Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 3 de agosto de 2008 Num: 700

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La ciudad y las patrullas
RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Dos poemas
MANOLIS ANAGNOSTAKIS

Juan Vicente Melo, crítico de música
RAÚL OLVERA MIJARES

Brasil: el rugido del jaguar
GABRIEL COCIMANO

El Chacal de Nahueltoro sigue vigente
FABIÁN MUÑOZ entrevista con MIGUEL LITTIN

La antimodernidad de Barbey d'Aurevilly
ANDREAS KURZ

Retrato de Finnegan
JAMES JOYCE

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
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Cabezalcubo
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Directorio
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Juan Vicente Melo, crítico de música

Raúl Olvera Mijares

Arrellanado en un sillón plegadizo, de ésos que usan los directores de cine, descansa mi cuerpo marchito, seco, casi debí escribir esquelético. Se halla entornada la puerta del balcón; hasta aquí se cuela la brisa. Volví a morir junto al mar, el entrañable puerto, la ciudad de mi padre, aquel médico melómano, cuyos pasos me propuse seguir aunque no del todo. Jamás tuve un hijo; me hubiera gustado colmarlo de todos esos sentimientos tiernos que hay en mí. Si bien ¿qué modelo habría sido para él? Más que padre, madre. Haberlo cargado en mis entrañas y darle mi propia vida. Una relación tan íntima, tan sensual. Privar a una mujer de la maternidad es arrebatarle la mitad de la existencia. Pero ¿un hijo de quién? De tantos y de ninguno que pasaron por mi vida. Ahora sólo queda el recuerdo y ni ése está vivo del todo. La ingratitud, la indiferencia, la transacción comercial pueden oscurecer la luz más clara.

Mis mejores compañeros son los discos. Ahora que salieron los compactos, estoy encantado, aunque el precio es demasiado alto para un hombre solo que, si no es un menesteroso, vive de la modesta renta de una casa que le dejó su padre. ¿Dónde quedaron los años ofrendados al servicio público, al mejoramiento de la Cultura en México ? En nada. Otros, allá en la capital, están muy bien, disfrutan de pleitesías y becas ¿pero yo qué? La música es un gran consuelo pero procuro no abusar de ella. No quiero que por saturación pierda en mí su efecto benéfico. La literatura, en cambio, se ha vuelto esquiva. No logro concentrarme. Debo admitirlo, en realidad, nunca fui escritor, sino un aborto de músico.

A veces logro hojear alguna novela del otro Juan y, aunque los títulos y años de edición varían, siempre es la misma obra. La pasión de la pasión de mi amigo me conmueve, no así sus patéticas obsesiones con el cuerpo femenino. ¿Qué me dice eso a mí? ¿Qué le dice eso a él, imposibilitado de acceder al deleite carnal? El vehemente anhelo, el debatirse y aferrarse a la vida: Juan, a pesar de estar tan enfermo, nos va a enterrar a todos. Ayer recibí carta suya evocando una tarde remota de primavera pasada juntos. ¡Qué memoria y qué invención!

Primavera y otoño son las únicas estaciones que conoce el clima caprichoso y algo monótono de Ciudad de México. En París aprendí a vivir en cuatro tiempos, en cuatro movimientos, como una robusta sinfonía de Brahms, de Bruckner o de Mahler. Bueno, las de Mahler hasta se pasan. Ése era otro como yo en mis novelas; nunca supo cortar a tiempo. Otro que porfiara en negar las palabras de González Martínez, que en su cursilería entrañan una verdad para iniciados: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje. ¡Con todos los innuendos o alusiones obscenas que se quiera! Hay quienes se entregan a la pasión: ésta al principio da vida y luego la arrebata. Muertos en vida seguimos a flote, más bien a la deriva, hasta que llega el silencio absoluto, el término del viaje, ese gran final de la sinfonía.

Yo estoy cerca y no me arredro. Entre el alcohol y la cirrosis hepática, Escila y Caribdis, no dudo mucho en elegir, aunque una trae aparejada a la otra. Todo ha cambiado tanto y continúa siendo igual. A ver qué me resuelven de esa beca, la única que he pedido como escritor, acicate de la que presiento mi última novela, la hebra que en el huso están próximas a cortar las Parcas. Lo sé, dicen que soy mejor cuentista, pero estoy empecinado con el género grande. Mañana veremos. Por lo pronto ya comenzó a hacerme unos guiños, que no podían ser más francos, la botella. Me recuerda esos mancebos huidizos que solía hallarme en mis correrías nocturnas por los parques. Sí, ya voy. No puedo resistirme.

