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Sergio Ramírez
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Una película de horror

Después de asistir en Monterrey a la entrega de los premios de la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez, salgo de México bajo la impresión de que ha estallado una guerra que deja ya, sólo en lo que va de este año, más de 3 mil muertos. Una guerra en la que se valen batallas campales entre el Ejército y bandas de narcotraficantes, pasadas de cuenta a bala viva entre sicarios de las propias bandas en disputa por el control de los territorios de la droga, asesinatos de alcaldes, ediles municipales, jefes locales de policía, procuradores y fiscales, periodistas, y de por medio, secuestros de empresarios de todo tamaño, o de sus familiares, para cobrar rescates, esto último una industria a veces independiente, y otras ligada a los cárteles de la droga, y aún a las propias estructuras de la policía, infiltrada, a su vez, por los cárteles.

Una guerra de varias bandas, a varias bandas, en la que los ciudadanos se sienten atrapados, víctimas también de asaltos en sus hogares y en plena calle. Salir por la mañana al trabajo, o para divertirse los fines de semana, se convierte en una verdadera aventura. La calle da miedo. Y lo peor es la indefensión ante la propia autoridad policial, que también secuestra, extorsiona y mata.

El horror diario alcanza las páginas de los periódicos que ante la abundancia de hechos no pueden sino resumirlos. Doce personas decapitadas en Mérida, capital del estado de Yucatán; tres de los presuntos autores fueron capturados en las cercanías de Cancún, en poder de las hachas con que habían cercenado las cabezas de sus víctimas. Se mata por rivalidades entre bandas, por venganzas organizadas, por advertencia. No pocas veces, junto a los cuerpos mutilados, o junto a las cabezas, hay mensajes para las autoridades locales y para la policía.

En Durango, las cabezas de dos mujeres fueron dejadas a pocos metros de las oficinas de la procuraduría. En Nogales apareció otra cabeza en una hielera, y otra en una bolsa de basura, al lado una nota escrita con amenazas. Y las advertencias se expresan también en las llamadas narcomantas, que amanecen colgadas de los puentes viales, en las que los traficantes denuncian la complicidad de las autoridades con determinadas bandas.

Cuando no decapitados, los cadáveres aparecen maniatados, con bolsas plásticas en la cabeza, señales de tortura y el tiro de gracia en la nuca. El alcalde de Cacahoatán, en el estado de Chiapas, denuncia el asesinato de su hermana de 28 años, con cinco meses de embarazo. Se trata de pasadas de cuenta, o de víctimas de secuestros por extorsión, se haya pagado o no el rescate. Doña Pilar Zacarías, de Tabasco, enseña la foto de su hijo Bienvenido, al que nunca le devolvieron pese a haber entregado el dinero exigido. En una manta se lee: “Tabasco secuestrado”. Sólo en Villahermosa, la capital del estado, han sido denunciados 45 secuestros este año.

Muchos niños van desapareciendo de las aulas porque sus padres tienen que emigrar. “Está pasando un fenómeno gravísimo”, dice un tabasqueño. “La migración no está siendo solamente por la pobreza. Se han marchado muchos por pobres, y muchos más se están yendo porque lograron, a partir de un esfuerzo, tener un pequeño capital”.

De esta manera, son candidatos al secuestro desde el dueño de una finca lechera o de una plantación de plátanos, al de un restaurante o una distribuidora de productos básicos, lo mismo que el de una planta industrial. Todo el que pueda pagar. La familia del ganadero Cenobio Argaiz Zurita vendió casas, fincas, autos, para poder pagar el rescate, pero de todos modos su cadáver fue hallado lejos de Tabasco, en un paraje desolado de Palenque, en el estado de Chiapas. En la ciudad de Oaxaca, los secuestros suman cerca de 50, aunque hay muchos que los familiares no denuncian por miedo.

La gota que ha derramado el vaso, y que ha hecho a la gente salir a las calles por millares en decenas de ciudades, es el asesinato en la ciudad de México de Fernando Martí, hijo del empresario Alejandro Martí, secuestrado y ejecutado por miembros de la propia Policía Judicial del Distrito Federal. El padre, que había pagado el rescate exigido, se decidió a señalar a los hechores, y el país se puso detrás de él, clamando en contra de la indefensión.

Ese día, el vehículo blindado que traía al muchacho de la escuela se acercaba al estadio de la Ciudad Universitaria, en busca del Periférico Sur, cuando un retén de unos 15 hombres, todos con armas largas y chalecos antibalas, lo detuvo bajo pretexto de una revisión. Se trataba de policías organizados en la Banda de la Flor, que se distingue porque asfixia a sus víctimas con bolsas de plástico y deja un crisantemo sobre sus cadáveres.

Una frase de Alejandro Martí, visto ahora como un héroe, se convirtió en el lema de las marchas: “si no pueden, que renuncien”. Y una de las mantas portadas por los manifestantes, le puso un corolario: “no hacer nada, también es corrupción”.

La guerra parece lejos de tener fin. El amigo colombiano con el que comento mis impresiones de este paso mío por México, sólo me dice: “esa película aquí ya la hemos visto”. Una película de horror.

 
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