Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de septiembre de 2008 Num: 707

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Intermisiones
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

En este lugar sueño y amanecer
KATERINA ANGUELAKI-ROUK

Carta abierta a Jane Austen
RICARDO BADA

Vida y teatro
ESTELA LEÑERO FRANCO

Un inédito de Rimbaud
Nota de MARCO ANTONIO CAMPOS

Cruce de lenguas en el sur
ESTHER ANDRADI entrevista con GLORIA DÜNKLER

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Manuel Stephens

¿Es esto un techo?

Evoé Sotelo irrumpió en la escena dancística hace dieciséis años con Estoy de acuerdo con el obeso. –¿Por qué le dice Usted obeso? Se llama Juan Carlos, con la cual fue finalista del ahora muy desprestigiado Premio INBA-UAM, que en ese entonces se llamaba todavía Premio Nacional de Danza (rubro con el cual la comunidad dancística lo sigue reconociendo al ser la única competición que convoca a coreógrafos de toda la República). Sotelo nunca ha sido una coreógrafa ingenua, como pudiera pensarse por la utilización en su repertorio del humor y la parodia (que no son lo mismo) ya desde el inicio de su carrera; muy al contrario, siempre ha tenido una mirada perspicaz y cáustica sobre las identidades y los mecanismos mediante los cuales interactúan. Últimamente, la experimentación de Sotelo se ha centrado en la reducción del movimiento, llevándolo casi hasta el mero gesto, mas conservando el máximo de elocuencia, y ha producido una serie de piezas agrupadas bajo el título Danza mínima y la obra de gran aliento Alma daltónica, en las cuales los personajes aparecen sojuzgados y el tono es sombrío y desolador.


Evoé Sotelo

Su más reciente espectáculo ¿Es esto un techo?, en contraste, retoma el sentido tragicómico de algunos montajes anteriores y se presentó en una acertada temporada de cuatro fines de semana en el sótano del estacionamiento del cna . La obra recrea dinámicas de socialización del reventón de las dos últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI. Al llegar al estacionamiento subterráneo, se observa a lo lejos una mesa en la que se encuentran los DJ 'S, el VJ y los técnicos, enmarcados por un graffiti mural; la máquina de humo trabaja, la música suena y el rave se deja sentir. El público está rodeado de autos y, tras unos minutos, la obra inicia descubriendo a una mujer acostada en un colchón e iluminada por los faros de un vehículo; ella es Myonly (dígase “maionli”) y, al levantarse ante la peligrosa cercanía de la camioneta que atropellará el colchón, nos invita comenzar, cualquier cosa que esto sea, en compañía de Edna Pepino (DJ Rabbit, un hombre con botarga azul de conejo). Lo que sigue es una serie de acciones aparentemente inconexas y absurdas, pero que adquieren sentido si uno se instala en la lógica propia del rave, en el cual se puede transitar de una cosa a otra sin mayor complicación. Los personajes salen de los autos o aparecen entre el público, sus vestimentas son extravagantes y tienen reminiscencias de la moda de los setenta y los ochenta. Aquí el hábito hace al yo, lo que no implica que el yo no sea el hábito: el espectador asiste a la representación de la representación identitaria de los personajes; la asunción de nuestra teatralidad es lo que nos permite entrar en contacto con el otro. Y en el eufórico entramado nos topamos con preguntas seriamente existenciales: “¿Qué te pasa Barbie?”, ¿ le preguntan al memorable y tremendamente bien interpretado personaje de Edgar Poll, quien, sentado en el piso como sirenita, contesta en el azote: “¡Por un momento creí que éramos lo contrario!” El público puede seguir sin problema las vertiginosas acciones, que se desarrollan principalmente en dos espacios limitados por los pilares del estacionamiento y por conos de tránsito. Autos se mueven, el público se desplaza y los clubbers no tienen llenadera.

¿Es esto un techo? me hizo recordar el reventón neoyorquino orquestado por Michael Alig, James St. James y el resto de los llamados club kids, que llega funestamente a su fin en 1996 con el asesinato de un dealer . Alig organizó inolvidables fiestas en la legendaria disco Limelight, pero también en lugares como el metro, el contenedor de un camión y restaurantes de comida rápida, que son recreados en el film Party Monster (2003), dirigida por Fenton Bailey y Randy Barbato, basada en la novela Disco Bloodbath, de St. James. Siempre hay algo trágico en los finales de fiesta. El diálogo último de Myonly tirada en el piso: “¿Es esto el funcionamiento temporal de algo? ¿Es esto un motivo para no estar solos? ¿Es esto un techo?”, no es una moraleja ramplona ( “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”, dice William Blake), sino que nos confronta con la finitud: inevitablemente todo termina.

Quiatora Monorriel ha conformado una excepcional y numerosa compañía con planteamientos estéticos propios que la distinguen estridentemente de las demás. En ¿Es esto un techo? no falta ni sobra nada y nos hace anhelar que la fiesta continúe. ¡Pero pronto, por favor!