Esta recreación está inspirada en la que refieren fue la última etapa en la vida del cuentista, novelista y difusor de la cultura, Juan Vicente Melo (Puerto de Veracruz, 1932-1996), miembro de una generación donde figuran, entre otros, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Inés Arredondo, José de la Colina y Tomás Segovia.

La historia de la cultura, gastándolas de senil, se olvida a menudo de las personalidades y las obras del pasado reciente, en privilegio de aquellos días, siempre mejores, del pasado remoto. Los años sesenta fueron la edad del silencio, la represión, la caza de brujas. Era menester encontrar chivos expiatorios y se los halló incluso en forma masiva. Tlatelolco fue el tsunami, aunque la mar cobró, con olas menos impetuosas pero remolinos pertinaces, muchas otras vidas y reputaciones. En 1967 Juan Vicente Melo, so pretexto de inclinaciones sexuales desviadas, fue destituido ignominiosamente de su cargo como director de la Casa del Lago, dependencia de Difusión Cultural de la Universidad Nacional (como él tantas veces escribiera, con orgullo, en sus artículos).

Colaborador por espacio de treinta años en revistas y suplementos tan prestigiosos como Revista de la Universidad de México, Revista Mexicana de Literatura y aquellas creaciones beniteanas de México en la Cultura y La Cultura en México, Juan Vicente Melo, siendo él mismo pianista y melómano, se abocó a la crítica musical. Notas sin música (Fondo de Cultura Económica, 1990) es una recopilación un tanto apresurada, no exenta de deshonrosas erratas, reiteraciones y abierta propaganda que, en 576 páginas, ofrece un panorama, más que generoso abrumador, de las capacidades como escritor y crítico musical de Melo.


Fotos: Jorge Claro León
archivo La Jornada

Como en el caso de otros periodistas escritores, más recientes aunque de menor talento, como un Fernando de Ita en el teatro, por ejemplo, Juan Vincente Melo no cayó en la ambigua posición de ser juez y parte: con las letras fungía en calidad de creador, mientras que con la música de crítico. Sus observaciones no eran tampoco las del musicólogo; rara vez intentó desmenuzar detalles técnicos sobre la música, una de las artes que, junto con la arquitectura, conoce uno de los mayores formalismos, pues exhibe una estructura cuasi matemática.

El impresionismo a ultranza en tanto que crítico, las iluminadoras referencias a la historia y el arte en general y, sobre todo, el cuidado de un estilo ágil y elegante, si bien no más allá de las convenciones un tanto arcaicas de la redacción periodística de un hombre de letras, signan su obra, la cual en momentos, de tan honda y tan noble, cobra dimensiones de ensayo. Aun en nuestros días, el ejemplo dejado, casi rasero inalcanzable vis-à-vis las compactas y superficiales notas que permite el periodismo de hoy, tiranizado por el peso de la imagen, resulta impresionante.

En Notas sin música, título que explota el equívoco o anfibología encerrada en la palabra nota , que lo mismo significa algo en la música que en el periodismo, el autor aborda la vida musical en México a partir de los años sesenta. Melo es implacable en sus comentarios: su pensamiento e intenciones sólo conocen los límites que el amor a la verdad y el progreso general de la nación exigían. Huelga apuntar que en el México de aquellos días, y aun en el de hoy, la crítica, como bien observaba Octavio Paz, jamás se juzga como actividad intelectual y constructiva, sino como fuente de rencillas e incontables ojerizas. No poca influencia debió ejercer este hecho y es el único que puede explicar también el exilio a su natal puerto de Veracruz, donde sólo regresaría para caer en el alcohol y la depresión, que le fueran impuestos en realidad por el ostracismo de la comunidad artística de México, mosaico de colores estridentes, integrado por lerdos funcionarios de cultura, músicos resentidos, periodistas culturales envidiosos y escritores tibios, igualmente en peligro y cuidándose las espaldas. Juan García Ponce, años después, en uno de sus últimos libros de ensayos y crónicas, lamentará el fin que tuvo Juan Vicente, frente a la indiferencia general, en el fondo podría pensarse que incluso la suya, si no hubiera la atenuante de hallarse enfermo y encadenado a una silla de ruedas.

