Usted está aquí: domingo 17 de agosto de 2008 Opinión México, país de emigrantes

Jorge Durand

México, país de emigrantes

México es un país de emigrantes que no se reconoce como tal. Desde hace más de un siglo se ha caracterizado por ser un exportador neto de mano de obra a Estados Unidos: 98 por ciento de la población mexicana que vive en el extranjero se concentra en ese país. México tiene 11 millones de ciudadanos fuera de sus fronteras, lo que representa poco más de una décima parte de sus habitantes. Cuando un país expulsa esa cantidad de gente su situación se califica como de emigración masiva. México es el principal exportador de mano de obra en América Latina y ocupa el segundo lugar a escala mundial, después de India, un país con más de mil millones de habitantes. Al mismo tiempo, ocupa el segundo lugar mundial en cuanto a la recepción de remesas.

Tres razones pueden explicar, que no justificar, esta falta de conciencia nacional sobre un tema de tanta trascendencia para el país, su gente, su presente, su futuro. En primer lugar, la emigración no pasa por el Distrito Federal, al menos de manera masiva. Tradicionalmente, la capital era lugar de inmigración, a la cual llegaron, a lo largo de medio siglo, millones de migrantes internos. Sólo en las últimas décadas el ritmo de crecimiento de la megalópolis empezó a decrecer. Sin duda en la capital se generan procesos emigratorios hacia Estados Unidos, pero éstos no son significativos a nivel estadístico. El índice de intensidad migratoria de Conapo califica al DF en el nivel “bajo”. Y lo que no pasa por la capital, al parecer, no sucede en el país. Mientras en el Distrito Federal se trataban de resolver los problemas que generaba la llegada masiva de personas, en otras regiones del país sucedía lo contrario, pero nadie se preocupaba del asunto. Es más, muchos analistas consideraban a la emigración como una “válvula de escape”, como la solución fácil, mecánica, a los problemas del desempleo, la pobreza y la falta de oportunidades.

En efecto, el occidente de México fue el epicentro de la emigración por casi un siglo, en especial los estados de Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas. Luego se sumó el norte, y finalmente, hace tan sólo un par de décadas, el centro y el sureste. Hoy en día la emigración internacional se ha convertido en un fenómeno de dimensión nacional. En el año 2000, fecha del último dato disponible, se constató que 96.2 por ciento de los municipios del país reportaron experiencia migratoria internacional.

En segundo lugar, la emigración mexicana se dirige casi en su totalidad hacia Estados Unidos. Esto no es de extrañar, dado que México perdió inmensos territorios y población en la guerra con Estados Unidos, porque somos vecinos, porque tenemos más de 3 mil kilómetros de frontera y, finalmente, porque existe y persiste una profunda relación asimétrica entre ambos países. Asimetría que en términos migratorios se expresa en una brecha salarial profunda, difícil de salvar, y que paradójicamente se convierte en nuestra ventaja comparativa para atraer inversiones y generar empleo. Como quiera, los afectados, son los trabajadores en México que perciben magros salarios, y los que están del otro lado, que son considerados como mano de obra barata, desechable y deportable. Hubo un tiempo en que los migrantes eran considerados traidores porque iban a trabajar para enriquecer al país vecino. Luego, en tiempos de Vicente Fox, fueron considerados como héroes. Ni lo uno ni lo otro. Reconocer una dependencia laboral histórica y centenaria con Estados Unidos es algo difícil de asumir, de aceptar, de justificar. Los políticos prefieren ignorar la situación, dejar hacer y dejar pasar. No en vano hasta hace unos años se ufanaban de lo que llamaban “la política de la no política”. Es decir, no hacer nada, lavarse las manos.

En tercer lugar, la inmensa mayoría de los migrantes a Estados Unidos son pobres, su promedio de escolaridad es de seis años, provienen de las áreas rurales y de los sectores populares urbanos. Más aún, en las últimas décadas se ha incrementado notablemente la emigración de indígenas, y en no pocos casos de indígenas que sólo hablan sus lenguas originarias, que no saben español y que se encuentran en situaciones de total indefensión. Además de su condición social y educativa, los migrantes enfrentan otra desventaja: más de la mitad son indocumentados. Por muchas décadas, el gobierno mexicano desatendió a la comunidad migrante, precisamente porque eran indocumentados, o ilegales, como los llaman en el otro lado. Eran, y todavía lo son, una presencia necesaria en el mercado laboral estadunidense, pero un personaje incómodo para México.

Ser provinciano, pobre e inmigrante no parece ser una buena combinación. Pero como decía don Francisco Indalecio Madero, hace ya casi 100 años, en su opúsculo La sucesión presidencial: “La situación del obrero mexicano es tan precaria que a pesar de las humillaciones que sufren allende el río Bravo, anualmente emigran para la vecina república millares de nuestros compatriotas, y la verdad es que su suerte es por allá menos triste que en su tierra natal”.

Cien años y 11 millones de mexicanos deberían ser razón más que suficiente para tomar conciencia de este drama nacional.

 
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