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Luis Linares Zapata

Dificultades crecientes

El parloteado blindaje de México ante la crisis mundial, que tan alegremente presumieron las autoridades, resultó lleno de agujeros. Los problemas de la economía estadunidense, debidos a la desatada especulación bancaria con las hipotecas, están ocasionando serias consecuencias en las exportaciones mexicanas.

De mayor consideración han sido los incrementos en los alimentos, pues han tocado el bienestar de las capas medias de la población y profundizan la pobreza de segmentos sociales tan numerosos como desprotegidos. La tercera vertiente de dificultades proviene de los continuos incrementos en los costos de la energía, empujados por la escalada del gas y los crudos en el mercado mundial. Con tales presiones en los precios, la inflación se destapa y coadyuva a la lentitud del crecimiento en el PIB, dañina combinación para la calidad de vida y el empleo. Y, por último, la incapacidad de la fábrica nacional para producir lo que se demanda obliga a llevar las importaciones a niveles fuera de control con el consiguiente desequilibrio en las cuentas externas.

Frente a la tormenta descrita, los instrumentos de políticas públicas muestran sus limitaciones. Unas le provienen por el mal empleo que de ellas se hacen, sobre todo las de carácter monetario que repercuten en la fortaleza artificial del peso frente al dólar con su cauda negativa en la balanza comercial con el exterior. La discordancia entre las mismas autoridades, hacendarias y del banco central, lanza señales encontradas que alientan el nerviosismo de los mercados y les impiden modular la entrada de capitales golondrinos.

Otras limitantes llegan por lo reducido del instrumental disponible ante la magnitud de las afectaciones que la economía está experimentando. Sobre todo las que provienen de los largos años transcurridos sin contar con una planeación (industrial, científica y tecnológica) efectiva para articular y promover los distintos sectores productivos, entre ellos mismos y en su encadenamiento interno.

Si las tribulaciones descritas no fueran suficientes para provocar, por ellas solas, inconformidades y desacuerdos entre la población, la incapacidad que muestran, de manera creciente, las autoridades federales para asegurar los aspectos básicos de gobierno, agravan hasta el extremo la situación prevaleciente. Destacan aquí las que inciden en la seguridad colectiva e individual.

Recurrir a desplantes de endurecimiento, como los adoptados por algunos mandos del oficialismo, sólo agranda la percepción de las debilidades reales y la escasa imaginación para enfrentar al crimen, sea organizado o común. La estrategia de combate frontal al crimen no dio los resultados buscados, quizá porque nunca se plantearon con la prudencia y habilidad necesaria, los objetivos a conseguir. Quizá también porque se privilegió el ángulo difusivo y de imagen, en un intento por ganar la legitimidad bajo cuestión del titular del Ejecutivo.

El caso es que la sensación de inseguridad ha cundido por todos los rincones, acicateados por la táctica difusiva de la derecha para encubrir sus errores, latrocinios y complicidades, cargando el acento sobre la izquierda (y sus malformaciones) como elemento distractor. El caso es que se ha puesto más énfasis en juntar a Ebrard con Calderón que perseguir, con empeño, consistencia y respeto por los derechos humanos, un programa bien diseñado que incidiera en la gobernabilidad del país. Ahora, el oficialismo trabaja, contra reloj, en un terreno que no puede dar resultados en el corto plazo. Sólo la perseverancia, dotada de los recursos y la honestidad suficientes puede arrojar cuentas positivas en la lucha contra el crimen. Es algo similar a lo que se está cosechando en el deporte con motivo de los juegos olímpicos. Nada se puede hacer con la improvisación, la incapacidad de conducción y los despliegues comunicativos de la opinocracia apoyadora de cuanta tontería se les ocurre a los jefecitos de Los Pinos. El deporte es una resultante obligada de muchos factores que deben de estar en línea para recoger frutos: salud, educación, tecnologías varias (alimentarias, fisiológicas y demás), instrumentos adecuados, organización y liderazgo, entre otras. Son años de continuada preparación los que se requieren para colocarse medallas, reconocimientos y la satisfacción del deber cumplido.

Las famosas reformas estructurales, de pensiones y seguridad social, que tan fácilmente pasaron por el Congreso con su cauda de acuerdos cupulares, no dejan de incidir en el malestar colectivo. Grupos mayoritarios en estos sensibles renglones recienten sus efectos y no cejan en sus desacuerdos tumultuarios. Los cálculos de los beneficiados de siempre para resistir estas movilizaciones, sin mayores daños a sus intereses, fueron erróneos. La impaciencia, el autoritarismo creciente y el nerviosismo por la prolongación temporal, tan crueles para con los inconformes de abajo, cunde entre las elites ante la protesta, cada vez más organizada.

Y encima de todo este desbarajuste el oficialismo pretende la aprobación de una reforma petrolera cuyas divisas son, sin titubeos pero con muchos afeites y trampas, la privatización corrupta y el compulsivo entreguismo ante el extranjero.

Un nuevo ordenamiento, contrario a toda lógica económica y francamente anticonstitucional, se cocina torpemente en el Congreso dominado por el PRIAN. Una serie de cambios salidos de sumar las dos propuestas de la derecha: la del señor Calderón y la del PRI cupular. Un malhadado coctel de difícil digestión en medio de tanta tribulación, tonterías y desarreglos. Una ruta directa a la desestabilización y la violencia permanentes, que ojalá el movimiento de oposición pueda contener y rencauzar. Ya se tienen, para ello, dos instrumentos: un paquete de reformas razonables, nacionalistas, con la mira puesta en el interés colectivo en combinación con un masivo conjunto de mexicanos organizados y decididos a defender lo propio.

 
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