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■ Estudiantes alertaron sobre su presencia una semana antes

Provocadores infiltrados causan desmanes en marcha al Zócalo

Emir Olivares, Jaime Whaley, Mariana Norandi y Gustavo Castillo

Ampliar la imagen En el Zócalo, el relevo generacional En el Zócalo, el relevo generacional Foto: Jesús Villaseca

Ampliar la imagen Muestra solidaria, sobre el Paseo de la Reforma Muestra solidaria, sobre el Paseo de la Reforma Foto: José Carlo González

Jóvenes con el rostro cubierto con paliacates o máscaras antigás, con estrafalarios peinados o a rape, vestimenta oscura raída y botas de cuero estilo militar, aprovecharon la conmemoración de la matanza del 2 de octubre para causar desmanes en el Centro Histórico de la ciudad de México; rompieron vitrinas, destruyeron teléfonos públicos, realizaron pintas, saquearon comercios y agredieron a transeúntes, policías y representantes de medios de comunicación.

Semanas antes de la marcha, diferentes colectivos estudiantiles alertaron sobre la posible presencia de “porros y provocadores” en la manifestación anual, lo cual se dio; no es la primera vez, pues en años anteriores se han presentado hechos similares propiciados por la incursión de estos grupos.

La primera agresión se dio justo en el Centro Joyero de la avenida Madero, entre Isabel la Católica y Palma. Ahí, un numeroso grupo de jóvenes que cubrían sus rostros con paliacates rojos con la leyenda “2 de octubre no se olvida”, se infiltró en el contingente que marchó de Tlatelolco al Zócalo. Comenzaron a patear cortinas de los locales, rompieron vidrios y saquearon varias joyerías.

Se infiltran grupos porriles

Los contingentes estudiantiles que se percataron de los hechos los identificaron como “provocadores” e “integrantes de grupos porriles” del Instituto Politécnico Nacional, del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Vallejo, de la Escuela Nacional Preparatoria 9, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la organización Anarcos, esta última ligada más a grupos de choque que a jóvenes de la tribu urbana anarcopunk.

Con los ánimos caldeados, los agresores colocaron debajo de un teléfono público un cohetón de vara que lo hizo volar, le prendieron fuego y lo arrojaron contra la vidriera de una sucursal del banco Santander; además, destruyeron los cristales de una sucursal aledaña de Bancomer.

Arremetieron también contra camarógrafos y reporteros que seguían los hechos. Ante el caos, decenas de jóvenes corrieron a resguardarse, mientras los porros hacían pintas con aerosol.

Los granaderos se movilizaron para proteger ambos costados de Madero, lo cual causó desconcierto entre quienes participaban en forma pacífica, lo que ocasionó que se detuviera la marcha.

Ante la llegada de más elementos de seguridad, los agresores se dieron a la fuga, sin que nadie los siguiera.

Estos hechos propiciaron que los contingentes que venían detrás “cerraran filas”. Quienes los encabezaban pidieron no caer en provocaciones y que se formaran cadenas humanas para no dejar “ingresar a nadie extraño”.

Debido a esa acción no se presentaron incidentes durante 20 minutos. Sin embargo, desde lo alto de uno de los viejos edificios, entre la Plaza de la Constitución y Palma, alguien arrojó cubetadas de agua contra los manifestantes, lo cual fue pretexto para el inicio de una segunda escaramuza, que obligó a que los granaderos bloquearan el ingreso al Zócalo sobre la calle de Palma.

Al verse cercados, los “provocadores” agredieron a los elementos de seguridad. Otra vez salieron a relucir palos, cadenas, cohetones, piedras y boxers. Los policías se vieron sorprendidos ante la respuesta de los jóvenes, al grado que un uniformado trastabilló al bajar la banqueta y por no soltar su escudo cayó, lo que posibilitó que fuese pateado.

Mientras el mitin se celebraba frente a Palacio Nacional, y los contingentes terminaban de ingresar al Zócalo, policías vestidos de civil, conocidos como “indicadores”, detuvieron en la desembocadura de 20 de Noviembre a dos jóvenes que iban en el contingente de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN, y a punta de golpes los subieron a un vehículo Stratus gris sin placas.

A raíz de la detención, centenares de manifestantes exigieron a gritos “¡suéltenlos, suéltenlos!” y rodearon a los “indicadores” para forzar la liberación de sus compañeros.

Entonces los anarcos llamaron a la gente a agredir a los policías. Éstos respondieron, lo que provocó otro choque. Al ver este nuevo conato en la plancha del Zócalo, los contingentes formaron una cadena humana para impedir la infiltración de algún provocador.

Tras varios escarceos, los policías abrieron paso y permitieron el avance de los jóvenes hacia el Zócalo. Cuando muchos de ellos pasaban al lado del edificio del antiguo Palacio del Ayuntamiento, volvieron a arremeter contra los uniformados que resguardaban el lugar.

Ahí se dio el colofón de los ataques que duraron más de media hora. El contingente de granaderos fue insuficiente para contener a los agresores. Un hombre vestido de negro incitaba con un altavoz a la agresión: “Ellos son el enemigo, anarquía, hay que aplastarlos”. Funcionarios del GDF y colectivos estudiantiles señalaron que quienes iniciaron la gresca fueron integrantes de la Federación de Estudiantes de Naucalpan, agrupación porril del CCH Naucalpan y la Facultad de Estudios Superiores de Acatlán.

La zacapela duró varios minutos. Los policías formaron un doble escudo que fue insuficiente ante la cantidad de agresores. “Somos más, somos más”, gritaban antes de arremeter contra los uniformados.

Al verse superados en número, los policías fueron reforzados por otro contingente de elementos de a pie desarmados, quienes se sujetaron de los brazos y lograron contener a los agresores.

Cuando fueron reforzados, los granaderos corrieron tras algunos de los agresores, quienes emprendieron la huída por 16 de Septiembre y la plancha del Zócalo.

Los ánimos decrecieron cuando los jóvenes ya no vieron a los uniformados, que se replegaron sobre 20 de Noviembre y en los portales del edificio del gobierno capitalino.

Las autoridades informaron que fueron detenidas 20 personas, entre ellas 11 menores.

 
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