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Domingo 28 de septiembre de 2008 Num: 708

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Hugo Gutiérrez Vega

ALLENDE Y LA DEMOCRACIA (III DE V)

En sus reflexiones sobre la visión de la universidad, el compañero presidente enfatizó el enorme privilegio y su correspondiente responsabilidad social de ser estudiante universitario en América Latina, fustigó a los que piensan que la universidad es una institución que otorga títulos que son como patentes de corso para enriquecerse a costa del pueblo que es el que sostiene a las universidades, y señaló su obligación de participar en las luchas populares desde la trinchera de la propia especialización.

Después de hacer un extenso análisis de la situación socioeconómica de los pueblos de América Latina, afirmó que “es lógico que tengan que surgir, desde el dolor y el sufrimiento de las masas, anhelos de alcanzar mejores niveles de vida, de existencia y de cultura”.

Fue luminosa su definición de imperialismo. En ella latían los espíritus de Marx, Engels y Rosa Luxemburgo. Así lo caracterizó: “Es la concentración del capital en los países industrializados que, alcanzando la fuerza del capital financiero, abandonan las inversiones en las metrópolis económicas para hacerlo en nuestros países.” De esa manera multiplican sus ganancias y amplían sus territorios de control (piensen ustedes que los bancos españoles ganan más en México que en la propia España, donde tienen sus limitaciones. En mi país navegan con la bandera pirata en el palo mayor y no hay poder civil o económico que ponga coto a sus tropelías).

Reconoció ante los estudiantes que, por razones de estrategia, pero también de convicciones democráticas, los cambios que se habían realizado o estaban fraguando en Chille se hacían dentro de los marcos de la democracia burguesa. De esta manera censuró los falsos radicalismos y el aventurerismo de algunos exaltados que, a la postre, se convierten en los culpables de los grandes fracasos históricos. Chile, en la época de Allende, era un país con una clara y precisa división de poderes. Los socialistas no tenían mayoría en el congreso y, por lo mismo, se veían obligados a negociar y renegociar sus proyectos; la cohesión interna de la Unidad Popular era más bien frágil y resultaba difícil reconciliar tantas ideas encontradas y tantos y tan distintos puntos de vista en materia de estrategia. Allende lo hizo: negoció, discutió, convenció a los partidos de la Unidad Popular y, justo es decirlo, tuvo a su lado fieles compañeros comunistas como Pablo Neruda y Volodia Teitelboim. Las discusiones con el mir fueron especialmente arduas y el presidente se vio obligado, en muchas ocasiones, a dar marcha atrás en algunos proyectos ante el peligro de que los pusieran en riesgo los exaltados. De todo esto se desprende (Chile tenía un código civil centenario) un desfase entre las instituciones del gobierno hechas por los sectores de la burguesía y el proyecto renovador del presidente y de sus jóvenes revolucionarios.

Afirmó que el análisis de las características históricas del pueblo chileno les indicaron que el único camino que podían tomar era el electoral y que el régimen tenía que circular por los caminos utópicos de la democracia. En una reunión celebrada con intelectuales y expertos en cuestiones políticas, Allende reafirmó su credo democrático y aseguró que lo defendería cualesquiera que fueran las consecuencias de sus actos. Por eso podemos llamarlo presidente constitucional perpetuo de Chile. Por eso el cambio cultural que provocó en algunas instituciones y personas de nuestra América ha fructificado en varios países de Sudamérica.

“La revolución no pasa por la universidad –dijo con claridad estremecedora–. Pasa por las grandes masas; la hacen los pueblos, la hacen, esencialmente, los trabajadores.” Toca a los universitarios apoyar las luchas populares y prepararse con rigor y entusiasmo para poder servir a la revolución triunfante. “Un técnico vale más que diez comunistas”, decía Lenin, siempre que el técnico sea también comunista.

Fue respetuoso de las otras posiciones revolucionarias y se lamentó de que no habían sido objeto de un análisis más riguroso, tanto el foquismo como la lucha guerrillera o el Ejército Popular. Esos análisis tienen que hacerse desde el estudio de las condiciones objetivas y de las idiosincrasias de los pueblos. “No hay recetas válidas para todos y se lo digo como médico que soy”, afirmó jovialmente. Reafirmó su amistad con Fidel Castro y su admiración por el Che Guevara (recordó la dedicatoria que le puso en un ejemplar de su libro Guerra de guerrillas: “Para Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo que nosotros”). Todas estas son maduras reflexiones de un hombre que se llamaba a sí mismo“aprendiz de marxismo”; pero que en la realidad era uno de los marxistas más rigurosos y flexibles de su tiempo histórico. Y digo flexible por que sólo las religiones impiden la circulación del pensamiento libre y la discusión de las ideas. El marxismo es un humanismo y, por lo tanto, cree en la libertad como el valor esencial de la persona humana. Este fue uno de los grandes cambios culturales logrados por el allendismo en América: frente a los anquilosados partidos que manejaban el marxismo como un catecismo de parroquia de aldea, levantó su idea de la diversidad de tácticas y, al margen de los resultados, sostuvo que en su país el camino era el de la democracia. Fue aparentemente derrotado por los militares golpistas, pero ahora los chilenos siguen votando por el socialismo, y el pensamiento de Allende conserva toda su frescura y su enorme fuerza dialéctica.

(Continuará)

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