Usted está aquí: domingo 24 de agosto de 2008 Opinión Afganistán: genocidio tolerado

Editorial

Afganistán: genocidio tolerado

Se han hecho ya habituales los despachos procedentes de Afganistán en los que se da cuenta de bombardeos de la coalición invasora contra objetivos civiles, que dejan, invariablemente, elevados saldos trágicos. Por citar sólo unos cuantos episodios recientes, a mediados del mes pasado se informó de un ataque de la aviación estadunidense contra un poblado de la provincia de Farah que causó la muerte a cuatro mujeres y a cinco niños; el 10 de agosto, en la población de Juibar, 11 personas no combatientes murieron a consecuencia de bombardeos aéreos lanzados por los invasores, en el marco de combates entre las fuerzas de la OTAN y “milicianos enemigos”, como los definió el ministro de Defensa del país ocupado, Mohamed Zahir; el viernes pasado, en el pueblo de Aziz Abad, en la provincia occidental de Herat, la fuerza aérea estadunidense mató a más de siete decenas de mujeres y de niños. En esa misma región, en abril del año pasado, 51 civiles fueron asesinados por ataques aéreos de la misma procedencia.

En contraste con las masacres de población civil perpetradas por fuerzas irregulares o gubernamentales en diversos conflictos de África, Asia y Europa, que dan lugar a justificados movimientos de repudio, la carnicería que se perpetra en Afganistán, igualmente condenable, es vista, sin embargo, casi con normalidad por la opinión pública de los países industrializados, como si las muertes de afganos inocentes a manos de la coalición que invadió y mantiene ocupado ese país desde fines de 2001 fueran un derecho legítimo de Occidente o, a lo sumo, sucesos fortuitos lamentables pero ajenos a la responsabilidad de gobiernos específicos, empezando por el de Washington.

Hasta ahora, los mandos de las fuerzas invasoras se han negado a reconocer los hechos comentados o bien los han atribuido a errores inevitables por parte de los militares ocupantes, circunstancia en la cual los muertos vienen a resultar “bajas colaterales” que no generan ninguna clase de responsabilidad penal a sus victimarios intelectuales y materiales. La inmoralidad es tan inocultable que incluso Hamid Jarzai, el presidente títere de las fuerzas militares extranjeras, se ha visto obligado a protestar por la barbarie que llevan a cabo sus mentores.

Fuera de Afganistán se establece, por otra parte, un círculo vicioso entre la insensibilidad de las sociedades industrializadas ante el drama afgano y la impunidad con la que operan los militares y los gobernantes civiles de sus países en esa nación centroasiática tres veces destruida en el curso de otras tantas guerras.

Desde otro punto de vista, la persistencia de los combates en suelo afgano, así como la sostenida brutalidad de las fuerzas ocupantes, evidencian las dificultades para poner fin a una guerra que George Walker Bush declaró ganada hace casi siete años. Como ocurre con la intervención militar en Irak, en Afganistán los invasores se han empantanado en un conflicto bélico de inocultable carácter colonialista. Y, al igual que en el país árabe, el callejón sin salida en el que se han metido los ocupantes de Afganistán no sólo es de índole militar sino, ante todo, moral, porque lo que Estados Unidos y sus aliados europeos hacen allí representa la negación de los principios éticos, legales y políticos que pregona Occidente.

 
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