Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 17 de agosto de 2008 Num: 702

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El sueño de Quetzalcoatl
ROGER VILAR

Edad madura
NIKOS FOKÁS

Premios, gloria y fortuna
HAROLD ALVARADO TENORIO

El beso: Munch, Rodin y Klimt
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

Maritain y el sentido olvidado de la historia
BERNARDO BÁTIZ VÁZQUEZ

Pensar escribiendo
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


Quetzalcóatl en el Codex Telleriano-Remensis. Imagen de Wikimedia Commons


Sacrificio de Quetzalcóatl

El sueño de Quetzalcoatl

Roger Vilar

Desde el interior de la cueva escuchaba el sonido remoto de la lluvia. Había entrado para protegerse del sol, pero hacía horas lo acosaba el agua. Chorreaba por las hendiduras acarreando sobre su cabeza cadáveres de insectos y voces frías de fantasmas antiguos, hasta que encontró aquella roca seca y cubierta de hojarasca. Allí temblaba, allí gemía. Sus huesos expulsaban fiebre y sentía mariposas de alas de piedra dentro de la cabeza. Cientos le golpeaban las neuronas. ¿Dormía o había ido más allá de toda lucidez posible? En el centro de su cerebro una oruga soñaba con ser mariposa, pero no salía un capullo alrededor de su cuerpo. Quetzalcoatl intentó borrarla, pues su reptar era más doloroso que el aleteo de los insectos. Giró sobre la roca y quiso que el mundo se redujese al goteo monótono del aguacero. No ocurrió. La oruga traspuso una puerta de piedra. Encontró la cara de rana del dios de la lluvia. Siguió hasta una cámara en tinieblas y empezó a atravesarse el cuerpo con espinas de maguey para obligarlo a iniciar la metamorfosis, pero no sucedía nada. El dolor palpitaba como otro corazón, expulsaba raudales de baba por sus heridas. Casi moribunda abandonó el templo. Vagó largos días gimiendo sobre la hojarasca del bosque. Los pájaros le perdonaron la vida por asquerosa. Llegó a un río y se asomó. No se reflejaba una oruga, sino la cara humana de Quetzalcoatl. Él saltó en la roca y abrió los ojos. Afuera de la cueva se sumaban otros ruidos a los de la lluvia. Eran los cientos, miles de personas que lo seguían en su peregrinación. ¿Sabrían que una oruga fracasada tenía su cara? No. Volvió a acomodarse en la roca y creyó ver los atlantes de Tollan con el emblema de la mariposa en el pecho. El signo de que los sabios siempre están en constante transformación. ¿Quién fue el profeta antiguo que lo grabó en piedra? Se había perdido su nombre en el tiempo, así como Quetzalcoatl había olvidado por qué un día abandonó su trono, su cetro y su reino. Los que lo seguían tampoco recordaban ninguna causa.