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Los flujos de capital foráneo, ¿parte del problema?

Ampliar la imagen Difícil cierre durante los días recientes en la bolsa de valores de Sao Paulo, Brasil Difícil cierre durante los días recientes en la bolsa de valores de Sao Paulo, Brasil Foto: Ap

“Gracias a Dios –comentó hace unos meses un ministro latinoamericano de finanzas–, al menos esta vez no es culpa nuestra.”

Puede que el derrumbe del sistema financiero estadunidense parezca muy distinto de las crisis de mercados emergentes que abrumaron a Tailandia en 1997 o Rusia en 1998. En esta ocasión no ha habido colapso monetario ni paralización del gobierno, y en aquel tiempo no hubo obligaciones de deuda colateralizada ni swaps de créditos impagos.

Sin embargo, el funcionario tenía razón en ver paralelismo entre la crisis en EU y los episodios en mercados emergentes. En todos ellos, enormes flujos de capital financiaron grandes déficit de cuenta corriente. Las naciones afligidas vieron cómo la especulación con la vivienda, las burbujas de activos y los préstamos baratos fueron seguidos por una escasez de crédito y la intervención del sistema financiero. Y el colapso de Wall Street plantea las mismas preguntas que la crisis de hace una década: ¿cuáles serán los efectos directos en los mercados emergentes? Si las economías más ricas son vulnerables a la turbulencia financiera global, ¿no deben los países en desarrollo tratar de aislarse de ella?

Dos documentos recientes arrojan luz sobre estas cuestiones. Concluyen que, si bien la globalización financiera tiene altos costos, se pueden reducir, y elevar las ganancias potenciales, mediante una mejor política. Dan a entender que la globalización financiera no se debe ver como algo malo, sino en gran medida como lo contrario.

La mayoría de los mercados emergentes ven su capacidad de atraer capital extranjero como prueba de buena administración. Desde este punto de vista, debe ser una bendición que los flujos de capital privado hacia los países en desarrollo se hayan elevado, según el Banco Mundial, a un billón de dólares en 2007, la cifra más alta de la historia. Sin embargo, si el estudio de Carmen y Vincent Reinhart sirve de orientación, no debe ser causa para celebrar.

Con base en la experiencia de 181 países a partir de 1980, los autores calculan que los países de ingresos medianos y bajos tenían más o menos 20% de probabilidades de sufrir una crisis bancaria y 30% de tener una crisis monetaria, un incumplimiento de deuda externa o un salto inflacionario (a más de 20% anual) si en los tres años anteriores experimentaron lo que los autores llaman una “bonanza de flujo de capital”. (Definen esa bonanza como un viraje poco común de la cuenta corriente hacia el rojo que se usa como un poder para atraer flujos de capital, puesto que las cuentas de capital y corriente se espejean entre sí.) Parecen momios poco envidiables.

Los autores señalan que tal vez también los países que no fueron inundados de dinero habrían sufrido desastres. Resultó cierto, pero las probabilidades eran un poco más bajas: entre 14 y 24% en los países que no atrajeron tantos dólares. En otras palabras, un flujo de capital externo, si bien financia infraestructura pública e inversión empresarial, también se asocia a deudas impagas, inflación y crisis monetarias.

Los autores se enfocan en el nivel de los flujos de capital, más que en su composición. Presumiblemente, países que atraen más inversión extranjera directa sufren menos que los que tienen mayor cantidad de inversión volátil en cartera o préstamos bancarios a corto plazo. Pero en general, la mayoría de los países que absorben capital extranjero muestran los signos clásicos de una burbuja económica. Usando un subconjunto de 66 naciones de las que hay cifras más detalladas, los autores muestran que los precios de acciones se elevaron más de 10% en términos reales en los dos años anteriores a lo que llaman bonanza, luego cayeron sin pausa durante cuatro años y terminaron por debajo de donde estaban. Los precios de la vivienda subieron más de 15% en términos reales durante cuatro años en la bonanza… antes de retroceder.

Entonces, ¿por qué buscar capital foráneo si su impacto es tan maligno? La respuesta es que el problema no radica tanto en el monto de la inversión como en su volatilidad, y en especial su tendencia a evaporarse. Por eso el clima actual es preocupante. Mansoor Dailami, gerente de financiamiento internacional del Banco Mundial, señala que los flujos privados a los mercados emergentes pueden caer de un billón a sólo 800-850 mil millones de dólares este año. Esto puede resultar particularmente problemático a causa de otra diferencia entre esta crisis y la asiática: en 1997-98, la mayor parte de la deuda era soberana. Ahora, gran parte es corporativa, tomada por empresas de India, China y otras de mercados emergentes. Eso implica que una restricción global del crédito podría tener en los mercados emergentes un impacto tan grande como el de una disminución de la demanda de importaciones en el mundo rico.

Los críticos de la globalización financiera sostienen que estos problemas son tan grandes que los mercados emergentes deberían aislarse mediante controles. Muchos lo han hecho. Sin embargo, aun haciendo a un lado las dudas sobre la conveniencia de tal medida (es difícil creer que el crecimiento de India o Brasil hubiese alcanzado los niveles actuales sin capital foráneo), los estudios plantean preguntas respecto de si los controles al capital son la respuesta correcta.

El segundo estudio indica que las “paradas súbitas” de los flujos de capital tienden a ser como una “U” invertida: los países más pobres son los menos vulnerables a las sacudidas financieras globales, y los países de mediano ingreso son los más. Sin embargo, conforme se vuelven más integrados a las finanzas globales, su vulnerabilidad tiende a reducirse de nuevo, lo cual continúa siendo cierto pese a la crisis en EU.

Fuente: EIU

Traducción de texto: Jorge Anaya

 
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