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Ciudad Perdida

Miguel Ángel Velázquez
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■ Marcelo Ebrard bajo presión

■ El tinglado de la reunión sobre seguridad

Algunos observadores de la izquierda no partidista advierten en las acciones inmediatas del jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, un quiebre de voluntad política, obligado por sucesos imprevisibles y presiones, cada vez más fuertes, de quienes requieren de su sometimiento para aparentar la legitimidad que les ha negado la gente.

Quienes lo están obligando a dar el paso saben que el siguiente movimiento lo llevará el vacío y lo empujan, le han cerrado casi todos caminos y lo conducen, embelesado por el ruido mediático, hacia la nada política donde vencido, al tiempo, cuando ellos lo decidan, será desechado.

Y es que durante estos casi dos años de gobierno la postura de Marcelo Ebrard se fue convirtiendo en un símbolo difícil de derrumbar. Aunque lo que más molesta, en el entorno de los medios de mercado, es su cercanía con Andrés Manuel López Obrador –porque a Ebrard no lo consideran hombre de izquierda, y no temen que sus decisiones puedan perturbar el camino del capital–, en las más altas esferas de la política, la actitud del jefe de Gobierno cuestiona y pone en riesgo las decisiones de su instrumento favorito: la democracia representativa, la de ellos, que sólo se puede en entender como la validación de la farsa electoral.

Entonces, matar el símbolo resulta de la mayor importancia. Mientras Ebrard sigan sin reconocer la legitimidad de Felipe Calderón, aquel proceso electoral seguirá cuestionado desde una de las partes más importantes del propio gobierno –la población, una mayoría, rechaza el triunfo panista, sin duda–, y será muy difícil repetir el fraude en tanto que el no reconocimiento a su figura principal da certeza de que habrá quien se oponga abiertamente a una nueva jugarreta en nombre de la democracia.

Y no sólo eso. Mientras Ebrard siga en su postura, alentará las acciones de todos los que se nieguen a ser la comparsa fácil de la burla que se trata de imponer desde el poder. Por eso, destruir la voluntad política del jefe de Gobierno resulta tan incómoda y tan peligrosa para quienes pretenden perpetuar a la derecha en el poder.

De ahí que la presencia de Ebrard, el próximo jueves, en la farsa de la seguridad será definitoria para el futuro inmediato del país. Por un lado se habrán de levantar las voces que aseguren que López Obrador se quedó solo, que su aliado más importante lo abandonó, y esto bastará para apuntalar la tesis de que el trabajo que ha desplegado el ex jefe de Gobierno durante este último año no sirve para nada.

Ese será el momento indicado para echar a andar la estrategia del fraude que viene. Descartar a López Obrador, y la gente que lo sigue, sobre la voluntad quebrada de Marcelo Ebrard, de eso se trata la reunión sobre seguridad que le ha impuesto el poder al jefe de Gobierno, y no, por favor, que no se nos trate de engañar, de resolver el problema de la criminalidad que el mismo poder alienta con su forma de gobierno.

Hace cuatro años el pueblo limpio, el impoluto, el pueblo víctima que se viste de blanco, salió a las calles a pedir seguridad en un acto político –ahora se puede ver con mucha más claridad–, que esta vez pretenden repetir con una manifestación de repudio, para envolver la presión política de protestas justas.

Esta claro. La caminata de entonces no sirvió para lo que se suponía. El crimen aumentó, la inseguridad en la mayor parte de las ciudades y el campo del país parece incontrolable. La gente no encuentra esperanza de vida justa en México, y los que convocan: la derecha blanca, impoluta, sigue sin crear empleos, sigue violando las leyes laborales, continúa restando apoyo a la educación pública, y además pretende vender, a sus socios, la única riqueza que le queda a lo demás de la población que somos casi todos: el petróleo.

Convocan entonces los señores de El Yunque, los empresarios que hacen riqueza escandalosa sin cumplir con las leyes laborales, los cómplices del poder que esperan recoger alguna migaja de lo que les sobra a los acaudalados, y parece que nadie se quiere dar cuenta de que son ellos, principalmente, la semilla de la injusticia que provoca esta violencia estructural que, eso sí, cada día daña más.

Marcelo Ebrard está frente a lo que quizás sea el mayor reto de su historia política. Él y casi toda la gente saben que la reunión del jueves, y la marcha del fin de mes, de nada o poco servirán para aliviar la situación de inseguridad en el país, mientras no se den las condiciones propicias para otorgar a la población los tan olvidados mínimos de bienestar que les permitan alejarse del crimen para sobrevivir. De él depende entonces caer en la trampa que se le ha montado para legitimar las formas de gobierno que prohijan la violencia. Nada más.

 
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