DIRECTORA GENERAL: CARMEN LIRA SAADE
DIRECTOR FUNDADOR: CARLOS PAYAN VELVER
SUPLEMENTO MENSUAL  DIRECTOR: IVAN RESTREPO  
EDICIÓN: LAURA ANGULO   LUNES 29 DE SEPTIEMBRE DE 2008 
NUMERO ESPECIAL


Portada

Introducción

Conoce Naturalia y apoya la conservación
Paloma Sabau Riquer

ConservACCIÓN®: unión por nuestras especies en peligro
Óscar Moctezuma O.

La reserva para el jaguar del norte
Juan Carlos G. Bravo

En camino a lograr la conservación del jaguar
Carlos López


Correo electrónico:

cecodes@laneta.apc.org

  

El camino a lograr la conservación del jaguar

Carlos López
Biólogo investigador del jaguar
Universidad Autónoma de Querétaro
Correo electrónico: cats4mex@aol.com

El jaguar (Panthera onca) o “tigre”, como lo conoce la mayoría de la gente en el medio rural, es una de las más grandes y majestuosas especies de carnívoros presentes en nuestro país. Además de ser reconocido por la belleza de su pelaje manchado, ha sido siempre definido como una metáfora de poder y fuerza, identificado también por ser el “rey de las selvas” de este continente, pues, en efecto, su hábitat característico son las selvas de todo tipo.

El jaguar presentaba la distribución histórica más amplia para un felino en el continente americano, después del puma (Puma concolor), llegando a habitar en algún momento desde el sur de los Estados Unidos hasta el norte de Argentina. El hábitat que ocupó en Argentina era principalmente las selvas húmedas, aunque también se le veía en las pampas. En Estados Unidos se le encontraba asociado a bosques de encinos y matorral tropical. En México, encontrábamos jaguares distribuidos a lo largo de las costas, tanto del Pacífico como del Atlántico, fundamentalmente en tierras bajas tropicales. No obstante, a finales de los años ochenta, del siglo pasado, un artículo publicado por dos científicos estadounidenses nos decía que el jaguar ya solamente habitaba en Jalisco, Chiapas y la península de Yucatán, y que éste sería el último refugio para el jaguar a largo plazo. Siendo esta noticia una terrible sentencia para la supervivencia del jaguar, un par de eventos sucedidos en la década de los noventa, nos empujaron a pensar que no todo estaba perdido y que en el norte de México existían todavía poblaciones por las cuales valía la pena luchar para su conservación.

El primero fue a principios de la década, cuando se dio un registro de jaguar muy cerca de la ciudad de Monterrey. El segundo se dio más adelante, en 1996 cuando apareció un jaguar en las montañas del estado de Arizona, en los Estados Unidos. Este avistamiento se dio diez años después de la última vez que se le vio en este país, despertando el interés de nuestros vecinos del norte hacia la recuperación de esta especie e impulsando un estudio que llevamos a cabo a partir de 1998, para tratar de determinar dónde se encontraba la población de jaguares de la que provenía este ejemplar aparecido en Arizona. Lo más lógico fue pensar en el estado de Sonora.

En Sonora se pueden reconocer por lo menos cinco hábitats distintos: la selva baja caducifolia, el matorral tropical sinaloense, los bosques de encino, el desierto sonorense y los bosques de coníferas presentes en la Sierra Madre. Durante los primeros meses de investigación aquí, encontramos más de 114 registros de jaguares, principalmente en un radio de 80 km de la confluencia del río Aros, el Yaqui y el Bavispe, área utilizada por los cazadores en los años 30. Otros reportes y fotografías indicaban una población de jaguares en la sierra de Bacatete y en las sierras adyacentes de la tierra yaqui, hacia el suroeste de Sonora.

Pero a pesar de ser éstas muy buenas noticias, la situación de esta población única es precaria. Las causas y problemas de conservación que sufre esta especie se presentan no sólo por cuestiones biológicas, sino por causas antropogénicas.

El conflicto con los seres humanos, cuando lo que en realidad debería haber es una coexistencia, surge como resultado de un proceso histórico complicado que data de la época en que los españoles colonizan e incorporan ganado doméstico a nuestro país. Así, el centro de este conflicto es el consumo de ganado por el jaguar, provocando que estos pequeños grupos que aún sobreviven, sean sometidos a una gran persecución por parte de los ganaderos que ven amenazados sus intereses, al grado de poner en serio riesgo la única población reproductiva de jaguares del norte.

