Usted está aquí: domingo 17 de agosto de 2008 Sociedad y Justicia Mar de Historias

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Maratones

I. Teresa

Cada mañana comienza el maratón de Teresa. Abarca una distancia muy corta, pero en su prueba cuentan los minutos y aun las fracciones de segundo. Su primera meta es conquistar el baño antes de que se lo ganen los demás miembros de la familia. La segunda consiste en deslizarse bajo la regadera cuando todavía hay agua y disfrutarla sin que se lo impidan las súplicas de su cuñado y sus sobrinos para que no se demore tanto como acostumbra.

Envuelta en su toalla verde con un león estampado, Teresa se dispone a superar la tercera etapa. Consiste en reconstruir lo que el tiempo implacable deshace a cada minuto: su juventud. Para lograrlo despliega sobre el lavabo una serie de lápices: con uno muy grueso se tiñe de caoba el mechón de canas que heredó de su padre y la estigmatiza para el trabajo.

Con otro lápiz café, más delgado, Teresa levanta el arco de las cejas y lo prolonga hasta las sienes. El tercero es blanco. Le sirve para iluminar las zanjas en que se le ha hundido la piel en el entrecejo y en las comisuras. Se da una tregua: retrocede dos pasos y se mira en el espejo para constatar el efecto. Ante la evidencia de que es natural y favorecedor, no puede menos que sentir gratitud hacia la vendedora que le recomendó esa maravilla cosmética.

De todos sus lápices, el que más le agrada a Teresa es el rojo. Con él, a base de trazos suaves y precisos, va siguiendo los bordes de sus labios hasta que logra verlos carnosos, sin esa maraña de pequeñas líneas que los hacen parecerse a una fruta seca.

Superada esta prueba, Teresa se viste y se propone alcanzar la meta última y también más difícil: salir del baño sin concederle importancia a las miradas turbias y las malas caras del cuñado y los sobrinos a los que un día más ha vencido en su conquista del baño. Es su punto de partida para emprender cada mañana su interminable maratón contra el tiempo.

II. Anahí

No será de 40 kilómetros, pero el itinerario de Anahí es maratónico. Enfundada en su uniforme color fresa y subida en sus tacones altos, tiene que recorrerlo entre las 10 de la mañana y las seis de la tarde, hora en que debe presentarse en su base. Llegar un minuto después significa la derrota.

El simple hecho de pensarlo renueva las fuerzas de Anahí para vencer los muchos obstáculos a los que tiene que enfrentarse durante sus ocho horas de prueba: alcantarillas destapadas, banquetas rotas, escaleras resbaladizas, tenderetes, recepcionistas desconfiados, puertas electrificadas, edificios inteligentes que la atrapan, perros que la amenazan.

Nada puede frenar el impulso con que Anahí se somete a la prueba diaria: ni siquiera el apetito o las necesidades fisiológicas. Parte de su entrenamiento consistió en modificar su horario de comidas y prescindir en lo posible de los líquidos. Hacer alto en un jardín para comer un refrigerio o entrar en un sanitario significa pérdida de minutos, y en su competencia hasta la pérdida de uno solo es fatal.

Desde que aceptó entrar en la justa supo que los requerimientos iban a ser muy duros. Los asumió y sigue tomándolos como retos a vencer hasta que al fin alcance la meta final: subir al podio, aceptar humildemente una medalla dorada y ver su nombre en el cuadro de honor. Allí sólo puede leerse el de la estrella: la más puntual y distinguida vendedora de calzado por catálogo, “la campeona del mes”.

III. Elvira

Elvira ha cumplido 12 años. Desde los ocho participa en las competencias. Tiene dos especialidades: caminata y carrera, las alterna según las circunstancias y el objetivo. Su madre fue quien la inició en la prueba porque la sabía más confiable que sus hijos varones y capaz de recorrer en mucho menos tiempo la distancia entre la salida y la meta.

