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■ Rechaza el líder cubano la “política de fuerza que EU pretende imponer” en Colombia

Castro condena los secuestros de las FARC; no les sugiere deponer las armas, subraya

Gerardo Arreola (Corresponsal)

Ampliar la imagen Imagen captada por el ejército colombiano en el momento en que Ingrid Betancourt es informada de que ha quedado en libertad con otros 14 rehenes de las FARC, en un operativo realizado el pasado miércoles Imagen captada por el ejército colombiano en el momento en que Ingrid Betancourt es informada de que ha quedado en libertad con otros 14 rehenes de las FARC, en un operativo realizado el pasado miércoles Foto: Ap

La Habana, 6 de julio. En dos artículos difundidos el fin de semana Fidel Castro condenó explícitamente los secuestros ejecutados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), pidió a ese grupo que libere sin condiciones a sus rehenes, pero advirtió que no le está sugiriendo deponer las armas ni está de acuerdo con la “política de fuerza que Estados Unidos pretende imponer” en el país sudamericano.

Esta es quizá la primera ocasión en la que Castro evalúa públicamente el desempeño de las FARC, con juicios que muestran una distancia crítica, que sin embargo ya era tácitamente un ingrediente conocido en la visión cubana hacia Colombia.

Castro dijo que “por elemental sentimiento de humanidad nos alegró” la liberación de Ingrid Betancourt y los otros 14 rehenes. “Nunca debieron ser secuestrados los civiles, ni mantenidos como prisioneros los militares en las condiciones de la selva. Eran hechos objetivamente crueles. Ningún propósito revolucionario lo podía justificar. En su momento, será necesario analizar con profundidad los factores subjetivos”.

El mismo Castro recuerda a menudo, como lo repitió esta vez, que en la guerrilla que encabezó hace medio siglo los prisioneros eran rápidamente liberados sin condiciones.

“Pero no estoy sugiriendo a nadie que deponga las armas, si en los últimos cincuenta años los que lo hicieron no sobrevivieron a la paz”, agregó el líder cubano. Se refirió así a desmovilizaciones de las FARC y otros grupos guerrilleros en los años 80, que desembocaron en el asesinato de decenas de sus dirigentes y activistas mientras actuaban desarmados en la vida civil.

Castro dijo que sugiere a las FARC que avisen a la Cruz Roja Internacional su disposición a liberar sin condiciones a todos los secuestrados; agregó que prefiere expresar su opinión, pues “cualquier otra conducta serviría sólo para premiar la deslealtad y la traición”. Esta última idea se quedó así de escueta, pero parece apuntar a decisivos casos de cambio de bando en el grupo guerrillero.

Sobre la trayectoria de las FARC, Castro expuso que surgieron del Partido Comunista de Colombia (PCC) como “frente de resistencia, no el instrumento fundamental de la conquista del poder revolucionario”; ambas agrupaciones rompieron en 1993; el PCC “estaba bajo la influencia” soviética, no cubana; “eran solidarios con nuestra revolución, pero no subordinados”; la guerrilla se distinguió “por un hermético sectarismo en la admisión de combatientes y los métodos férreos y compartimentados de mando”; su líder, Manuel Marulanda, “de notable inteligencia natural y dotes de dirigente”, concebía una “larga y prolongada lucha, un punto de vista que yo no compartía”.

El líder cubano se abstuvo de manifestarse directamente sobre el tema de si las FARC se hundieron en el narcotráfico, pero dijo que con el tiempo “el territorio colombiano se había convertido en la más grande fuente de producción de cocaína del mundo. La violencia extrema, los secuestros, los impuestos y exigencias a los productores de drogas se generalizaron”.

En un plano más panorámico Castro puntualizó los obstáculos actuales a la opción de la vía armada. Al citar el respaldo de La Habana al proceso de paz en Colombia, señaló que esa línea es “lo más conveniente para la unidad y liberación de los pueblos de nuestra América, utilizando nuevas vías en las complejas y especiales circunstancias actuales, después del hundimiento de la URSS a principios de los 90 (…), muy diferentes a las de Cuba, Nicaragua y otros países en las décadas del 50, 60 y 70 del siglo XX”.

Fue justamente el momento posterior al derrumbe soviético cuando Castro habló por primera vez en público de rectificar la vía armada, después de décadas de apoyo a las guerrillas en América Latina y Africa. El 24 de julio de 1993, ante el Foro de Sao Paulo (frente de partidos latinoamericanos de izquierda) en La Habana, el ex mandatario apuntó una opinión que ha repetido desde entonces: “En este momento, en estas circunstancias, no es el camino más prometedor”.

Cuando Castro dijo esas palabras ya se habían firmado los acuerdos de paz en El Salvador, se abrían negociaciones en Guatemala y hacía una década se había iniciado la primera de varias rondas de encuentros entre las FARC, otros grupos guerrilleros y los sucesivos gobiernos colombianos.

Paralelamente, desde que reanudó relaciones diplomáticas con Colombia en 1991, Cuba ha mantenido un fluido diálogo político con los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, una de cuyas piezas fundamentales es el respaldo a los distintos intentos de negociaciones de paz.

En esos procesos, Cuba ha sido claramente reconocida como un interlocutor válido y confiable, tanto por las autoridades colombianas como por las guerrillas.

El cuidado de la relación con el gobierno de Colombia ha sido tan acentuado, que Castro ha culpado a Estados Unidos del ataque a Ecuador el pasado marzo, sin mencionar aún a Uribe.

Al respaldar la paz en Colombia, dijo esta vez, “no estamos a favor de la intervención militar extranjera ni con la política de fuerza que Estados Unidos pretende imponer a toda costa” en aquel país. “Nunca apoyaré la paz romana que el imperio pretende imponer en América Latina”.

 
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