Usted está aquí: miércoles 24 de septiembre de 2008 Opinión Prometer no empobrece

Carlos Martínez García

Prometer no empobrece

La jerarquía eclesiástica católica alardea un capital político y en las urnas que no tiene. Entre 85 por ciento de la población que se declara católica en México, existe todo tipo de preferencias partidarias y los sufragios católicos se los reparten, preferentemente, PRI, PAN y PRD.

En primer lugar es necesario clarificar el porcentaje de quienes en México se reconocen católicos. Obispos y arzobispos declaran con frecuencia que más de 90 por ciento de los mexicanos se identifican con la Iglesia que ellos presiden.

Hace casi dos décadas, de acuerdo con el Censo de 1990, el catolicismo alcanzó 89.5 por ciento de las preferencias religiosas en el país. En el Censo de 2000, el porcentaje bajó a 87.9; y no nos extrañaría que en el ejercicio estadístico de 2010 la población católica mexicana estuviese cercana a 80 por ciento.

Por otra parte, es necesario no perder de vista que territorialmente tiene marcados contrastes cómo se distribuyen los católicos en el país.

Por ejemplo, en el Censo de 2000 Guanajuato se muestra como el estado más católico, con 97.12 por ciento de la población que se identifica con esa opción confesional; seguido de Aguascalientes (96.35) y Jalisco (96 por ciento). Mientras tanto, Chiapas tiene 30 puntos porcentuales menos de católicos que Guanajuato; Tabasco es la segunda entidad menos católica del país, con 70 por ciento, y Campeche la tercera (71 por ciento).

Adicionalmente a las dos consideraciones anteriores, habrá que incorporar en el análisis el hecho de que la población católica tiene autonomía política y electoral respecto de las posiciones oficiales de las cúpulas clericales católicas.

Desde hace varios años existe en el país un cúmulo de estudios de opinión pública que demuestran, sin lugar a dudas, que los católicos mexicanos van a contracorriente de las enseñanzas de su Iglesia en distintos temas que conciernen a los asuntos nacionales y privados: no a la enseñanza religiosa en escuelas públicas, negativa a censuras de libros y películas que exhiben corruptelas e incongruencias de los liderazgos eclesiásticos (El crimen del Padre Amaro y las delictivas andanzas del legionario mayor, Marcial Maciel), derecho de las mujeres a decidir acerca de interrumpir el embarazo, aprobación de la ley de sociedades de convivencia y un prolongado etcétera.

Es cierto que la clase gobernante panista es proclive a pavimentarle el camino a las presiones y aspiraciones de los altos integrantes de la cúpula de la Iglesia católica. Pero incluso en las entidades donde supuestamente tendría indudable éxito la vulneración la laicidad del Estado, como Jalisco, el gobernador Emilio González Márquez debió dar reversa a su generosa donación, con recursos públicos, de 90 millones de pesos a la institución eclesial presidida allá por el cardenal Juan Sandoval Íñiguez. La movilización de la ciudadanía jalisciense echó atrás la ilegalidad y así asestó un golpe certero a los deseos político/eclesiásticos del llamado gobernador piadoso y su mentor, Sandoval Íñiguez.

Por varias vías connotados arzobispos y cardenales han hecho llegar a dirigentes partidistas y/o encumbrados funcionarios públicos, sus pareceres de que instruirán a la feligresía católica para que en las elecciones del próximo año emitan sus votos a favor de opciones partidistas, y candidatos, que respalden las enseñanzas de la Iglesia católica en temas especialmente sensibles para la misma.

Mediante organizaciones y personajes cercanos a las dirigencias clericales, el cabildeo se ha venido intensificando entre asambleístas, diputados y senadores, y posibles candidatos a esos puestos, para que muestren disposición a los puntos de vista coincidentes con la doctrina social de la Iglesia católica. Una buena descripción de esas presiones ha quedado documentada en el reportaje “Por la revancha…”, de Rodrigo Vera (Proceso, 21 de septiembre).

Políticos de todas las opciones partidistas tienen deferencias con los dirigentes eclesiásticos católicos. Las tienen ya sea por inercia cultural (por el peso histórico de la institución en México); y/o por sobredimensionamiento (debido a la ignorancia del peso real en las orientaciones políticas que la Iglesia católica tiene entre la ciudadanía) de la fuerza real que tienen las directrices y homilías de obispos y arzobispo. Los clérigos amagan movilizar su pretendido capital político a favor de sus particulares visiones de cómo debería ser la organización sociopolítica del país.

Por su parte, gran parte de los políticos de los tres principales partidos (PRI, PRD y PAN) han mostrado tibieza en la defensa de la laicidad del Estado y otorgan a la Iglesia católica un poder en las conciencias de la ciudadanía del que simplemente carece.

Por andar negociando influencias políticas, enarbolando una representatividad de 80/85 por ciento de los católicos mexicanos a los que nunca han consultado, la cúpula católica nombrada desde Roma sigue descuidando su terreno natural: el de pastorear a su grey, fortaleciéndola para que reproduzca en su vida personal y social los principios éticos católicos ante otras propuestas religiosas y/o seculares. En sus “dominios” es constante la pérdida de feligreses, que por otra parte sólo han sido suyos de labios para afuera, frente a confesiones que crecen constantemente y ensanchan la diversidad en el mapa religioso mexicano.

 
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