Antes de augurarle buena suerte, su madre se comportó como una entrenadora responsable: “no te detengas en el camino, fíjate bien cuando cruces las calles, recuerda que tienes que llegar antes que los otros y que la chicharra suena a las seis de la tarde. No pongas esa cara, vas a poder, tengo toda mi fe puesta en ti”.

Elvira aún recuerda el peso de la responsabilidad que su madre depositó en sus hombros de niña, el esfuerzo que hizo para no tropezar con los viandantes, el cuidado que tuvo para atravesarse cuando no venían coches. Tiene vivo el dolor que sintió en el bazo, los calambres en las piernas, el zumbido en los oídos, el mareo, la pérdida momentánea de visión.

A pesar de todas esas muestras de cansancio, Elvira no se detuvo. Siguió adelante, corriendo a contrarreloj para alcanzar la meta un minuto antes de las seis de la tarde. A esa hora sonaba la chicharra de la Fábrica de Lápices Rosado y su padre salía de trabajar.

El objetivo de la niña era muy preciso: abordarlo antes de que llegaran los hijos que él tenía fuera de matrimonio y le pidieran el dinero que ella, su madre y sus hermanos tanto necesitaban. Conseguirlo fue su triunfo inicial. Las monedas que su padre le entregó aquella tarde fueron sus primeras medallas.

IV. Camila

Habían terminado su jornada en el albergue. Las voluntarias empezaron a hacer planes para el fin de semana. Todas vislumbraron con disgusto la perspectiva de que muchas calles y vialidades fueran a cerrarse por causa del maratón. Camila, pese a esa incomodidad, veía la carrera como una fiesta y lamentó no haberse inscrito.

Su confesión desencadenó comentarios involuntariamente crueles que en el fondo eran críticas a sus hábitos: “Cami, te conozco desde hace años y, que yo sepa, nunca has hecho ejercicio”. “Para meterse en una competencia de esas hay que tener muy buena condición física”. “No cualquiera puede lanzarse a una carrera de 40 kilómetros”. “Quien participa en una prueba así debe llevar años de entrenamiento.”

Las puntilla se la dio Mercedes: “Camila, acéptalo: esas cosas ya no son para nosotras. Y es más: hasta pueden resultar peligrosas. Acuérdate de que hace poco un señor se infartó a mitad de la carrera.”

Camila quedó avasallada, pero durante el regreso a su casa estuvo pensando hasta qué punto sus amigas habían tenido razón descalificándose y descalificándola. Era verdad que nunca había tenido tiempo para ejercitarse en una bicicleta estacionaria o en una caminadora, pero también era cierto que desde las cinco y media de la mañana hasta que se acuesta, 11 de la noche, no hace más que andar por todas partes –lo que suma kilómetros– y subir decenas de veces toda clase de escaleras: desde los peldaños del edificio donde vive hasta los del Metro.

Toda esa actividad, ¿no podía considerarse un buen entrenamiento para competir en un maratón? No. En una revista leyó que eso es ajetreo; sólo puede llamarse ejercicio una actividad sistemática, progresiva y cronometrada.

Reconoció que su condición física no era la de una atleta, pero está lejos de ser una persona débil. La mejor prueba es que aún puede mover y levantar los muebles de su casa para renovarla o mantenerla limpia, echarse sobre los hombros los fardos de periódico que vende al kilo cada mes, cargar la ropa de la tintorería o las bolsas del súper.

Con la natación era otra cosa. Desde que una prima se ahogó, Camila renunció a meterse en albercas, ríos, lagos, pozas y hasta en chapoteaderos. El único que se salva de su fobia es el mar, al que adora… de lejos, de día y con buen tiempo.

Pero el hecho de que ya no sepa nadar no puede ser obstáculo para que participe en un maratón. El año que entra, llueva o truene, se inscribirá. Es más, tratará de que sus amigas voluntarias lo hagan también.

Cuando le salgan con que no están en buena condición física y que esas cosas ya no son para ellas, les recordará a cada una sus actividades diarias: bien podrían considerarse como el más riguroso, cronometrado y progresivo de todos los entrenamientos.

 
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