El hecho de que uno o dos jaguares consuman vacas y becerros se da por dos causas fundamentales: primero, la falta de presas naturales, principalmente el venado cola blanca (Odocoileus virginianus) y el pecarí de collar (Tayassu tajacu). Y segundo, aunque haya todavía buen número de ejemplares de estas presas, la ganadería le ha proporcionado a los depredadores grandes una nueva “presa”, ya que el proceso de domesticación al cual se ha sometido al ganado, que incluye una selección de ciertos individuos “mansos” para reproducción, ha hecho que pierdan las características que en algún momento las hacían salvajes para poder defenderse de los depredadores. Hoy, el ganado es más lento que las presas naturales, haciendo que sea más fácil su captura. Razones por la que nuestro ganado no responde muy bien al ataque de un depredador como el jaguar.

Es por esto que, sí por alguna razón el jaguar se enferma o sale herido como resultado de un ataque con rifle o escopeta, su capacidad de capturar presas naturales disminuye y aunque exista una gran cantidad de estas a su alcance, le es más fácil cazar ganado.

El precio de la depredación de ganado para un jaguar es generalmente la muerte. Los ganaderos cazan uno o más jaguares por pieza de ganado que haya caído, aunque la razón de la muerte de su vaca no haya sido el jaguar. Hemos registrado jaguares alimentándose de vacas que encontraron muertas, tomando ventaja de un recurso disponible; sin embargo, la percepción del ranchero es diferente, pero el costo para las poblaciones de jaguar es mucho más alto. Al ser animales cuyas densidades suelen ser bajas, de dos a ocho jaguares por 100 km2, dependiendo de la región, la pérdida de uno o más individuos puede tener un efecto en cascada que pudiera llevar a la extinción a esta población. Sobre todo, si se matan hembras reproductoras. Una población de jaguares no puede tolerar una explotación mayor al 15 por ciento de su tamaño.  Por ejemplo, si una población es de 20 individuos, la cacería de cuatro individuos tendría efectos catastróficos.

Una forma de reducir el conflicto entre ganaderos y jaguares es introducir alternativas al manejo del ganado: incrementar el número de adultos que conforman un hato ganadero (los toros se defienden mucho mejor), llevar a cabo el nacimiento de becerros a una sola temporada, confinar las vacas y becerros en áreas que no tengan cañones o riscos que favorecen la depredación de las crías, cercarlos y limitar su acceso.  Pero a la par deben tomarse otras acciones como incrementar el número de venados y jabalíes presentes en la región. Finalmente, crear santuarios en los cuales la influencia directa del ser humano sea mínima, ya que a pesar de ser una especie muy tolerantes al ser humano, nuestras actividades les afectan de manera determinante.

Cuando en el año 2000 escribí un texto para la revista Especies, publicación bimestral de la asociación civil Naturalia, pensaba que establecer un área designada para la protección del jaguar era “políticamente impráctico e imposible de poner en vigor”. Tampoco pensaba que sería factible crear un programa de compensación a los ganaderos, aunque sí creía que involucrar de manera creativa e innovadora a los comunidades de la zona podría hacer un cambio profundo en su modo de vida y contribuir así a la conservación de estamagnifica especie, tan amenazada en este territorio.

Hoy, gracias al esfuerzo de un importante grupo de personas, la Reserva para el Jaguar del Norte es una realidad en esta región y los resultados que se han obtenido en este poco tiempo nos dan ánimos y fuerza para seguir luchando por la conservación de este gran felino. Aquí, entre varios proyectos de educación y otros de compensación económica por pérdida de ganado, ya se llevó a cabo la remoción de ganado, y por ello el número de presas para el jaguar se ha incrementado, además de que la composición del ecosistema ya ha cambiado.

La presencia de jaguares nos habla de un ecosistema que goza de buena salud, al ser una especie que se encuentra en la cima de la cadena alimenticia y por ser un depredador tope, afecta la distribución y abundancia de sus presas, por lo que es responsable de cambios en los procesos que se llevan a cabo en estos ecosistemas. Una gran extensión de este ecosistema y tener muchos jaguares, automáticamente refleja un buen trabajo de conservación del área. Proteger al jaguar es proteger toda una cadena de especies que se relacionan entre sí.

Falta mucho por hacer, como determinar con más exactitud las áreas donde habita el jaguar y crear corredores que las comuniquen con la reserva para conectar pequeñas poblaciones entre sí y propiciar así su crecimiento. Recientemente, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas ha lanzado una iniciativa nacional para tener una mejor aproximación sobre cuántos jaguares tenemos en México. El trabajo es abundante y el apoyo que campañas como ConservACCIÓN® brindan, es fundamental para seguir adelante.

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