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Carlos Fernández-Vega
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■ “Especulaciones malévolas” hechas realidad

■ La historia se repite

Ampliar la imagen Efervescencia en el piso de remates de la bolsa de Nueva York el pasado viernes, cuando el mercado cerró con valores mixtos, ante la incertidumbre por el paquete de rescate financiero Efervescencia en el piso de remates de la bolsa de Nueva York el pasado viernes, cuando el mercado cerró con valores mixtos, ante la incertidumbre por el paquete de rescate financiero Foto: Reuters

Casi ocho décadas atrás, los histéricos usuarios de los servicios financieros y bursátiles de Wall Street recordaban la advertencia que 19 años antes había hecho Mark Twain: “Octubre es uno de los meses particularmente peligrosos para especular en bolsa; los otros son julio, enero, septiembre, abril, noviembre, mayo, marzo, junio, diciembre, agosto y febrero”.

La historia se repite. Días antes de reconocer el quebranto que todos conocían y padecían de tiempo atrás, el inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush –y a coro el candidato republicano John McCain– se ufanaba de que la economía estadunidense “está fuerte” y “sólida en el largo plazo”. Poco después, la bancarrota de Lehman Brothers lo hizo decir que esa misma economía “pasa por un momento difícil”, pero “no es la primera vez que tenemos que hacer frente a un desafío”. Horas más tarde, encendía todas las alarmas, y sin decoro gritaba a los cuatro vientos que “la economía está en grave peligro”.

En lugar de corregir a tiempo, de frenar la voracidad del mundillo financiero-especulativo, de imponer regulaciones para evitar mayores consecuencias, el texano cometió el mismo error que el también republicano Herbert Hoover, presidente estadunidense en tiempos del crac de finales de los años 20, quien aseguraba que la sacudida no era más que una “crisis pasajera”. El 25 de octubre de 1929 este personaje presumía que “la economía del país se encuentra sobre unas firmes y prósperas bases”. Cuatro días después, Wall Street se desmoronó, al tiempo que se desataba la mayor debacle económico-financiera de la historia de Estados Unidos (hasta ese momento) y, por ende, del “mundo libre”, desplumando a millones de pequeños y medianos inversionistas, provocando el desempleo masivo y dando el banderazo de salida a la Gran Depresión de los años 30.

Para México, el costo de la Gran Depresión se tradujo en la pérdida acumulada (1929-1932) de 25 por ciento de su producto interno bruto (más de la mitad sólo en 1932), una devaluación del peso cercana a 52 por ciento, el desplome de los ingresos fiscales y la caída de las reservas internacionales en 30 por ciento. La llegada de Franklin D. Roosevelt y su new deal a la Presidencia de Estados Unidos le dio un giro a la situación, producto de la creciente intervención del Estado, una línea que se reforzó en México, cuya economía creció 11 por ciento en 1933, y no dejó de hacerlo a lo largo de los siguiente 49 años, es decir, hasta que llegó la tecnocracia neoliberal y su privatización a ultranza, la misma fuente en la que abreva George W. Bush y que ha estimulado el nuevo crac.

En sólo ocho años la “era Bush” (junior) acumula dos recesiones, el estallido de la crisis de las llamadas empresas tecnológicas, los escándalos bursátiles, financieros y contables de las grandes trasnacionales estadunidenses (entre ellas Enron, Halliburton y Harken Energy), el desvalijamiento de los pequeños y medianos inversionistas, los grotescos beneficios fiscales y de desregulación para bancos y demás integrantes del sistema financiera de aquel país, el deterioro de su moneda, el incontrolable avance del déficit, el costo de la invasión a Irak, el “rescate” y sus 700 mil millones de dólares y, en fin, el nuevo crac económico-financiero de Estados Unidos, que arrastra al “mundo libre”. En pocas palabras, el resumen de ocho años perdidos.

A su lado, el Fondo Monetario Internacional, el cual a lo largo de casi tres décadas presionó, condicionó, chantajeó, impuso “la apertura total” –especialmente la del sistema financiero– a los países subdesarrollados (México, como laboratorio, a la cabeza de ellos y sin importarle el vergonzoso costo social implícito en sus “propuestas”), le da un giro de 180 grados a sus “históricas recomendaciones” para concluir que “el mercado no sana al mercado” y exigir el “control estricto de los mercados financieros… reglamentar las instituciones y los mercados financieros”, auto proponiéndose como el organismo “idóneo” para hacerlo, pues “nos enfrentamos a la anarquía financiera, la opacidad, la codicia, la irresponsabilidad de un sistema que se desarrolla sin relación con la economía real... Las finanzas deben ser controladas”. Es decir, combate lo que él mismo “estimuló” a lo largo de los últimos años.

Mientras este lunes reinician las hostilidades en los mercados financieros, tras un fin de semana de locura, van algunos pasajes del libro El día en que se hundió la bolsa (Gordon Thomas y Max Morgan Witts; editorial Plaza y Janés; 1983) para ir midiendo el agua: “por lo menos un millón de estadunidenses –algunos elevarían la cifra a 3 millones, entre 12 y 33 por ciento de los inversionistas de la época– resultaron inmediata y directamente afectados por el crac. Pero en algunos aspectos la consecuencia más trágica y duradera fue la total pérdida de confianza... Se estimó más tarde que en las cinco horas en que el mercado había enloquecido el 29 de octubre de 1929, se había desvanecido en el aire casi tanto dinero como el que Estados Unidos había gastado en la Primera Guerra Mundial.

“El número de suicidios creció tras el crac... El obispo de Nueva York, John Dunn, se hallaba en un dilema: La Iglesia católica insistía en que los suicidas no podían recibir sepultura en tierra sagrada, a menos que existieran especiales circunstancias atenuantes. El obispo las encontró: decidió que –los suicidas– se habían quitado la vida en un estado de aberración mental causada por sus pérdidas en Wall Street... Gran parte de la pérdida representaba dinero que la gente corriente había gastado ya como ingreso durante los vertiginosos días de alza... El día que se hundió la bolsa el país estaba salpicado de casas compradas a plazos, de automóviles comprados a crédito, de ropa, joyas, vacaciones, artículos de lujo de todas clases adquiridos con la promesa de pagar en el futuro, a menudo cuando llegasen los beneficios de las inversiones. Ahora, para demasiadas personas, el dinero no llegaría jamás... Aún así, el día siguiente al mayor desastre financiero de la historia, hombres y mujeres tomaron todavía lo que en muchos casos eran sus últimos dólares y corrieron en busca de un agente de bolsa, impulsados por la esperanza de que las acciones se recuperasen... el mercado continuó desplomándose hasta que llegó a su nadir el 13 de diciembre de 1929...”

Las rebanadas del pastel

En 1977, los autores del libro referido preguntaron a John Kenneth Galbraith sobre las posibilidades de que el crac de 1929 se repitiera: “creo –respondió– que muchas de las lecciones corren el riesgo de ser olvidadas o, aunque no se olviden jamás, el hombre puede ser incapaz de emprender acciones correctoras en el presente para evitar un desastre financiero en el futuro”. Los “profesionales” de Wall Street tildaron de “especulación malévola cualquier insinuación de otro gran crac: Tenemos fe en Estados Unidos”.

 
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