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Editorial

FMI: el fin de una era

El director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, afirmó ayer, en relación con la grave situación originada en la crisis del sector hipotecario estadunidense, que “hace falta reformar” el sistema financiero mundial y que es necesario “reglamentar detalladamente las instituciones y los mercados”. Asimismo, de manera por demás sorpresiva señaló que “el mercado no sana al mercado” y condenó “la irresponsabilidad de un sistema que se desarrolla sin una relación con la economía real”.

En una circunstancia distinta de la presente, habría sido casi imposible suponer que los asertos comentados pudieran provenir de un funcionario como Dominique Strauss-Kahn –conocido por una orientación económica profundamente neoliberal, no obstante su militancia en el Partido Socialista Francés–, y mucho menos de un organismo como el FMI, que ha defendido históricamente –sobre todo desde su adhesión al llamado Consenso de Washington en la década de los 80– todo lo contrario a lo que ahora evocan las declaraciones de su dirigente: la liberalización de capitales y mercancías, la desregulación financiera y la conducción del Estado a la languidez por vía de privatizaciones y la reducción del presupuesto estatal en áreas sociales; todos ellos postulados fundamentales del neoliberalismo. Desde esa perspectiva, la reacción del dirigente del FMI ante la crisis actual es indicador contundente de que el mundo asiste, en el momento actual, al fin de una etapa histórica y al colapso del modelo económico neoliberal, paradójicamente como consecuencia de la aplicación de sus propios preceptos ideológicos.

Por otra parte, las afirmaciones del funcionario no dejan de revestir por lo menos una profunda incongruencia en relación con lo que han sido las prácticas recientes del organismo que encabeza. Al insinuar la necesidad de una revisión de las directrices vigentes en el manejo de la economía mundial, ahora que en el centro de las turbulencias se encuentra la nación más poderosa del orbe, Strauss-Kahn omite que el FMI ha hecho todo lo contrario cuando las mismas normativas han causado severas catástrofes económicas, sociales y políticas en regiones del “mundo periférico”, como América Latina. De hecho, ante las agitaciones y debacles financieras en los llamados países en desarrollo, el FMI no ha tenido más receta que sacrificar a los sectores mayoritarios de la población, perseguir la tranquilidad de los inversionistas –sobre todo los extranjeros–, reducir el sector público y emprender acciones antipopulares como el congelamiento de los salarios y la liberalización de precios.

Significativamente, Estados Unidos se puede dar el lujo de desatender las “recomendaciones” del FMI sin temor a sufrir represalias –algo que no pueden hacer los llamados países del tercer mundo–, y posee poder de veto en cuanto a las decisiones estratégicas del organismo. En conjunto, estos elementos confirman el alineamiento de esa institución con los intereses del mundo industrializado occidental, intereses que por lo regular chocan con las necesidades de desarrollo de las llamadas economías emergentes y del conjunto de los países pobres.

En suma, la magnitud de la crisis financiera actual ha evidenciado, en efecto, las flaquezas de un modelo económico que debe ser sometido a revisión. Para ello, sin embargo, habría que empezar precisamente por reorientar el papel de organismos financieros internacionales que, como el propio FMI, han jugado un papel central en el avance mundial de una visión fundamentalista de libre mercado que hoy parece resquebrajarse.

 
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