En Personas, lugares y anexas (Joaquín Mortiz, 1996) escribe: “Juan Vicente, tus amigos sabemos muy bien que tú perteneces a esa rama de auténticos artistas que han elegido el desastre, la negación, el fuego, quizá este último como un elemento purificador además de destructor. Vamos a hablar primero de tu época positiva y después de lo otro. Tengo un derecho concedido por ti, aunque fuese de manera indirecta, en la dedicatoria del libro en el cual recoges artículos sobre música con el bello título de Notas sin música. Cuando Gastón García Cantú gracias al golpe de Estado contra el doctor Chávez ocupó la dirección de Difusión Cultural sustituyendo al arquitecto Raúl Hernández, subdirector de la misma durante la época de Jaime García Terrés, a ti te dejó lejos. Luego, claro está, García Cantú no tardó en demostrar su verdadero carácter separándote de tu amada Casa del Lago con el pretexto de acusaciones vergonzosas . Él siempre será así; tú y yo somos decentes. Tu estancia en México duró de 1960 a 1968. Hasta 1966 tu gloria fue exterior, la interior no se perdió nunca. Moriste veinte días antes de cumplir 64 años. Tu desaparición es sólo física, seguirás siempre vivo por tus obras publicadas y por esa inédita [La rueca de Onfalia] en la que tendremos oportunidad de escuchar de nuevo tu voz y esa voz estará en mí siempre mientras tenga yo la mía.”

La trayectoria de aquel infortunado comenzó siendo médico, con especialidad en dermatología realizada en París y estudios literarios en la Sorbona. Autor de varios libros de cuentos como La noche alucinada (1956), Los muros enemigos (1962), Fin de semana (1964) y El agua cae en otra parte (1985), además de dos novelas, La obediencia nocturna (1969) y La rueca de Onfalia (1996). Única muestra de su incipiente y abortada vena ensayística, Notas sin música permite avizorar al prosista preciso, de ideas brillantes y deseos aún más acendrados, sobre todo, en el horizonte de una de las artes menos cultivada y si acaso sólo tardíamente entre nosotros. Melo resume la historia de la música en México, haciendo caso omiso de la era precolombina y virreinal, con nombres como los de Manuel M. Ponce, Miguel Bernal Jiménez, José Rolón, Carlos Chávez, astro rey de la música contemporánea, Silvestre Revueltas, Blas Galindo, José Pablo Moncayo, Mario Kuri-Aldana, Manuel Enríquez, Francisco Savín, Manuel de Elías, Carlos Jiménez Mabarak, Manuel Gutiérrez Heras, Eduardo Mata y, el benjamín de aquella época, Mario Lavista.

No sólo los compositores nacionales, núcleo seminal de la música, sino grupos e intérpretes, tanto mexicanos como extranjeros, así como instituciones culturales y compositores de reputación mundial son algunos de los temas que aborda Juan Vicente Melo, un auténtico amante de la música, quien tomara bajo su brazo protector a los nuevos compositores de México, impulsara conjuntos e instrumentistas desde la tribuna cultural que le tocara tener a su cargo y censurara sin concesiones ni temor a represalias el manejo de institutos de conservación y enseñanza musical, venidos a menos por aquellos días, como fueron el Conservatorio Nacional y Bellas Artes, una vez que el espíritu de su animador se extinguiera, el maestro Carlos Chávez.

Notas sin música, obra iluminadora, llena de los mejores deseos para con la música en México, ejemplo de la forma más granada de difusión cultural, tácita lección para sus colegas escritores en cuanto a profundidad en el análisis y honestidad profesional se refiere. La escritura periodística de Juan Vicente Melo, a casi cuarenta años de haber sido compuesta, conserva aún su frescura, su corrección, su encantador enarbolamiento de diletantismo musical, fruto de una visión orgullosamente impresionista, cualidades todas que hacen de él un clásico obligado del ensayo en México, durante la segunda mitad del siglo XX.