Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de septiembre de 2008 Num: 708

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las novelas del corazón
EDITH VILLANUEVA SILES

Ceniza del verano
NIKOS-ALEXIS ASLANOGLOU

Vida y poesía de Umberto Saba
RODOLFO ALONSO

Poemas
UMBERTO SABA

La librería de Umberto Saba
MARCO ANTONIO CAMPOS

La utopía de la Raza Cósmica
ALBERTO ORTIZ SANDI

El bardo poligenérico
RICARDO VENEGAS entrevista con RODOLFO HINESTROZA

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

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LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
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Directorio
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Ana García Bergua

Comer afuera

Qué libertad, qué dicha, abandonar la estufa y el mandil, las caras acostumbradas a los mismos gestos y las mismas ensaladas en la misma mesa, arreglarse un poco, comer afuera. Desde el puesto más humilde de garnachas, hasta el restaurante más elegante, pasando por fondas y taquerías, suchis y hamburguesas, qué jolgorio de platos y de olores, qué atracción. Sale uno a comer en cualquier día y la calle se enfiesta: la gente forma multitudes pequeñas, a la vez compactas y respetuosas, alrededor de las carnitas; las fondas hierven de burócratas con la corbata echada para atrás, los vips reparten sus especiales tan poco especiales y hasta los sitios caros tienen su clientela afanosa de mediodía: clientela de negocios, de amigos que se cuentan vidas oficinescas al calor de un vino, señoras que fueron, vinieron o pasaron por un club. Mediodía y todo el mundo sale de buscar el pan en su triste oficina para encontrar su pan con mantequilla o salsa en una lonchería, su maná del cielo citadino, jolgorio y consuelo de los hambrientos. Los ojos frente a la sopa descansan por fin, dejan de mirar afanes y congojas por ver al otro comensal, llamar a la señorita, seguir el curioso ritual de la sopa aguada, la sopa seca y esa comida corrida en la que hasta el arroz con leche del final parece otra variedad de sopa. Y que la salsa de chile pasilla nos acompañe en la camisa o en la falda hasta el final de los tiempos, amén.

Al mediodía los trabajos y las riñas se interrumpen; mal que bien, alguien nos dijo que nos ganamos un respiro. En medio del tráfico de madres que recogen a los niños de las escuelas –muchos niños comen en los coches, de camino a lo que les hayan inventado para llenarles la tarde– y la gente que mienta madres para regresar a comer a casa, por la calle transcurre un rato de pequeño asueto, una vacación limitada pero encantadora, como el gato que imita al tigre. En esa fiesta los taqueros son como el rey: desde los que parados en un tablón reparten la barbacoa o el chicharrón en platitos de plástico colorido, hasta los que ofician en los grandes fogones de las taquerías con mesas y agua de jamaica, tamarindo u horchata, pocas personas –quizá sólo los cantantes– concitan tales multitudes voluntarias a su alrededor. Nuestros taqueros (Dios los tenga en su santa gloria) son artistas, magos o maestros danzantes: aquel que en las esquinas reparte los tibios tacos de la canasta como un raro tesoro, o bien ése que en la parrilla pica, corta, combina y ensambla sus muchas creaciones, para no hablar del Houdini que hace que llueva el cilantro y se suspenda por un instante mágico el trocito de piña sobre el taco al pastor.

Es hora de comer, y mi barrio no parece esperar otra cosa que gente con hambre: un mole, un huauzontle, unas simples enchiladas, unos pescaditos del mercado, las portátiles tortas que todo contienen, por no hablar de tantos y tan delirantes helados. Salgo de la casa y hay gente comiendo en el restaurante de la esquina, con sus mesas que invaden la banqueta; los manteles blancos que las copas de vino mancharán y las carnes chisporroteantes sobre las tablas parecen decir: ¿cuál crisis?, más bien ¿cuándo vamos a comer al italiano? Es lo contrario de la cacería, de correr tras el animal y luego despellejarlo y destazarlo y cocinarlo lento o rápido en fogón propio; es, más bien, el colmo de la civilización: salir a estirar el plato, pago mediante, y un mesero, tarde o temprano, proveerá. Un mesero que es como todos nuestros deseos: alto, formal y bien vestido, y toma nota con rapidez pero sin confundir los platos, y sabe de qué lado debe servir qué cosa, y cuándo se termina la conversación y empieza la masticación. Incluso, pienso, los muchos maleantes que ahora pululan deberán descansar un minuto de pensar en perversidades para embucharse su sirloin o su arrachera en un restaurante norteño, rodeados de meseros temblorosos. Y hasta los malos de poca monta ingieren su sopa de coditos. También los políticos, según me han dicho, comen, y en buen restaurante: especialmente los señores diputados.

Rara es la realidad: las cosas que leemos, que sabemos que pasan, el dinero que no alcanza, los trabajos que no están o el miedo que todos sentimos, cada vez más. Pero da mucho miedo pensar en que esta fiesta del mediodía se desvanezca, pues sólo algo muy terrible podría interrumpirla y escondernos a todos en nuestras casas. Pero mientras, todavía cae maná de los edificios: es hora de comer en la calle.