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Domingo 17 de agosto de 2008 Num: 702

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Maritain y el sentido olvidado de la historia

Bernardo Bátiz Vázquez

En Las grandes amistades, Raissa Maritain relata cómo ella misma y Jacques Maritain, su futuro esposo, a los veinte años de edad se enfrentan a la angustia de una existencia alejada de las esperanzas y de los anhelos, cercados ambos por dudas, preguntas sin respuesta y congojas intelectuales derivadas del pensamiento depresivo y corrientes pesimistas que prevalecían durante el primer tercio del siglo xx en el ambiente universitario parisino, escenario a la vez de sus éxitos en las aulas y de su melancolía en el fuero interno.

Eran épocas en las que el escepticismo y la náusea imperaban en el ámbito del mundo intelectual; para los jóvenes de mentes ávidas sólo había puertas abiertas a la nada; puertas sofisticadas y elegantes, pero que daban a salones inertes y vacíos, carentes de un contenido esclarecedor, o de respuestas a los dolores, las indecisiones y los males sociales que se descubren al salir de la inocencia; “y esta carencia de sentido los conducía –dice Raissa– a una vida intelectual, quizás profunda y sin duda exigente para las mentes inquietas y en búsqueda, pero a la vez angustiante y llena de aflicciones intelectuales”.

“Si tenemos que renunciar –continúa– también a encontrar un sentido a la palabra verdad, a la distinción entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, ya no es posible vivir humanamente”, concluye.

Pero dos o tres vivencias y hechos concretos que les suceden, los salvan de ser conducidos al absurdo al que, al parecer, son fatalmente atraídos. Estas cosas son, en primer lugar, el dolor de lo que ambos estaban viviendo; para Jacques es algo más: el descontento con el entorno, pues poseía, dice Raissa, un sentido íntimo de la justicia que lo situaba del lado de los pobres y en contra de la esclavitud del proletariado; para los dos, las largas conversaciones, la gran amistad sin dudas, las cartas y los pobres almuerzos compartidos con los Bloy: León, el pensador cristiano, ilustre ya para entonces, y su esposa Jeanne, pobres de solemnidad, pero plenos de sabiduría y virtudes auténticas. Con ellos empieza para la joven pareja el encuentro con el sentido de la vida, con la búsqueda de un fin, cercano o alejado, pero existente y alcanzable.

Esas grandes amistades, recuerda Raissa, los arrancan poco a poco de los círculos de los filósofos fatalistas con muchas respuestas pero todas insatisfactorias, y es, en esa modesta casa de la Calle de Chevalier de la Barre, donde descubren, a través de León Bloy, otros horizontes; también es cuando, por sutiles sugerencias, se acercan a Plotino, a Pascal, a la historia de Francia, y ya con estos nuevos bagajes intelectuales y abierto el resquicio, por su propia cuenta, se cuelan a las tertulias de Bergson, y también encuentran a Péguy, otra mente clara y poderosa que será maestro y amigo. Pero lo más convincente, lo trascendental en su cambio y en su encuentro con el sentido que ilumina sus propias vidas, es el ejemplo de la vida de los Bloy, con quienes no discuten; con León especialmente mantienen “una comunicación confiada, tranquila, en términos suyos”, que los deslumbra y los acerca a caminos de más claridad, de más belleza, dice Raissa, y caminos a fin de cuentas con un sentido, que conducen a algo.


Jacques y Raissa Maritain

Para la inteligencia disciplinada, analítica y poderosa de Jacques Maritain, el joven intelectual de origen judío y cultura francesa, sumido en el escepticismo y en las nebulosas de la duda existencial, esos nuevos caminos amplían su perspectiva indefinidamente, y por ellos explora las viejas verdades de la patrística y de la escolástica, doctrinas que lo renuevan y que él renueva y pone al día. Con ese impulso inicial, se enfrenta posteriormente, ya pertrechado de bases sólidas, a los problemas del siglo xx , en especial a los relacionados con el hombre y la justicia; se adentra en los problemas de la democracia, de la dignidad de la persona, de la relación de ésta con el Estado y con la justicia y, finalmente, en lo que a mi ver es la cumbre de su construcción ideológica, al problema de la filosofía de la historia, que no es otro que la búsqueda y descubrimiento del sentido de la existencia humana en el tiempo: ¿Hacia donde vamos? Esa es la pregunta.

Maritain y Raissa, ambos como en el cumplimiento de una predestinación, se convierten al cristianismo bajo el padrinazgo del León Bloy y, desde ese momento, él en especial se entrega con verdadera vocación de filósofo a la reflexión sobre diversos temas, entre ellos, la persona, la persona humana, recalca, porque acepta que hay otras de carácter divino, y al hacerlo no se queda en el estudio de los datos individuales de su objeto de interés, sino que, siguiendo a sus lejanos maestros antiguos, Santo Tomás de Aquino, y por conducto de él, Aristóteles, redescubre al ser humano, profundiza sobre su carácter social, su esencia de ente político, parte de la colectividad por naturaleza y esencia, no por accidente, como se pensó en el siglo de la ilustración.

