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Editorial

Conflicto en el Cáucaso

Las hostilidades iniciadas entre Rusia y Georgia, después de la ofensiva lanzada por este último país en la capital de Osetia del Sur –que derivó, a decir de dirigentes de esa región separatista, en unos mil 400 muertos–, revelan el fracaso de Moscú en sus esfuerzos por ser un garante de paz regional, y ponen en relieve, además, sus afanes por evitar el resquebrajamiento de la enorme influencia política que ejerce en el Cáucaso, una región que la desaparecida Unión Soviética dominó ampliamente hasta su disolución en 1991.

Para comprender la naturaleza de este conflicto es necesario remitirse a la importancia que Georgia tiene para Rusia en materia de política exterior: se trata de un enclave geoestratégico fundamental, con importantes recursos energéticos propios y ubicado en un corredor de tránsito obligado para las redes de hidrocarburos proyectadas desde el mar Caspio hasta el Negro y la costa oriental del Mediterráneo.

Por añadidura, el rumor de una eventual integración de Georgia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una de las principales metas del actual presidente, Mijail Saakachvili, ha cobrado fuerza en fechas recientes: el país mantiene buenas relaciones con Washington y, de hecho, en abril pasado la propia OTAN evaluó su adhesión al pacto militar. Es de suponer que tal perspectiva resultaría indeseable para Rusia: aunque ya no existe la hegemonía que tuvo durante los años de la guerra fría, sigue siendo una potencia militar a la que no le agradaría tener como vecino a otro miembro de la alianza atlántica, algo que implicaría un factor de perturbación en su propia frontera.

Así, si bien Rusia no ha reconocido oficialmente la independencia de Osetia del Sur –obtenida de facto en la década de los 90–, y aunque afirma respetar la integridad territorial de Georgia, el Kremlin ha reforzado sus lazos con el separatismo osetio, y su apoyo a éste ha sido ostensible: además de la ayuda militar se ha otorgado indiscriminadamente la ciudadanía rusa a ese pueblo, situación que evidencia, ciertamente, un contraste de la política de Moscú hacia movimientos separatistas como el checheno y el kosovar.

Adicionalmente, es previsible que la conflictiva realidad que hoy se vive en el Cáucaso derivará en el surgimiento de mayores tensiones entre Rusia y Occidente, de por sí recrudecidas a partir de las divergencias en torno al cinturón antimisiles que Washington pretende emplazar en Europa del este, la referida secesión kosovar y el tratado sobre fuerzas convencionales en Europa, suspendido por el gobierno del ex presidente y actual primer ministro Vladimir Putin.

Por lo demás, los ataques emprendidos ayer entre ambas naciones plantean la posibilidad indeseable de insertar a la región en una dinámica de violencia y sufrimiento cuya fórmula es harto conocida: se presentó cuando las huestes de Slodoban Milosevic perseguían con fines de exterminio a la población albano-kosovar, y cuando la OTAN, en respuesta, bombardeó aglomeraciones civiles serbias. Significativamente, fuentes del gobierno de Saakachvili denunciaron ayer un bombardeo perpetrado por aviones rusos en la base militar Vaziani, situada a unos 25 kilómetros de Tbilisi, la capital georgiana. Todo apunta, por desgracia, a que entre los llamados “daños colaterales” del conflicto que se desarrolla en esa región del planeta se incluirá una cuota enorme de zozobra y más muertes de civiles inocentes, tanto sudosetios como georgianos.

 
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