Usted está aquí: domingo 7 de septiembre de 2008 Opinión ¿La Fiesta en Paz?

¿La Fiesta en Paz?

Leonardo Páez

■ Tertulia taurina

Mientras en Zacatecas, “con todo el apoyo del gobierno estatal”, las autoridades de esa entidad se acuerdan durante cinco minutos de la fiesta de los toros, ahora, con motivo de los 100 años en que la visión ganadera de don Antonio Llaguno importara vacas y sementales andaluces del marqués de Saltillo, dando inicio a la moderna crianza de reses bravas en nuestro país, en Aguascalientes, con una afición más preocupada por la fiesta brava a lo largo del año, el programa de radio Tertulia taurina, que con agilidad e imaginación conducen Gilberto Morán, Ana Delgado y José Caro, otrora finísimo novillero, celebraron el 20 y 22 de agosto su primer aniversario al aire, de lunes a viernes, de 3 a 4 de la tarde.

Entre otras ocurrencias, los citados conductores tuvieron la temeridad de invitarme a dar una conferencia en uno de los auditorios del remodelado Centro de las Tres Centurias, que alojó la estación y talleres del ferrocarril de Aguascalientes, precisamente donde tiene su sede ese avanzado concepto denominado Escuela de las Artes y el Toreo, a cargo del matador en retiro César Pastor.

Ni las torrenciales lluvias ni lo poco conocido del nuevo centro ni el pesimismo que parece envolver a la afición del país ni las antipatías de los alineados fueron obstáculo para que un público tan entusiasta como conocedor y comprometido abarrotara el auditorio, con un inteligente concepto arquitectónico que respetando fachadas y estructura original, pone en valor y en servicio amplísimos espacios.

¿Por qué defender una fiesta de toros que ya casi no interesa?, preguntaba al inicio. Porque si estas expresiones del pueblo empiezan a desaparecer también desaparece el arte como sustento de la propia identidad, como posibilidad de protesta ante la uniformidad y como resistencia eficaz contra la penetración cultural anglosajona y neoliberal, esa que sueña con imponer al mundo pelotitas de todos tamaños y deportes de alto riesgo sin que se lastime a ningún ser, excepto a hombres, mujeres y niños durante sus aventuras bélicas tras el petróleo, ahora disfrazado de democracia.

Los mexicanos somos, agregaba, los últimos en enterarnos, pero México es un país que ha sido secuestrado, tanto por los buenos, es decir, partidos políticos, gobernantes, televisoras, monopolios, etcétera, como por los malos (crimen organizado, narcotráfico, violencia física y sicológica generalizada), con una exigencia de rescate excesivo que se paga a diario pero sin visos de que la ciudadanía se dé cuenta de cómo ejercer su poder de liberación.

Entre esas reflexiones propuse una participación más activa, responsable y estratégica del público aficionado, así como la creación y desarrollo de una fiesta paralela en contraste con la pobre oferta de espectáculo de las anquilosadas, pero multimillonarias, empresas. Y concluí:

“Como en todo crimen hay que preguntar: ¿quiénes se benefician de que las cosas de México, incluidas las taurinas, no cambien, y por qué? A las principales empresas no les preocupa hacer repuntar la fiesta ni que sus escenarios estén semivacíos. Si les preocupara, hace tiempo habrían tomado medidas. Pero lo peor es que tampoco preocupa a la crítica, al público ni a las autoridades, tal vez porque los de la afición resultan ya pocos votos durante las elecciones o porque se siguen espantando con el petate de Televisa y TV Azteca. Luego me puse propositivo, faltaba más”.

 
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