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■ La escritora Mónica Lavín presentó su más reciente libro, que publica Alfaguara

Hotel Limbo, novela sobre el deseo que sólo se cristaliza en la mirada

■ Con esta obra, el lector debe atender a su esencia voyerista de ser en la vida, dice la autora

Ericka Montaño Garfias

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Ampliar la imagen Durante la presentación de Hotel Limbo, de Mónica Lavín (arriba), se recreó la habitación 301 de dicho lugar, en la que Sara modela desnuda para Darío, que son los personajes principales de la obra Durante la presentación de Hotel Limbo, de Mónica Lavín (arriba), se recreó la habitación 301 de dicho lugar, en la que Sara modela desnuda para Darío, que son los personajes principales de la obra Foto: José Carlo González

Una novela de la mirada, del deseo no cristalizado, del voyeur, provocadora. Ese es el nuevo libro de Mónica Lavín, Hotel Limbo, que publica la editorial Alfaguara.

Es una novela “que plantea el problema del deseo más que la cristalización del deseo; es un deseo que está definido por una pasividad del cuerpo femenino, es decir, el puro hecho de que el personaje esté siempre planteándose como un personaje que está modelando en un hotel”, señaló la escritora Margo Glantz, colaboradora de La Jornada, durante la presentación del volumen en un hotel capitalino, acto en el que participaron también el pintor Rafael Cauduro y el escritor Ricardo Raphael.

Al fondo, se recreó la habitación 301 de ese hotel Limbo en la que Sara modela desnuda para Darío. Son los personajes principales.

Para Margo Glantz, se trata –reitera– de “una novela del deseo que, en última instancia, se cristaliza, pero no de manera directa, sino en la mirada, que es justamente el problema de la pintura. La mirada es el problema de la pintura definitivamente y en ese caso un problema de la pintura que remonta a muchos siglos atrás: el de las Venus que están tiradas en una cama esperando que llegue su seductor”.

En Hotel Limbo “el deseo del cuerpo femenino está planteado a partir del cuerpo femenino, pero se transmite al cuerpo masculino que mira al cuerpo femenino. En ese sentido es importante manejar el tema de la mirada y de la mirada narcisa: quién corresponde a quién, qué se mira y cómo se mira”.

“Toda novela nomás es una provocación”, señaló a su vez Mónica Lavín; aquí “se da en esta intención de la mirada: yo no me quería meter en el pellejo de Sara sino del pintor –que era el personaje más difícil– para entrar en él y ver lo que veía su ojo, cómo trasladaba aquello, con toda su carga y su experiencia de vida con sus dolores y sus gozos, al lienzo y cómo le era más fácil poseer a esa mujer en el lienzo que poseerla en carne y hueso.

Para ello recurrió a la complicidad de los pintores, no sólo de aquellos de los libros, sino de pintores, escultores y fotógrafos vivos “que hubieran estado en la batalla de estar frente al cuerpo desnudo y hacerlo arte”.

Y uno de esos pintores que contó anécdotas a la escritora fue Rafael Cauduro, uno de los invitados a la presentación, además de su hermana María José Lavín. “Con sus anécdotas hice lo que me dio la gana, pero necesitaba esas miradas”.

Así, su propuesta es “estar frente a la novela como se está frente a un cuadro. Que el lector mire siempre a Darío pintando a esta mujer que posa desnuda. El lector debe ser un mirón en esta novela, y que atienda a esta esencia voyerista de ser en la vida”.

 
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