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Bajo la Lupa

Alfredo Jalife-Rahme

■ La desglobalización y el colapso de la ronda de Doha

Ampliar la imagen Pascal Lamy, director general de la OMC, el lunes pasado en Ginebra, durante la cumbre ministerial del organismo sobre liberalización comercial Pascal Lamy, director general de la OMC, el lunes pasado en Ginebra, durante la cumbre ministerial del organismo sobre liberalización comercial Foto: Ap

Felipe Calderón, totalmente a contracorriente de la historia, fue a desinformar al agónico Foro Económico Mundial de Davos que “México” había votado por el “libre mercado” en las controvertidas elecciones del 2 de julio de 2006. Hasta donde recordamos no venía ninguna pregunta al respecto en las boletas, y el lema de su campaña principal lo ostentaba como el “presidente del empleo”, quien resultó grotescamente el “gerente del desempleo”, precisamente debido a la profundización de la desglobalización, de la que no quiere darse por enterado.

Este recordatorio refleja la ausencia de brújula de los disfuncionales neoliberales del PAN y el PRI sobre las nuevas corrientes históricas que prevalecen en el planeta, y que se epitomizan en todos los frentes de la globalización en pleno repliegue: desde el comercio (exequias de la ronda de Doha), pasando por las finanzas (la nacionalización en el G-7 y la OTAN producto de la insolvencia bancaria privada), hasta los hidrocarburos (donde se consolidan la desprivatización, la renacionalización y la restatización).

Tal irreversible situación global no la consiguen asimilar las reformas energéticas entreguistas de Calderón y Beltrones, al menos que tengan las manos atadas en Washington, por razones que desconocemos, pero que sí intuimos.

La ronda de Doha venía herida de muerte (ver Bajo la Lupa, 16/4/08) desde la reunión de Cancún en 2003 cuando el planeta se fracturó en dos: el bloque de países tecno-industrializados, jefaturados por el mercantilismo anglosajón, extensivo a la Unión Europea (UE), frente a los países en vías de desarrollo, encabezados por India y China.

Cinco años después de Cancún, se escenificaron en Ginebra sus exequias oficiales, cuando han retornado el nacionalismo, las nacionalizaciones y el neoproteccionismo.

En medio de una grave crisis alimentaria global, el escollo provino de la demanda irracional del régimen torturador bushiano que exigía a India la apertura total en alimentos, mientras Estados Unidos subsidia a su poderoso sector agrícola.

Edmund Conway (editor de economía de The Daily Telegraph, 31/7/08) admite consternado que el colapso de la ronda de Doha constituye “el mayor golpe a la globalización desde el fin de la guerra fría”.

The Center for Economic and Policy Research (29/7/08), centro de pensamiento con varios premios Nobel en economía y académicos del más alto nivel en Estados Unidos, resume que “las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) se colapsaron en medio de la reticencia de los países en vías de desarrollo a sacrificar su seguridad alimentaria”.

Pese a su reduccionismo mercantilista neoliberal, Clive Crook, en su blog de The Financial Times (30/7/08) sopesa el “fin de la OMC”. Critica severamente la “proliferación de tratados de libre comercio”, que “complicó el sistema y creó fricciones”.

La llamada “liberalización mercantil multilateral” fue impuesta por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, en su larga aplicación trágica que reflejó su dominio bélico a los países valetudinarios y hasta los poderosos, desde el punto de vista nuclear y geoeconómico, como Rusia (que demencialmente aún no es aceptada en el caduco orden mercantil): GATT, la OMC y su calidoscopio de “rondas” (sic) que incluyen la de Doha, que duró siete años de deliberaciones estériles.

La globalización generó la inestabilidad mundial cuando los poderes políticos fueron descuartizados, mientras los fundamentalistas economistas neoliberales se han quedado aisladamente huérfanos con sus sicóticas ecuaciones econometristas al no saber cómo paliar el tsunami social en ciernes, una tarea eminentemente política, que ignoran los “mercados” controlados por la plutocracia global.

En Ginebra colisionaron dos visiones: la de Estados Unidos, una cosmogonía economicista neoliberal a ultranza, frente a la óptica política de India, que pronto será el país más poblado del planeta.

Esta situación la resume espléndidamente De Defensa (30/7/08), centro militar estratégico europeo, que pone en relieve el regreso de la política como una “necesidad” de supervivencia de países densamente poblados como India y China, es decir, 40 por ciento de la población mundial, lo cual evidencia la “continuación” del “descalabro del proceso de globalización” y evalúa el “poder del regreso del factor político en las relaciones económicas”.

Pese a que los países de Latinoamérica abandonaron (in)explicablemente a India, ésta obtuvo el apoyo significativo de China, quien, también, en vísperas de los Juegos Olímpicos, desea proteger a sus agricultores, que suelen rebelarse cíclicamente.

La aceptación de las exigencias mercantilistas de Estados Unidos y la UE (quienes subsidian impúdicamente su sector agrícola) hubiera “instalado una situación donde la furia del campesinado podría poner en peligro el equilibrio político, y aun la estructura misma” de China, de acuerdo con De Defensa. De ahora en adelante las “batallas de la globalización” se librarán en términos políticos, y no con anacrónicos argumentos económicos desestabilizadores.

Carl Mortished señala que Kamal Nath, ministro de Comercio de India, “se encontraba más pendiente de la política de su país, donde el gobernador del Banco Indio de Reserva había elevado las tasas de interés y apuntaba a una desaceleración económica”, en vísperas de relevantes elecciones donde la población rural de 600 millones puede castigar al Partido del Congreso, en el poder, como lo había hecho en otra ocasión con el gobierno populista hindú del partido Bharatiya Janata (The Times, 29/7/08).

Pues sí: el castigo político a la insanidad económica suele ser muy costoso en las urnas electorales.

El banco londinense Standard Chartered (citado por Carl Mortished) ilustra que “el costo de la alimentación, que absorbe más de la tercera parte de los ingresos de los chinos, ha empezado a golpear el consumo”.

Según Mortished, “la demanda de los agricultores indios por una mayor protección frente a las alzas de importación fue el mayor obstáculo para recortar las tarifas” en Ginebra. Comenta que “China se encuentra gobernada por la economía agrícola, no por las fábricas de Cantón”, y agrega que las “exportaciones de China representan 40 por ciento de su producto interno bruto y queda claro que los políticos en Pekín y Nueva Delhi temen una desaceleración que cierre las fábricas, reduzca las válvulas de escape de la migración a las ciudades, transformando al migrante rural en un potencial integrante de una caterva (sic)”.

Los salientes líderes anglosajones neoliberales, Baby Bush y el premier británico Gordon Brown, no temen ni tienen nada que perder en términos políticos, cuando su popularidad se encuentra en los abismos.

 
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