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A 40 AÑOS

Amarillismo

Ante la represión, los medios apoyaron al gobierno y promovieron el “pánico social”

Alberto del Castillo Troncoso

Ampliar la imagen El Heraldo de México, propiedad del derechista empresario Gabriel Alarcón, presentó un amplio reportaje gráfico sobre la ocupación militar del Politécnico el 24 de septiembre de 1968. En ese trabajo participaron ocho fotógrafos, cuyos créditos fueron publicados El Heraldo de México, propiedad del derechista empresario Gabriel Alarcón, presentó un amplio reportaje gráfico sobre la ocupación militar del Politécnico el 24 de septiembre de 1968. En ese trabajo participaron ocho fotógrafos, cuyos créditos fueron publicados

Entre el 21 y el 24 de septiembre ocurrieron algunos de los episodios más violentos del 68, que exhibieron no sólo la voluntad represiva del gobierno y la coordinación de policías y granaderos con agentes de inteligencia y las fuerzas militares, sino la capacidad organizativa de un sector de la población que resistió activamente esos operativos y emergió, por primera vez, como protagonista de los hechos.

Las hechos más relevantes de esas fechas fueron los enfrentamientos de los cuerpos represivos con civiles en la unidad Nonoalco-Tlatelolco y las tomas violentas de la Vocacional número 7, Zacatenco y el Casco de Santo Tomás.

Estos sitios configuraron una zona particularmente conflictiva para el gobierno, claramente delimitada al norte de la capital, que no compartía el perfil de la ciudad olímpica seductora y cosmopolita ideada por los diseñadores gubernamentales para los turistas, como ha mostrado en forma elocuente Daniel Inclán en su documental Ciudad Olimpia: el año en que fuimos modernos.

La mirada de los empresarios

Diarios como El Heraldo y El Sol de México apostaron por una modernidad gráfica representada por amplios reportajes fotográficos, convenientemente acotados por pies de foto antiestudiantiles.

Los directores de ambos medios, Gabriel Alarcón y José García Valseca, personajes cercanos a la Presidencia de la República, desplegaron importantes secuencias con registros capturados por unos 15 fotógrafos, entre los que destacaban Ernesto Valenzuela, Ismael Casasola, Ramón Guzmán y Porfirio Cuautle, quienes superaron ampliamente a sus competidores y rivales.

La diversidad visual contrasta con la uniformidad de la información escrita. La recepción de la información tuvo diversas posiblidades, desde padres de familia, como lectores previsibles de la publicación, hasta la revisión callejera de peatones y transeúntes en puestos de periódicos, que se formaban su propia opinión acerca de los sucesos a partir de otros intereses.

Esas narraciones, por lo general subrayaban la detención de los jóvenes “subversivos” por parte de las fuerzas del orden, pero también intercalaban escenas que mostraban una ciudad violenta, con territorios en disputa, lo cual desmentía los discursos oficiales en torno a la paz y la tranquilidad reinante en el país.

En el reportaje de El Heraldo que mostramos en este espacio puede verse a los soldados parapetados entre los pupitres o acechando en posiciones de combate junto a civiles y judiciales que se protegen al lado de un camión durante la toma del Politécnico. El fotógrafo acompaña a los militares en el asalto urbano y proyecta en todo momento el punto de vista de las fuerzas armadas.

Nota roja y conservadurismo

La prensa amarillista y sensacionalista ha estado vinculada con los intereses gubernamentales desde el inicio del fotoperiodismo, tal como puede verse en el caso de El Imparcial, un periódico que, a pesar de la pretensión de neutralidad que sugería su título, en realidad era un importante vocero de la clase dominante porfiriana a principios del siglo pasado. En los años sesenta, medios como La Prensa y Alarma disponían de los tirajes más amplios y ocupaban un lugar importante en las preferencias populares, en un momento en que la televisión apenas iniciaba su posicionamiento en los llamados usos y costumbres de la “gran familia mexicana”. Uno de los fotógrafos más destacados de La Prensa fue Enrique Metinides, gran maestro del género del reportaje policiaco en México en el siglo XX, cuya obra forma parte del paisaje cotidiano de grandes museos de arte moderno y galerías artísticas estadunidenses y europeas.

La mirada de Metinides, acostumbrado a construir sus historias con contundentes secuencias de tres o cuatro imágenes, se adaptó perfectamente a los sucesos del 68 y fue retomada por los editores del diario para narrar los hechos a sus lectores.

El caso que presentamos (ver la página 11) ha sido cotejado en el archivo del maestro y permite acercarnos al manejo editorial del periódico, que proyecta la imagen del granadero herido como protagonista principal de los sucesos en la toma de instalaciones del Politécnico.

La secuencia desemboca en la llegada providencial de la ambulancia, el transporte más socorrido del universo delicuencial construido por Metinides. Esta criminalización implícita del movimiento, lejos de ser casual, formaba parte de la estrategia gubernamental.

Así lo demuestra la utilización de algunos espacios del diario por importantes personajes de la clase política mexicana como Mario Moya Palencia y su jefe, Luis Echeverría Álvarez, quienes utilizaban la columna Granero político para denostar a sus adversarios y poner en circulación cierta información que era leída entre líneas tanto por sus subalternos y compañeros de ruta como por sus adversarios, como ha mostrado Jacinto Rodríguez en su libro La otra guerra secreta.

Miedo y manipulación

La premisa gubernamental que influyó en las decisiones editoriales de una parte significativa de los medios consistió en el intento de sembrar temor y parálisis en sectores amplios de la población, produciendo lo que algunos teóricos han denominado “pánico social”.

El nuevo ciclo se inició con la ocupación militar de Ciudad Universitaria y abarcó las tomas violentas de Zacatenco y del Casco de Santo Tomás.

Al segmento pequeño pero organizado de vecinos aliados del movimiento se le aplicó la mano dura de los operativos policiacos y militares.

A la gran mayoría de la población se le impuso una cobertura mediática que soslayó las causas y orígenes de la rebelión estudiantil y subrayó el territorio de la violencia y la nota roja como espacios informativos por excelencia del conflicto.

La vuelta de tuerca que cerraría esta pinza se produciría una semana más tarde, en la Plaza de las Tres Culturas.

 
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