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■ Como el 31 de julio de 1968, la bandera se izó a media asta en el campus

La explanada de rectoría se llamará Javier Barros Sierra

■ Ante su viuda y sus dos hijos resurgió la “v” de la victoria del movimiento

Blanche Petrich

El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro, izó la Bandera Nacional a media asta en la explanada de la torre de la rectoría, en Ciudad Universitaria, y, por un decreto anunció que a partir de hoy este espacio se denominará Javier Barros Sierra.

Un sol amarillo que apenas se elevaba por encima de la torre de Humanidades, en el otro extremo de las islas, y su extraordinario entorno arquitectónico, fue testigo de la breve e intensa ceremonia. Entre el pequeño grupo de académicos, funcionarios y estudiantes, los sesentayocheros ahí reunidos volvieron a levantar la “v” de la victoria. La viuda del ingeniero Barros Sierra –quien fue rector entre 1966 y 1970, y ha sido uno de los directivos más respetados de la máxima casa de estudios–, María Cristina Valero, se apoyaba en sus hijos Cristina y Javier.

Así comenzaba, temprano, la larga jornada de conmemoraciones. De varias formas, el rector Narro decidió reivindicar a su antecesor de los años 60. Una, sutil, fue la de colocar a media asta la bandera, por primera vez en 40 años, en memoria de los caídos del 68. Así, la vieja astabandera de la explanada volvió a expresarse. Antes de Narro había sido precisamente Barros Sierra quien hizo ese movimiento que, en el lenguaje de las banderas, significa duelo.

La toma de decisión

A finales de julio, en 1968, varias preparatorias de la UNAM y vocacionales del IPN habían sufrido los ataques de los militares. Decenas de estudiantes estaban presos. Los llamados del rector a anteponer la razón al uso de la fuerza no eran escuchados por el gobierno. El 31 de julio se plantó frente a un mitin estudiantil, declaró que la autonomía universitaria nunca había estado tan seriamente amenazada y arrió la bandera a la mitad de su mástil. Ahí mismo anunció que, “si fuera necesario”, encabezaría la siguiente marcha.

Era un paso irreversible. El rector tomaba partido por el movimiento estudiantil. Y al día siguiente salió a las calles en un recorrido de cuatro horas desde Ciudad Universitaria hasta la avenida Félix Cuevas, codo a codo con centenares de maestros y alumnos, no sólo de la UNAM, sino del Instituto Politécnico y otros planteles.

Al día siguiente, María Luisa Mendoza, en su columna La O por lo redondo, que publicaba El Día, saludaba el gesto “de la dignidad del nieto de Justo Sierra; los estudiantes de México hablando al espíritu”.

La preocupación de Barros Sierra era evitar que la UNAM se convirtiera en un “campo abierto de luchas entre fracciones”. Y por eso reconoció como un avance el discurso de Gustavo Díaz Ordaz de “la mano extendida”, y pidió a los estudiantes el “retorno a la normalidad”, aunque reconocía que los problemas no estaban resueltos.

La “mano” que ofrecía el presidente se tradujo el 18 de septiembre en la ocupación del Ejército, con tanques y tropas, de Ciudad Universitaria, a las 10:30 de la noche. Cientos, entre estudiantes, maestros, trabajadores y padres de familia, fueron detenidos. Ahí aparecen nuevamente el mástil y la bandera de la explanada en las crónicas periodísticas. Los soldados la volvieron a elevar en posición alta. Los detenidos, tendidos en el suelo, se pusieron de pie para entonar el Himno Nacional. Al concluir, fueron obligados nuevamente a acostarse en el piso. Al amanecer se los llevarían presos.

Javier Barros Sierra no escatimó los términos de su condena, a contracorriente de un medio político en el que no cesaban los elogios al presidente: “Un acto excesivo de fuerza que la Universidad Nacional no merecía”, dijo. El 22 de septiembre renunció con una postura que dejó mudo al poder: “Los problemas de la juventud sólo se podrán resolver por la vía de la educación, jamás por la fuerza”.

El Consejo Universitario rechazó su renuncia. Barros Sierra reconsideró y volvió a su despacho en el piso seis de la rectoría, con otra carta en la que anunciaba que se proponía dos metas: el retiro del Ejército y la reconstrucción de la UNAM. Y sí, el 30 de septiembre el general José Hernández Toledo hizo entrega de la Ciudad Universitaria a sus autoridades. Sólo para marchar, dos días después por la tarde, sobre la concentración estudiantil de Tlatelolco.

Quizá como una reivindicación de las palabras, los gestos y los actos de esos días, que hoy son legado, José Narro puso ayer la bandera a media asta, sin un discurso de por medio.

Apenas concluida esta ceremonia, el rector y su comitiva se dirigieron al Palacio Legislativo, donde los diputados habían organizado otra ceremonia. Ahí, sentado entre los coordinadores del PRI –que aún defiende al ex presidente Luis Echeverría, principal imputable vivo de la matanza–, del PAN, que no supo oponerse a la represión, y del PRD, donde militan varios antiguos líderes estudiantiles, presenció un concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM.

El programa musical –todo latinoamericano– también contenía, sin duda, un mensaje tácito del rector a los legisladores que están a punto de resolver cuestiones vitales sobre el presupuesto: “La UNAM, señores, es nuestro tesoro cultural”’. Todavía.

 
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