Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de julio de 2008 Num: 696

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Antonio Machado:
poesía perdurable

ALEJANDRO MICHELENA

El Poeta
ANDONIS DEKAVALLES

Valle-Inclán y los paraísos
JORGE GARCÍA-ROBLES

Los héroes encontrados
GUSTAVO OGARRIO entrevista con JUAN VILLORO

Arte y crítica feminista
ARNOLDO KRAUS

Los violentos desdichados
ROBERTO GARZA ITURBIDE

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
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Cabezalcubo
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Enrique López Aguilar
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(Des)orden en la biblioteca

Se compra un libro por primera vez en la vida y no se sabe qué es lo que ocurrirá después (de antes, sí: se habrán leído libros prestados antes de llegar al punto en que Uno decide, con algo de dinero, buena voluntad y un título en la cabeza, que ha llegado el momento). Para el caso mexicano me refiero a quienes poseen el hábito de la lectura, no a quienes compran por obligación un “libro de texto” que terminará arrumbado junto con los trebejos inútiles, no bien se hayan hojeado las pocas páginas que interesan para aprobar un inextricable curso escolar.

Después vendrá el deseo de seguir comprando libros, aunque no se piense en el proyecto de fundar una biblioteca, la cual se irá construyendo –inadvertidamente, mas con perseverancia– no bien se llegue al módico censo de los primeros cincuenta ejemplares. ¿Dónde guardarlos? ¿Cómo organizarlos? Y esas preguntas llevarán al novel coleccionista a encrucijadas cuyos caminos todavía le son borrosos. Así, por ejemplo, puede enterarse de que Gabriel Zaid considera que el número humanamente posible para una biblioteca personal es de mil ejemplares, y de que cuando un libro nuevo llega a casa elige otro para regalarlo y no alterar la cifra inamovible. O puede sorprenderse ante el descubrimiento de que Borges, ese gran lector, tenía una módica biblioteca que cabía en los estantes de un pequeño librero, allá en su departamento de la calle México, en Buenos Aires. ¿Y qué decir de una de las muchas cosas que se inventan de García Márquez? Que no tiene una biblioteca, en sentido estricto, pues ésta se forma, desaparece y renueva con el paso de los años: puede leer un buen libro durante un vuelo, y dejarlo olvidado en el asiento del avión. Y, contra los ejemplos anteriores, se suma el de José Emilio Pacheco, quien ha permitido que su casa se convierta en una biblioteca donde los libros viven afuera de los estantes y pululan en corredores, junto a los muebles y bajo las mesas, como si tuvieran la capacidad de animarse durante las noches para copular y procrear nuevas criaturas librescas con el paso de las estaciones.


El bibliotecario, Arcimboldo

Todo eso está muy bien y cada cabeza es un mundo, aunque hacer una biblioteca supera el hábito del coleccionismo y tiene más que ver con el amor por los libros y el disfrute que se tiene por lo que se ha leído, o con la certeza de que hay títulos que se van a consultar con el paso del tiempo, o con la buena intención de que algunos de ellos se leerán “más adelante”. Lo cual me lleva de la mano a cavilar acerca de un asunto crucial: ¿cómo ordenar ese poblado libresco para que, en efecto, las consultas sean expeditas, los libros predilectos estén donde se espera o se tenga la certeza del lugar donde se halla el preciso título de algo no leído hace años? (A veces ocurre que, por inadvertencia, se descubren obras repetidas en los anaqueles, claro indicio de que Uno ha olvidado que ese libro ya estaba comprado o, peor aún, que ya había sido leído.)

¿Cómo ordenar la biblioteca personal? Hay quienes se declaran partidarios del estricto orden alfabético de los autores, sin preocuparse por las colindancias ni por las vecindades, si bien se corre el riesgo de olvidar quién fue el autor de aquella Antología de la poesía italiana, publicada por la unam , y no saber dónde encontrarla; hay quienes prefieren el ordenamiento por géneros o temas, lo cual siempre supone la posibilidad de que la taxonomía elegida sea completamente inadecuada o ambigua (¿los argumentos de las óperas de Wagner deben estar en “música”, en “ópera”, en “teatro”, en “literatura alemana”, en “literatura fantástica”, o en “literatura maravillosa”?); no faltan los partidarios de la acumulación por colecciones, por editoriales, por tamaños, o por vistosidad, aunque estos coleccionistas podrían llegar a ser sospechosos de nunca haber leído lo que presumen sus ordenados anaqueles.

Detrás de las bibliotecas siempre merodea el riesgo del desorden, consistente en adquirir libros e irlos poniendo por ahí con la certeza de que “el próximo sábado me pongo a hacer talacha para organizar este desmadre”, independientemente del régimen taxonómico elegido para dar orden a la pululación de los ejemplares impresos. Pero, junto con el sábado, llega la promesa de comer en casa de unos amigos, ni modo que me ponga a acomodar libros ese día… Y, así, hasta el momento de ordenar la biblioteca, cuando eso supone la inversión de varios días.

Uno compra su primer libro y, sin darse cuenta, ya está haciendo un contrato con su biblioteca del futuro, con seres proliferantes.