Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 24 de agosto de 2008 Num: 703

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La Francia se Bruni
JOSÉ GAXIOLA LÓPEZ

Nuevas aventuras de Pigmalión
AUGUSTO ISLA

La verdad de la novela
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con ÁLVARO POMBO

Octavio Paz y el budismo de Wang Wei
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J.M. Coetzee: ¿a dónde nos lleva el progreso?
RAÚL OLVERA MIJARES

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Georg Büchner o del silencio

A Edén Coronado


Versión neoyorquina de Woyzeck

George Steiner ha señalado que una de las causas que determinan la melancolía inherente a la existencia radica en nuestra incapacidad para soportar el silencio. El filósofo alemán sostiene incluso que estamos impedidos siquiera de concebirlo: un zumbido perenne, que de hecho confundimos con una afirmación de la vida, nos acompaña permanentemente en nuestro tránsito por el mundo e impide por completo la paz de nuestro ser. Para Steiner ese ruido de fondo es la última reminiscencia del Big Bang originario: aquel que explosionó la nada, configuró lo que entendemos por universo y nos abandonó a nuestra merced dentro de él sin más armas que el cuerpo y su conciencia, un puñado de deseos siempre insatisfechos y, maldita sea, la capacidad de atormentarnos con el pensamiento. Pensamos entonces con la intención cándida de distraernos del ruido blanco que simboliza la finitud de nuestra carne y lo hacedero de nuestro raciocinio. Pero al pensar no hay entretenimiento ni placebo, sino la afirmación involuntaria de que el silencio, y con él la paz, es una quimera que subyuga.


Dibujo de Gerry Joe Weise

En este sentido, la voz de Georg Büchner (1814-1837), la impronta de su ideario concentrada en apenas un puñado de textos, conforma un alegato contundente contra el mundanal ruido, contra todo aquello que amenaza con desviarnos de una búsqueda que, aunque de suyo infructuosa, provee sentido y esencia. En apenas tres obras dramáticas, una pieza narrativa y algunos otros escritos, el genio prematuro de Goddelau nos legó una idea impostergable antes de que lo arrasara el tifus a los veintitrés años: la escritura, como efecto sublimado del pensamiento, debe procurar, aunque sea efímeramente, ese silencio que según Steiner nos ha sido vedado por nuestra situación en el cosmos. La brevedad de sus trabajos, pero sobre todo la conflagración de esa brevedad con las características de su discurso estético, es en suma uno de los testimonios más lúcidos y enérgicos que sobre la oposición entre ruido y silencio se ha escrito en la literatura de Occidente. Porque se sabe que, como pocas otras, la escritura de Büchner (su dramaturgia en particular) es una escritura del intermedio, en la que sus virtudes más trascendentes subyacen en la apariencia y en la epidermis. No sólo por lo evidente, que facilitaría el sofisma reductor de que lo valioso en Büchner, en Woyzeck en específico, está dado a partir de su condición de obra inacabada, interrumpida por el virus y la muerte. En realidad, lo que el escritor alemán ha dejado como enseñanza es más que una lección de pericia estética: en los intersticios elocuentes de su obra, el lenguaje cumple la misión de relatarnos a quienes, como lectores, asistimos a la furiosa revelación de sus alcances. Hablan sus personajes pero más que eso nos hablan, nos hacen ver que la proyección de sus deseos, lo poco que de ellos se cumple y lo mucho que se queda encarcelado en el lenguaje, es también nuestra impotencia, nuestra ineptitud perenne para concretar lo que expresamos como deseo o volición. La historia de Woyzeck, el relato de su locura y su martirio, no es otra versión más del amour fou. Antes señala lo que sabemos pero que en nuestra cotidianidad pretendemos acallar mediante la promesa, la esperanza o la franca simulación: nuestras proyecciones y voluntades varias, nuestro ejercicio concreto de amar de hecho, no implica en modo alguno la perpetuación del deseo amoroso. Ningún amor, ni siquiera el que Woyzeck le prodiga a María, está exento de su única certeza: la caducidad, la finitud. Por más que lo hablemos, por más que lo plasmemos en lenguaje, el amor ha de acabarse, la persona amada un día no ha de serlo más –allí la vacuidad en el postcoito, como señala Steiner también. Y como en el amor, la existencia: nada más verdadero que la conciencia de que al final todo será de los gusanos. Y como ambas, el silencio: acaso el único real será el de los sepulcros, pero mediante la voz, el ruido y el lenguaje pretendemos evadir el hecho de que, cuando lo ganemos, perderemos todo cuanto nos es caro y, esencialmente, vivo.

Es así como hay que acercarse al teatro de Büchner, a poco menos de dos siglos de su desaparición física: desde la certeza de posarse en una obra que nos señaló, con la poesía devastadora de las grandes revelaciones, las paradojas esenciales que vinculan el ruido con el silencio, la mortandad con la existencia.