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Hermann Bellinghausen

Cada vida es una escuela

Plotino siempre prefirió ser base, y aunque en los momentos más cabrones del movimiento electricista llegó a delegado, y también la hizo de brigadista cuando todos los compañeros eran necesarios, nunca participó en planillas ni se encaramó en los puestos. A él le gustaba su trabajo, no quería licencias sindicales. Las oficinas y las negociaciones con la patronal no se le daban.

Cuadrilla. Eso era. Un cuadrilla, pero especializado. La única altura que le interesaba era la del aire.

El movimiento obrero oficial, que a mediados de los años 70 era inmenso, odiaba a esos electricistas levantiscos. Eran los años gloriosos de las dinastías charras. Y el charro mayor: don Fidelón, el eterno.

Plotino siempre reconoció en don Rafael Galván a su líder, y estuvo en la insurgencia sindical democrática hasta el final. Montó guardias, marchó, brigadeó en los estados, cocinó en los campamentos, volanteó, limpió baños y hasta sus noches en el tambo llegó a merecer.

Anécdotas, las que quieras, pero le quedó al final una estaca clavada en la conciencia: “Nos chingó el gobierno, y La Güera Rodríguez se salió con la suya”.

La historia de siempre. Medios de comunicación en contra, instituciones nacionales, incluidas juntas de conciliación y arbitraje, y las mismas centrales sindicales al servicio de los poderosos.

No fue una lucha corta, duró, se hizo movimiento nacional, inspiró a mineros, nucleares, maestros, trabajadores de la salud. Revivió políticamente a las universidades, que no se reponían del madrazo paternalista del 68 (que en los años 70 no estaba de moda ni nadie pensaba que los estudiantes habían ganado).

Con definición política bastante clara, Plotino pertenecía a la primera generación de mexicanos que descubrió que se puede ser nacionalista fuera de los partidos políticos. A la sazón, uno sólo.

Hasta don Rafael Galván militaba en el PRI. Había sido senador histórico, y en él se fundó la insurgencia sindical. Lo respetaba la izquierda más izquierda, chiquita y bocabajeada, pero, como se usaba decir entonces, “consecuente”. Y el amplio movimiento nacionalista. Entonces el proletariado todavía iba al paraíso.

La onda política no resultaba fácil para Plotino. La traía de familia si se quiere, y no abrigaba dudas respecto de su conciencia de clase, pero su cabeza había aprendido a volar, y eso lo dominaba.

Los años duros de las huelgas dejó de hablarle a Pedro, su papá, recién jubilado de la Federación de Trabajadores al Servicio del Estado. Pedro acusaba a Rafael Galván de provocador y desestabilizador.

Al final, ahogado el niño, Pedro dio la razón a su hijo. Plotino, que conocía al viejo, supo siempre que lo que lo había indignado no fue que él anduviera de “provocador”, sino, en el fondo, saber que su hijo electricista tenía la razón.

Eso lo sublevó de manera irracional. El típico espejo no deseado.

Su mamá nada más lloraba, rosario en mano, y suplicaba al padre y al hijo que se contentaran en nombre del Espíritu Santo. Pero su influencia era mínima en los involucrados; esos dos eran los que menos caso le hacían a la señora. Plotino fue, por lo demás, el menos edípico de los cuatro hermanos, tal vez porque nunca quiso ser guadalupano.

Las hermanas mayores, tres, se casaron con presteza. Y los cuatro varones, seguiditos, constituían una verdadera pandilla que explotaba a doña Luz, regocijada entre fingidas quejas de estar al servicio de sus muchachos. Plotino el que menos, por ser el mayor de los cuatro, y por arisco. Se fue de casa en cuanto pudo, antes de terminar la Vocacional. De quedarse, a lo mejor hubiera podido hacer carrera en el Instituto Politécnico Nacional.

Cuando lo conocí en la huelga, la suya, años después, John Lennon, vistiendo un overol de peto (de los que en mi clasemediera casa decían que parecían de “orate”), ya había cantado: “A working class hero/ Is something to be”. A los Beatles debía Plotino su poco inglés. Igual yo.

 
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