De la aceptación de la sociabilidad natural del hombre a la manera aristotélica, sólo hay un paso, y lo da Maritain, al análisis neotomista de la doble vertiente existencial del ser humano, por una parte unidad indivisible, única e irrepetible, con un destino propio y personal y, por la otra, un ser social, resultado y hechura de su comunidad y, a su vez, partícipe en la forja de la misma comunidad; al mismo tiempo producto de su medio social y responsable de él. ¿Y como responsable? Responsable a través de los conceptos de bien común y democracia, temas sobre los que siempre regresa, en su extensa obra, que lo mismo circula e influye en Europa occidental que en América Latina y en Estados Unidos.

Su bibliografía es muy extensa y forma por sí misma una doctrina nueva y tradicional a la vez; en la forma y en el lenguaje es Maritain precursor del fresco pensamiento del Vaticano II, al poner al día las doctrinas de los escolásticos encabezados por el aquinatense y la filosofía cristina en general, pero en el fondo inequívoco y cuidadoso en la más depurada ortodoxia.

Entre sus obras más influyentes, editadas y leídas por un amplio público de seguidores, menciono en primer lugar Introducción general a la filosofía, que le sirve de punto de partida; luego vendrán Principios de una política humanista, El hombre y el Estado, y su obra capital en materia de doctrina social: Humanismo integral. Posteriormente, un poco tardía, en 1959 y forzado por amigos y editores, aparece el libro Por una filosofía de la historia, fundamental en el mundo del pensamiento cristiano en busca de explicaciones al devenir humano, resultado de construcciones intelectuales paulatinas, expresadas en artículos y conferencias, y finalmente armadas y acopladas en esta obra admirable, a mi modo de ver, la culminación de una vida de reflexión y exploración intelectual.

El penetrante pensamiento de Maritain, expresado en sus obras de filosofía social, tiene una gran influencia en el pensamiento de lo que se ha conocido como la Doctrina social cristiana, y en el desenvolvimiento de los movimientos y partidos demócrata cristianos, en especial en América del Sur. Son lectores y comentadores de su obra destacados políticos y jefes de Estado, como Rafael Caldera y Arístides Galvani en Venezuela, presidente uno y canciller el segundo; el presidente chileno Eduardo Frey, primero de ese nombre, Patricio Aylwin, gobernante de Chile, inmediatamente después de que el triunfo por el “No” sacó a Pinochet del gobierno, y muchos más, en Brasil, Argentina, Uruguay, en donde la democracia cristiana se integró al batallador Frente Amplio en contra de la dictadura, y en Centroamérica personajes como Vinicio Cerezo, de Guatemala, y Napoleón Duarte en el Salvador.

En México, académicos y políticos son lectores y seguidores del pensamiento de Maritain, entre los destacados, el candidato panista a la presidencia en 1953, el jaliciense Efraín González Luna, el director del seminario de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la unam , Rafael Preciado Hernández, el jesuita y catedrático de teoría política Héctor González Uribe, los periodistas Pedro Vázquez Cisneros e Iñigo Laviada, y más recientemente los profesores de derecho Efraín González Morfín y Raúl González Schmal. José Vasconcelos, en su Historia del pensamiento filosófico, publicada por la Universidad Nacional de México en 1937, le dedica párrafos elogiosos como critico de Bergson y como el renovador de la metafísica tomista, así como por haber emprendido estudios admirables, así los califica el Maestro de América, sobre la experiencia mística de San Agustín y San Juan de la Cruz.

El Partido Acción Nacional, en sus inicios, toma, al elaborar sus principios de doctrina, hoy modificados, preteridos y olvidados, los conceptos de persona, de comunidad y el ya aceptado generalmente de la primacía del bien común sobre bienes individuales o sectoriales, principios fundamentales del pensamiento político de inspiración cristiana, equidistantes por ello de las dictaduras de cualquier tendencia, y de los gobiernos oligárquicos que anteponen sus intereses de grupo o clase a los de la colectividad. Una aportación olvidada, pero trascendental de Maritain, es el concepto de pluralismo político que descubre y admira cuando visita Estados Unidos.

Maritain, por otra parte, no es un pensador aislado o solitario; forma con otros estudiosos y políticos de la primera mitad del siglo XX, todo un movimiento de respuesta dialéctica y constructiva confrontada tanto con el materialismo histórico de Marx como con el individualismo liberal en boga; militan en esta corriente de pensamiento, reconocida no pocas veces como un posible tercera vía para el mundo, pensadores que hay que recordar y releer; una pléyade de autores que responde a esa línea de pensamiento, entre ellos Etienne Gilson, Emmanuel Mounier, Jacques Leclerc, el definidor más preciso del bien común, y otros más que aportan al debate de las ideologías políticas su concepción social cristiana, pero sin duda, entre ellos, el capitán reconocido, el más destacado por su profundidad y por lo amplio de su obra es Maritain.

