Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de agosto de 2008 Num: 700

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La ciudad y las patrullas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Dos poemas
MANOLIS ANAGNOSTAKIS

Juan Vicente Melo, crítico de música
RAÚL OLVERA MIJARES

Brasil: el rugido del jaguar
GABRIEL COCIMANO

El Chacal de Nahueltoro sigue vigente
FABIÁN MUÑOZ entrevista con MIGUEL LITTIN

La antimodernidad de Barbey d'Aurevilly
ANDREAS KURZ

Retrato de Finnegan
JAMES JOYCE

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Ana García Bergua

La plaza del diamante

En octubre se cumplirán cien años del nacimiento de Mercé Rodoreda (1908-1983), la gran escritora catalana que no sé si en México sea muy conocida. Yo supe de ella porque una vez me obsequiaron La plaza del diamante (Edhasa, 2000), escrita en 1960, y quedé encantada con esta escritora que raros mexicanos como Efrén Hernández o como el propio Arreola habrían quizá considerado una de los suyos. La buena traducción del catalán en esa edición conserva, además, la música de su prosa que es inigualable. Además de la mencionada novela, la gran escritora –que a causa de la Guerra civil tuvo que exiliarse en Francia y en Suiza, para retornar a Cataluña en los años sesenta– escribió más novelas y cuentos, estos últimos reunidos en España en una edición muy bonita (Fundación BSCH, 2002.)

La plaza del diamante trata de la vida de una mujer común y corriente –Natalia, llamada por su marido Colometa (Palomita)–, empleada en una pastelería en Barcelona, que se casa con un carpintero, Quimet, de carácter un tanto extravagante, encantador y a la vez atemorizante. El matrimonio y la Guerra civil española pasan por la existencia de Colometa como un collar de desgracias que se teje con una visión de la vida absolutamente terrenal, centrada en las pequeñas cosas de todos los días, las cuales de repente, debido a las dificultades y la resignación de Colometa a su papel mujeril, alcanzan las proporciones de la poesía, lo tragicómico y lo absurdo infantil: “En mi rincón, yo tenía un miedo muy grande. Y cuando él ya estaba dentro de la cama, para darme ejemplo, como dijo, me empecé a desnudar. Siempre había tenido miedo de que llegase aquel momento. Me habían dicho que se llega a él por un camino de flores y que se sale por un camino de lágrimas. Y que te llevan al engaño con alegría… Porque de pequeña había oído decir que te partían….Y si no se han partido bien, la comadrona las acaba de partir con un cuchillo y con un cristal de botella, y ya se quedan así para siempre, o abiertas o cosidas, y por eso las casadas se cansan cuando tienen que estar un rato de pie. Y los señores que lo saben, cuando el tranvía va demasiado lleno y hay algunas que tienen que estar de pie, se levantan para que se sienten, y los que no lo saben se quedan sentados.”

Limitada por las circunstancias a ser una espectadora de su propia vida, la afanosa y resignada Colometa la narra con una mezcla sutil de desgarro y delicadeza, de detalle tan obsesivo que, cuando Quimet decide poner un criadero de palomas en la casa, refleja algo infernal. Uno podría pensar en el simbolismo de las palomas atrapadas que invaden la casa y chocan con las paredes como una metáfora de la libertad, sin embargo, el detalle naturalista vuelve la escena tan opresiva que la acerca al surrealismo: “Y mientras hablaba, las palomas eran las dueñas del terrado. Iban, venían, volaban, volvían a bajar, se paseaban por las barandillas y se las comían a picotazos. Parecían personas. Arrancaban como un vuelo de sombras y de luz y volaban por encima de nuestras cabezas y la sombra de las alas nos manchaba la cara. La madre de Quimet, para espantarlas, movió los brazos como un molino y no la hicieron ningún caso. Los machos hacían la rueda a las hembras, el pico arriba, el pico adelante, el pico abajo, la cola extendida, las puntas de las alas barriendo el suelo. Entraban y salían de los ponederos y comían arvejas y bebían agua con azufre y su hígado como si nada… Las palomas, afiebradas, nos miraban con ojos de cristal, todos los picos en fila, oscuros, con el dibujo carnoso, agujereado con dos agujeros que eran la nariz… Las buchonas parecían reyes, las monjas un montón de plumas, las de cola de pavo se enfadaron un poco y se salieron fuera y dejaron el ponedero.”

La plaza del diamante cuenta también la resignación de la gente común frente a la guerra, la idea de que era un juego rápido y transitorio, que se iba a ganar, ¿cómo?, merced a la revolución; algunos piensan que por fin podrán quitar a los otros las cosas que desean, las pequeñas mezquindades, las delaciones por deudas, el hambre, la escasez, las infinitas miserias. Hay una parte en la que Julieta, la amiga de Natalia, le narra cómo pasó la noche con un miliciano en una lujosa mansión abandonada, y cómo esa noche, que guarda como un tesoro, le ha dado sentido a toda su vida. La guerra en La plaza del diamante es un telón sobre el que Mercé Rodoreda pintó a uno de los personajes más conmovedores del siglo. Hay que leerla.