dos regímenes en disputa

Octavio Rodríguez Araujo

Dos regímenes en disputa

En 1997 se asomó la posibilidad de una disyuntiva para el país a partir de una situación peculiar. Las elecciones del 6 de julio de ese año revelaron dos fenómenos inéditos: por primera vez en la historia de México fue electo el jefe del Gobierno del Distrito Federal por sufragio directo, universal y secreto, y además dicho triunfo recayó en un partido de oposición de centro-izquierda: el Partido de la Revolución Democrática, y 2) por primera vez desde la fundación del partido oficial, éste no obtuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

Esos dos hechos me hicieron pensar hace 11 años (en un ensayo publicado en la Revista de Administración Pública) que en el país había dos regímenes políticos sobrepuestos. Por un lado el viejo régimen político, que he denominado estatista, populista y autoritario, y por otro uno nuevo que he caracterizado como neoliberal, tecnocrático y también autoritario (más en lo económico que en lo político). El primero se fundó con el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924) y el segundo, aunque todavía con ciertas ambigüedades e indefiniciones, en 1982 con Miguel de la Madrid Hurtado.

Dije “dos regímenes sobrepuestos” porque al iniciarse el neoliberal tecnocrático el estatista populista no había desaparecido del todo. Muchos de los defensores del viejo régimen, con o sin adecuaciones a los tiempos cambiantes, estaban vigentes dentro y fuera del gobierno federal, de no pocos gobiernos estatales y del Partido Revolucionario Institucional (PRI), uno de sus principales soportes desde su creación en 1929 como Partido Nacional Revolucionario. Al mismo tiempo, los defensores del nuevo régimen –también en el PRI–, que ya habían sobresalido desde el gobierno de López Portillo (1976-1982) en su gabinete económico, afianzaron su hegemonía al ganar para ellos la presidencia de la República, en un país presidencialista altamente centralizado. Podría decirse que a pesar de que los defensores del régimen neoliberal tecnocrático contaban con el gobierno nacional no habían logrado derrotar a los representantes del viejo régimen. Quizá esto explicaría por qué tuvieron que recurrir a un golpe de Estado técnico imponiendo, primero en el PRI (como candidato) y luego en la presidencia del país, a un tecnócrata también neoliberal: Carlos Salinas de Gortari. Fue éste quien habría de precisar el carácter del nuevo régimen, y afianzarlo sin importarle los medios para conseguirlo.

Para los fines de este artículo entiendo por régimen político (que no gobierno) una forma de existencia del Estado que depende de la correlación de fuerzas sociales y políticas en un país y en un momento dados, además de ciertas tradiciones que tienen que ver con una cultura política generalizada aunque no siempre asumida como tal. Al PRI, actor importantísimo del viejo régimen, lo entiendo como partido del régimen (y no como partido de Estado), de aquel fundado por Obregón y sostenido por varias décadas. Fue, explícitamente, el viejo régimen el que creó al partido y le dio como función principal el apoyo al gobierno en turno. Cárdenas, en 1930, lo llamó “el organismo dinámico del régimen”, no del Estado ni del gobierno. Cuando el régimen que lo creó entró en crisis, su partido también, como pudo observarse sobre todo a partir de 1988 y más precisamente en 2000 cuando perdió la elección presidencial por primera vez en su larga historia de dominación política.

En 1997 todo indicaba que la hipótesis de los dos regímenes sobrepuestos tendría que definirse por uno de los dos, y tal vez la elección presidencial de 2000 habría de ser la que marcara el principio del fin del viejo régimen. Y así fue al ganar el Partido Acción Nacional (PAN) –con Vicente Fox– el gobierno nacional, la presidencia de la República. La superposición de los dos regímenes fue relativamente efímera para terminar definiéndose por uno de ellos, el que ya se perfilaba como hegemónico con Salinas en la presidencia.

Salinas de Gortari y Zedillo Ponce de León no dudaron en entregarle el poder al PAN con tal de garantizar la continuidad y afianzamiento del nuevo régimen: el régimen neoliberal tecnocrático. Esta forma de existencia del Estado mexicano es la que domina en la actualidad y todas las baterías de sus gobiernos han sido dirigidas a evitar que el estatismo y cualquier modalidad de populismo vuelvan a gobernar el país.

Los bombardeos, valga la figura, contra Andrés Manuel López Obrador, que todavía no han cesado, no se explican de otra manera. Se impuso el nuevo régimen y con priístas y/o panistas habrá de continuarse hasta donde sea posible, si así les conviene a sus representantes y representados más conspicuos. Al igual que el gobierno de Salinas, el de Calderón Hinojosa y la imposición de éste como presidente de la República no se entenderían sin la amenaza que López Obrador, en la última elección, representaba para la continuación del régimen neoliberal y tecnocrático. Había que detenerlo, y lo hicieron.

Cualquier pretexto, incluso un operativo policiaco lamentable, es utilizado obsesivamente por los defensores del nuevo régimen: su idea, desde sus múltiples tribunas sobre todo en medios de derecha, es despejarle el camino, en primer lugar, a Felipe Calderón para darle por lo menos la apariencia de legitimidad que no obtuvo en las urnas y, en segundo lugar, a todo lo que facilite la continuidad del régimen neoliberal y tecnocrático en el país.

Pocas veces en la historia reciente de México la sociedad ha estado tan polarizada como en los dos últimos años. Y así seguirá con altibajos hasta 2012, pues bien se sabe que siguen en disputa dos modelos de país, dos regímenes políticos: uno, el actual, y otro antineoliberal, nacionalista y favorable a la intervención del Estado para regular la economía como mecanismo de apoyo a las crecientes necesidades de la mayoría de los mexicanos.

 
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