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Economía Moral

Julio Boltvinik
jbolt@colmex.mx

■ Recuerdos del movimiento estudiantil de 1968/ III

■ La experiencia de la cárcel y el valor de la libertad

Ampliar la imagen Asistentes a la conmemoración del 40 aniversario de la matanza de estudiantes, en la Plaza de las Tres Culturas Asistentes a la conmemoración del 40 aniversario de la matanza de estudiantes, en la Plaza de las Tres Culturas Foto: Carlos Cisneros

La tarde y noche de la matanza de Tlatelolco algunos se salvaron de la muerte porque en la ruleta rusa de la balacera cruzada y de las bayonetas al acecho (el Estado Mayor Presidencial disparando al Ejército para exacerbar su furia y atacase con fuerza a la multitud) no les tocó. Otros, como Cervantes Cabeza de Vaca y yo, nos salvamos porque ya estábamos presos. Yo estaba en la crujía M de Lecumberri. Cuando llegamos ahí había sólo dos presos, dos venezolanos asaltabancos que fueron muy amables con nosotros. Yo compartía la celda con dos presos más jóvenes que yo: con El Chihuahua que venía de dicho estado, y un estudiante de una vocacional del Poli. Era mi primera experiencia carcelaria y sigue siendo la única.

Estar encarcelado puede ser una experiencia terrible pero puede tener, cuando la compañía es adecuada, su lado luminoso. Como dice Cabeza de Vaca: “Con casi tres años en esas circunstancias sí era un ambiente que hicimos bueno. No era bueno, lo hicimos bueno a fuerza…nada más por afinidades se hacen grupos adentro de la cárcel. Se sigue escribiendo, pintando, leyendo, discutiendo.” (Memorial del 68, UNAM-GDF, 2007, p.157). Los de la M, en la cual el huésped más distinguido era Eli de Gortari, íbamos al campo deportivo una vez al día, un par de veces a la semana podíamos ir al baño de vapor. La familia o los amigos nos llevaban comida todos los días y así nos liberábamos de la terrible comida de Lecumberri (lo único bueno eran los deliciosos, y muy frescos, bolillos que hacían los presos). Juntábamos la comida de varios y hacíamos una especie de buffet. Comíamos de más y engordábamos.

Leíamos varios periódicos al día, sobre todo el Excélsior. Jugábamos ajedrez, pero lo mejor eran las conferencias sobre historia de México de Eli de Gortari. Yo sabía que era un filósofo muy destacado, experto en lógica dialéctica, pero no sabía que fuese también un experto en historia de México. Lo escuchábamos atónitos, en un silencio impresionante. Más tarde llegaría a esa crujía José Revueltas, quien fue apresado en noviembre cuando yo ya había sido liberado. Hubiese sido una gran oportunidad para continuar aprendiendo de él. Durante el movimiento había conocido a Manuel (El Pelón) Aguilar Mora. Con él fui un par de veces a una oficina en CU a conversar largamente con José Revueltas. Fue una experiencia inolvidable. Revueltas y El Pelón discutían de la circunstancia política del momento a un nivel que yo ni siquiera sabía que fuera posible, y me dieron documentos muy densos al respecto.

En Lecumberri casi no leí, salvo periódicos y revistas. La familia y los pocos amigos y amigas que nos visitaban, tenían miedo de llevarnos libros muy políticos, especialmente de marxismo. Una amiga me llevó El Quijote, del cual no leí una sola página. Al llegar los periódicos en la mañana se leían en voz alta las notas principales. Hablábamos sobre el movimiento buena parte del día. En la sala de defensores teníamos visita casi todos los días. Estando en Lecumberri me sorprendió la existencia en las cárceles mexicanas de la visita conyugal (agudo contraste para alguien que, como yo, devoraba películas de todo tipo y le encantaban las de cárceles, casi todas de Hollywood, en las que había aprendido que en ellas la abstención, la masturbación o la homosexualidad eran las únicas opciones para los presos). La visita conyugal, además, era muy liberal: la mujer que visitaba no tenía que demostrar ser esposa del preso. Me entero ahora, sin embargo, que las compañeras presas en Santa Marta Acatitla no tenían este derecho ni estaban en crujías reservadas para presas políticas (declaraciones de Nacha en Memorial del 68, p. 159). Me entero también, por declaraciones de mi amiga Teresa Juárez de Castillo a Memorial del 68, que el gran luchador y destacado científico Heberto Castillo, liberado bajo fianza en mayo de 1971, nunca fue a firmar al juzgado. Y pensar que yo fui durante más de dos años y medio, todos los lunes, a firmar a los juzgados federales que estaban en Bucareli. ¡Lo que es el miedo de volver a perder la libertad!

El 3 de octubre (jueves) nos enteramos de la matanza por los periódicos (nadie de la crujía tenía televisión ni radio). Fue un cubetazo de agua fría. No podíamos creer que hubieran disparado contra la multitud y, desde luego, sabíamos que eran mentiras oficiales las versiones que atribuían a los estudiantes los primeros disparos. Fue una angustia espantosa la que vivimos en los siguientes días, sin saber quién estaba muerto, quién desaparecido, y si el movimiento podría continuar. En esos momentos el aislamiento de la cárcel fue durísimo.

A lo largo de los 40 días que pasé en Lecumberri, la pregunta más angustiante, que aparecía cuando me quedaba solo o con mis compañeros de celda, era cuánto tiempo íbamos a estar presos. Mi auto de formal prisión, como el de todos, era por muchos delitos, lo que hacía pensar en muchos años de cárcel. La idea de envejecer ahí era terrorífica. Como dice Antonio Pérez Sánchez: “Podías estar vacilando todo el día y albureando y haciéndole bromas a los vecinos y compañeros, pero llegaba un momento en que te quedabas solo y decías ya tengo un año aquí, ¿cuánto nos falta? Entonces te deprimías, era lo que se conoce como el carcelazo”. Fausto Trejo, uno de los profesores más queridos del 68, lo explica así: “El carcelazo es, ni más ni menos, cuando los domingos somos visitados por nuestra familia: comer con ellos, el apapacho, el intercambio, y ya que se van se siente aquí el golpe. ¿Cuál es la sensación? Pues aquello que es el origen, la fuente más tremenda de la ansiedad, de la angustia: la soledad”. (Memorial del 68, pp. 160-161).

Como dice Luis Hernández Navarro: “Se equivocan quienes se despiden ya del 68. Los 40 años del 68 son campo de batalla en contra del autoritarismo y momento de celebrar su victoria cultural” (La Jornada, Suplemento Especial 1968-2008, 02/10/08, p. 15). Dos de octubre no se olvida. Tampoco los 131 días que duró el movimiento estudiantil y que “conmovieron a México”.

 
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