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Marco Rascón
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1968-2008

No hay que ver el pasado como la nostalgia de lo que no fue, sino como enseñanza, balance, aportación o retroceso.

1968, las guerrillas, la presencia de la revolución cubana; el espíritu del 68 entre los obreros, campesinos, los constructores de ciudades y los movimientos urbanos; el movimiento electricista, la reforma política de 1977, las crisis económicas cíclicas y recurrentes, las luchas contra la austeridad y el Fondo Monetario Internacional, la solidaridad mexicana con los movimientos latinoamericanos; las guerras centroamericanas y el triunfo de la revolución de Nicaragua. El auge petrolero hasta el debate sobre el pago de la deuda externa. El grito en la calle: “¡País petrolero y el pueblo sin dinero!” aun cuando no estuviera amenazado por la privatización, pero sí por la extracción estadunidense y el esquirolaje en los precios de México a la Organización de Países Productores de Petróleo, pues el petróleo, íntegramente en manos del Estado, estaba al servicio completo de la oligarquía política y económica representada desde los gobiernos. El PCM y luego el PRT tienen registro electoral y hay perspectivas en las urnas, pero también en las demandas que se expresan en las calles. La izquierda está fragmentada en lo político, pero anímicamente es un solo peligro para el gobierno, que espía a todos.

En 1985 el terremoto hace cambiar hasta el lenguaje de la izquierda; surgen nuevos actores, hay movilización social, organización desde abajo independiente de los partidos; unos se rezagan, otros avanzan, las burocracias se defienden frente a la presencia de nuevos actores, la clase política tradicional sufre presión y se empieza a abrir por la fuerza de la ciudadanía en las calles; hay un ambiente creciente de politización y conciencia en los derechos. Nace el germen que busca acabar con el régimen priísta que gira al neoliberalismo, abandonando el viejo nacionalismo revolucionario. No se puede entender 1988 sin 1985, pues la izquierda creció más allá de los viejos esquemas y se inició la búsqueda de un camino propio. Coincide con la caída del Muro de Berlín, pero la izquierda mexicana con las viejas y nuevas herramientas no vive una crisis, sino un auge, y ésta surge al establecer la alianza con el cardenismo histórico que al romper con el PRI conjuga una síntesis que hace avanzar como nunca el campo opositor al viejo régimen.

El panismo y el neopanismo, que habían crecido en el norte a partir de 1983 y se veían construyendo un esquema bipartidista, se topan en 1988 con un amplio movimiento democrático surgido al margen de ellos. Enloquecen y fallan ante el resultado en 1988, pues el PAN decide la alianza con el PRI salinista contra la votación por Cuauhtémoc Cárdenas.

1988 es el inicio de unificación de un amplio espectro de la izquierda y sectores progresistas, de vanguardia, en un partido. 1988 por primera vez no termina deshecho como otros movimientos opositores, el vasconcelismo por ejemplo, el almazanismo de derecha o el enriquismo. Los años duros contra el régimen priísta y su maquinaria corruptora y represiva constituyen una base ética y de experiencia para convertirse en una fuerza opositora con capacidad de impulsar y ganar reformas concretas en medio del acoso salinista. Viene la creación del Instituto Federal Electoral y su autonomía, y la reforma del Distrito Federal impulsada por el movimiento popular y ciudadano desde 1988, que conduce, como parte de un proceso histórico, a ganar el primer gobierno electo del Distrito Federal desde 1928.

En el año 2000 el PRI pierde la Presidencia de la República mientras el PRD parece un damnificado, pues se coloca en la cola del resentimiento priísta. Surge la confusión ideológica y política. Prácticas priístas se convierten en modos y discursos en nombre de la izquierda. Pragmatismo: falta de programa y metas de largo plazo crean la política de las ocurrencias y nace una supuesta izquierda graciosamente corrupta y fraudulenta, encerrada en la lucha por el poder. Amplios sectores de la intelectualidad son atraídos por la política binaria de “estar con el menos peor” y justifican con el silencio, incoherencias, conservadurismo, neopriísmo, entre otras tropelías.

2006, como todas las fechas anteriores, tuvo por momentos fuerza y potencial, perspectiva, disyuntiva y compromisos. Fue el movimiento mejor posicionado frente a la mayor debilidad de la oligarquía panista y priísta; tuvo el mejor resultado en urnas y expectativas, pero al carecer de conducción con objetivos claros sucumbió a la ira y al resentimiento. Nunca un movimiento opositor subió tan alto y en tan poco tiempo cayó tan bajo para convertirse en fuerza marginal, contrainsurgente, que ayuda en su desparpajo a lo que la oligarquía quiere y liquida, desprestigiando con eficiencia todo lo que reconstruya un proyecto de izquierda.

Gracias a ello, el PRI sigue ahí y desde la tercera fuerza conduce y dictamina, y ha ganado lo más importante: hacer que todos hayan olvidado lo que ha sido el priísmo a lo largo de 40 años.

 
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