Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 14 de septiembre de 2008 Num: 706

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Visión del polvo
LEANDRO ARELLANO

Dos poemas
TASOS DENEGRIS

Tres crónicas tres

Alessandro Baricco: configurar la maravilla
JORGE ALBERTO GUDIÑO

Cuarenta años de la Teología de la Liberación
ÁNGEL DARÍO CARRERO entrevista con GUSTAVO GUTIÉRREZ

Noticieros matutinos: la insolencia de los mediocres
FERNANDO BUEN ABAD DOMÍNGUEZ

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Columnas:
Jornada de Poesía
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Ana García Bergua

Las novelas de los policías

Hace unas semanas, la videoasta, periodista y ecologista Martha Alcocer, difundió un testimonio escalofriante sobre cómo el torpe disparo de un malhechor la había salvado de ser secuestrada y, quizá, asesinada. Al final de su testimonio, entre las exigencias que Martha realizaba como ciudadana, escribió: “ Pienso que si los miembros de la policía leyeran y estudiaran novelas policíacas como la ya clásica mexicana El complot mongol, de Rafael Bernal; o las de Paco Ignacio Taibo II, cuyo protagonista es Belascoarán Shayne; las del sueco Mankell, que tienen al policía Wallander; las clásicas de Agatha Christie, el inspector Poirot, la serie televisiva inglesa Inspector Morse, etcétera, esto les ayudaría a levantar el ánimo y a entender la importancia de su trabajo.”

Yo primero me imaginé a nuestros policías capitalinos armados de su torta y su refresco, embebidos en la lectura de Henning Mankell, y pensé que así se les escaparían más los delincuentes, pero mejorarían como personas. Suena descabellado, pero tiene sentido lo que la videoasta propone, pues se refiere a la necesidad de que quienes luchan contra el crimen tengan un ejemplo a seguir que le dé sentido a su tarea y a su existencia: con todo y la diabetes y los dolores de cabeza, Wallander no ceja en su lucha contra los crímenes siniestros que permean la apacible sociedad sueca. El guapo inspector Morse, ulcerado por sus buenos vasos de cerveza o whisky, siempre encuentra al asesino, aunque sus jefes lo saquen del caso. Y la detective Jane Tennyson de Prime Suspect, con todo y que bebe y fuma como chacuaco y se mete a la cama con algún policía joven que le gusta, encontrará siempre cómo destrozar la vida de los violadores, los asesinos y los pederastas. El sentido de esas vidas por lo común solitarias y complicadas está en que el resto de la sociedad pueda vivir, y no es poco.

La cosa es que en general estas grandiosas sagas policíacas suceden en países que cuentan con un sistema de justicia más o menos claro y establecido, ante el cual el detective se puede o no rebelar, pero que a la hora en que éste comprueba la culpabilidad del asesino, actuará en consecuencia y lo encarcelará. Incluso, como ha sucedido en la serie protagonizada por la gran Helen Mirren, si la detective no puede luchar contra el sistema que defiende a un pederasta poderoso, el hecho de enviar las fotos inculpatorias a la prensa supone su inmediata descalificación.

Como sabemos, este no es país donde ocurran esas cosas. Por ejemplo, ¿qué hubiera sucedido si el deprimido judicial que fue a tomarle la declaración a Martha en el hospital hubiera decidido seguir las huellas que dejó el vehículo en la carretera, rastrear el número de la computadora y el celular robados, las huellas dejadas en el volante, en fin tantas cosas que a los lectores de novelas policíacas se nos ocurren? Quizá hubiera atrapado a los secuestradores (si no se le acababa la gasolina en el camino y si la patrulla y sus armas funcionaban). Quizá los hubiera llevado con un Ministerio Público que quién sabe si lo podría atender. Quizá los malhechores habrían ido a parar a un a cárcel durante una noche; quizá hubieran dado una mordida y hubieran salido. Quizá, al entrar a la delegación, el policía que los detuvo se hubiera dado cuenta de que eran policías, y si no lo eran, compartían sus ganancias con algún capitán del cuerpo policíaco. Quizá ya sabía todo esto y de ahí el aspecto “triste, impotente, derrotado de antemano” que describe Martha Alcocer. Y si hubiera decidido enviar las pruebas a la prensa –como la propia Martha hizo, al difundir su testimonio– nada hubiera pasado, fuera de que ya sabemos que no hay que andar por esa carretera del Ajusco (ni por ningún otro lado, en general). Ya sabemos lo que les hizo la terrible grabación a Mario Marín y Kamel Nacif.

Es posible que a los policías mexicanos les lleguen más al alma Filiberto García, el detective de la novela de Rafael Bernal, o el rebelde Belascoarán. A diferencia de Wallander, Morse y la detective Tennyson (ya no hablemos del elegante Hércules Poirot), tanto Filiberto como el detective de Taibo II no pertenecen a las instituciones y abominan de ellas (y a Filiberto, la verdad, nada lo salva, más que el amor: es bueno a pesar de sí mismo). A su vera tendríamos un montonal de detectives actuando por cuenta propia, junto a un sistema judicial que sería, como en los anuncios, el principal proveedor de delincuentes, siempre a la vanguardia.