No quiero, finalmente, concluir estad reflexiones sin un esbozo de lo que sostiene este autor respecto del fin de la historia; su ensayo en esta materia es una respuesta anticipada a quienes creen que concluyeron las ideologías, y que sólo queda como motivación del quehacer político el pragmatismo y la lucha sorda por el poder en sí mismo.


Jacques Maritain

Maritain en su Por una filosofía de la historia, empieza sustrayendo esta disciplina del campo de la metafísica, en la que Hegel la había situado, para clasificarla al lado de la moral y del derecho, como una rama de la ética y dentro del mundo del deber ser; para él, la historia no es algo predeterminado, acabado o definitivo, no es tampoco una cadena de hechos sujetos sólo a las leyes naturales; es algo más, es principalmente un producto de la voluntad libre de las personas y, por ello, es impredecible. La historia se ubica en el mundo del deber ser y no del ser, como Augusto Comte y Marx lo presuponían, siguiendo en esto a Hegel, al aceptar un fin de la historia necesario y fatal, el progreso para el primero y la sociedad sin clases para el segundo. No, el fin de la historia será el que nos planteemos los que hoy vivimos y actuamos, y lo será en la medida en que con nuestro quehacer político nos acerquemos a él. Nos dirigimos hacia donde formulamos nuestra utopía, nuestro modelo, y el acercamiento o el alejamiento de ese fin no es automático, depende del impulso que le demos y de las acciones, omisiones, interés o indiferencia que pongamos los contemporáneos.

Otra idea central de Maritain en esta materia es el análisis retrospectivo del cual el pensador francés extrae la conclusión de su teoría del doble progreso contrario, con la que da claridad a muchas contradicciones con las que nos encontramos al tratar de interpretar la historia de la humanidad. No hay sólo un progreso hacia el bien o hacia lo mejor o hacia el ideal, hay, afirma el filósofo, un doble progreso contrario, avanza el bien y simultáneamente avanza el mal, la cizaña y el trigo crecen juntos. El ejemplo que pone no puede ser más grafico y más acorde con su formación inicial en la historia de Francia; dice que en la Revolución francesa –quién podría dudarlo–, se alcanzaron y se incorporaron al patrimonio de la humanidad ideas políticas y valores universales que enriquecieron la historia. En la Revolución francesa se declararon los derechos del hombre y del ciudadano, se consolidó la división de poderes, el gobierno por asamblea representativa y los principios de la libertad y la igualdad, sin embargo, todo esto se alcanzó con un gran esfuerzo intelectual que convivió todo el tiempo con el terror, en medio de la anarquía, entre persecuciones sin medida, al lado de los juicios tumultuarios y al pie de la guillotina. Avanzó el bien –¿quién lo duda?–, pero simultáneamente avanzó el mal y, al final, los derechos del hombre y el ciudadano, y los conceptos democráticos, se incorporaron en forma al parecer definitiva a los valores de la humanidad, pero la Revolución y la República desembocaron en el imperio y en la guerra.

Finalmente, diré que Maritain no se propone, como sí lo hace su contemporáneo y amigo, el hombre de acción y pensamiento que fue Mounier, fundamentar un socialismo cristiano, y si bien condena la intención estatista, reconoce el valor moral de la denuncia contra la injusticia y la pobreza. En Humanismo integral escribe que “el socialismo en el siglo xix ha sido una protesta de la conciencia humana y de sus instintos más generosos contra los males que claman al cielo”. Más adelante destaca que fue una gran obra del socialismo “despertar el sentido de la justicia y el sentido de la dignidad del trabajo contra las fuerzas no demasiado bien dispuestas”. El socialismo, agrega, tuvo la iniciativa de esa obra, pues “ha dirigido una lucha áspera y difícil”, y “ha amado a los pobres”, no sin dejar de señalar el error de proponer la Revolución con mayúscula, como un mesianismo, en lugar de las múltiples revoluciones que serán necesarias para avanzar en el buen sentido, dentro de esa realidad que él descubre y propone en su filosofía de la historia.

Termino afirmando que el pensamiento de Maritain ha hecho su aportación, que es importante y que tiene que ser considerada; en este nuevo siglo en que se daban por muertas las ideologías, vuelve a ser necesario, y quizás con mayor urgencia, un pensamiento clarificador y sólido en materia política. Como decía Chesterton, cuando las cosas se ponen muy complicadas no hay que acudir a los técnicos y a los expertos, hay que interrogar a los filósofos, y Maritain lo es, y su pensamiento bien puede ser una guía en el revuelto mundo de la política actual, porque sostiene que debemos esperar que las cosas mejoren, es decir, propone la virtud de la esperanza que late en su pensamiento, pero básicamente invita a la acción; las cosas dependerán de lo que hagamos, no de la fatalidad ni del azar.


Ilustraciones de Gabriela Podestá