Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de agosto de 2008 Num: 700

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La ciudad y las patrullas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Dos poemas
MANOLIS ANAGNOSTAKIS

Juan Vicente Melo, crítico de música
RAÚL OLVERA MIJARES

Brasil: el rugido del jaguar
GABRIEL COCIMANO

El Chacal de Nahueltoro sigue vigente
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Columnas:
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Hugo Gutiérrez Vega

CARTA A JUAN GELMAN

Como mi nombre aparecía, desaparecía y tornaba a aparecer en el anuncio de esta presentación, me siento como una especie de fantasma, un convidado de piedra que, por la enorme admiración y el mucho afecto que le tiene a Juan Gelman, apareció a su lado y con su libro Los otros entre las manos. Decidí escribir una especie de carta y venir a leerla para dejar testimonio de mi entusiasmo ante uno de los libros más ricos en contenido y más ajustados en la forma de la poesía contemporánea.

Querido Juan:

Poco antes de entrar de lleno en la lectura de tu libro, me asomé a ese maremágnum de voces que es mi caótica biblioteca y, casi sin sentirlo ni premeditarlo, saqué una vieja edición de la poesía completa de Juan Ramón Jiménez. De repente se abrió en una página conmovedora que mucho tenía que ver con el libro de este domingo. Así dice el poeta de Moguer: “Yo no soy yo. Soy otro que va a mi lado sin saberlo yo.” Esta lectura me llevó de la mano a la casa de Antonio Machado: “Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quién habla solo espera hablar con Dios un día.” Los muchos nombres y, a pesar de todos los prodigiosos esfuerzos retóricos, una sola voz de Pessoa, me ayudaron a entrar a este libro que es una casa llena de voces, cantos, trinos y de nombres que son y no son; llena de otros que nos prestan sus ojos, sus oídos, sus manos para ver el mundo, para oírlo, tocarlo y, sobre todo, nombrarlo, pues yo lo decía Montale: “La poesía es el delirio por nombrar las cosas.” En esta multitudinaria asamblea de seres, de memorias y de objetos tan íntimos como una cucharita, el yo del poeta se fortalece gracias a los otros y se disuelve en el todo para evitar el ensimismamiento, la obsesiva contemplación del propio ombligo. No. Nada de encerrarse en la prisión del ego. Salir, ver a los otros, identificarse con ellos, escuchar el zumbido de sus abejas plateadas, entrar a saco –y con enorme piedad– en sus vidas y en sus muertes, en sus encuentros y en sus desencuentros, en sus amores y en sus olvidos. Por esta razón se me quedó en los labios el sabor de las últimas mieles de gallagher bentham y lloré por butch butchanam y los cuidados que prodigaba a su tórtola ciega.

Juan, vuelas junto con las palomas de la tarde que perseguían a vernon vries. En realidad estás en todos los momentos de la vida de tus personajes, pero estás de una manera exquisitamente discreta, sin meterte a dar órdenes, dejando que ellos vivan sus vidas o sus pedazos de vida, evitando la tentación de los autores que se comportan como titiriteros autoritarios (Hay, en cambio, otros titiriteros que acaban por ser devorados por sus entes de ficción y que sienten un total respeto por sus decisiones y por su peculiar manera de decir las cosas).

Yo, en este momento, no estoy sentado en esta mesa, hablando a través de este micrófono que me amplifica la voz. Estoy en mi solitaria casa escribiendo esta carta y pensando que podría llamarse “Aleluya por los ojos de Juan Gelman.” No es un mal título. De hecho, esta carta me ha permitido huir del ego-picota para entrar en las voces, las miradas y los objetos de las gentes que caminan por las páginas de Los otros.

Siempre supe que eras generoso, pero no hasta el extremo de ceder gran parte de tu yo a la vida y a los avatares de los otros. Algunos dan pena, como cab cunninghann y su ciruelo en el que se injertó la maldad, algunos dan compasión y alegría final como el uteró de mecha vaugham visitado por pájaros innumerables. Otros, como tommy dark nos levantan el ánimo por su talante solidario, y otros más nos muestran sus tripitas de recién casados y todavía encerrados en la casa del amor que la vida nos va destruyendo, pero que, a veces, sigue en pie. Por último, otros más nos instan a callarnos, de ninguna otra manera podemos mamarle la memoria a helen cormody.

Termino esta carta y pongo tu libro en mi buró. Lo seguiré leyendo en otras noches sin sueño y me será de mucho consuelo y deslumbramiento, pues me dirá que pertenecemos a la raza humana y que la esperanza todavía, aunque tembelequeante, se mantiene en pie.

Muchos saludos para tus otros. Diles que me enseñaste a quererlos. Me di el gusto de leer esta carta, aunque no estuve en esta mesa. La mucha admiración y el mucho afecto explican esta aparición fantasmal.

Gracias por tu libro, gracias por tus otros.

Te quiere alguien que está pidiendo a gritos un lamento.

Hugo

Texto leído el domingo 20 de julio en el Palacio de Bellas Artes.

jornadasem@jornada.com.mx