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Domingo 12 de octubre de 2008 Num: 710

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El espacio de la transgresión
ADRIANA CORTÉS entrevista con MÓNICA LAVÍN

Carlos Montemayor: entre la palabra y el punto
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Pasto verde: cuarenta años de irreverencia
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Carlos Montemayor: entre la palabra y el punto

Herlinda Flores

Encontrar después de cuarenta años muestras literarias que son “lugar de memoria” es invaluable. Carlos Montemayor, intelectual mexicano representativo en la lucha de movimientos políticos y sociales, aporta uno con su colección de poemas Elegía de Tlatelolco. En ella existe una relación entre la repetición de palabras, la falta de puntuación, el tema del movimiento estudiantil de 1968 y el origen de Tlatelolco como fundación azteca. Como estudiante de la unam de los años setenta, Montemayor probablemente escuchó muchas historias verdaderas.


Foto: Jesús Villaseca/ archivo La Jornada

La Plaza de Tlatelolco ha sido, durante algunos siglos y durante recientes años, testigo de muchas muertes (sacrificios, guerras floridas, conquista). El derramamiento de sangre más impresionante tuvo lugar el 2 de octubre del '68, con el movimiento estudiantil que pedía sacar a los granaderos de sus escuelas. Existe también un tratado firmado con este nombre entre México y catorce países que prohíbe la fabricación de armas nucleares en Latinoamérica. Hecho bastante irónico, pues el tratado fue firmado el 14 de febrero de 1967, casi un año antes de la masacre llevada acabo con armas de alto poder.

Desde su título, Elegía, se enuncia el tono de tristeza de los poemas: “Piedra ciega quebrada como hombre/ rota como mujer abierta en los costados/ derrumbe de piedras/ tierra asombrada reducida a mis palabras/ ultrajada por el engaño y el olvido/ ciudad erguida una tarde destrozada/ arrepentida del aire y de su presencia/ maligna enferma manchada/ […] /desterrados del sueño/ del grito nuevamente ancestral.” La primera línea muestra desencanto: no es una piedra firme, sino ciega y quebrada, parecida al hombre y a la mujer. Posteriormente, el sujeto de enunciación habla de un derrumbe de piedras acorde con otro verso posterior donde la ciudad ha sido destruida una tarde. Desencanto y tristeza vividas la tarde del 2 de octubre, cuando a través de artimañas el gobierno contrata escuadrones y terrorista (mexicanos y estadunidenses) para que abrieran fuego contra los militares, granaderos y contra los mismos estudiantes, causando así la confusión vivida esa tarde: “A lo largo de treinta años ha sido imposible descubrir los motivos irrazonables de la masacre de Tlatelolco, porque en nuestro sistema político se confunde la tarea del gobernante con una especie de privilegio privado que él puede ejercer en cualquier circunstancia y momento.” (Rehacer la historia, 2000). Aunque la historia oficial contaba que granaderos y oficiales fueron los responsables, Montemayor aclara que no fue así, ya que hubo un actor intelectual que se encargó de planearlo todo. Esa noche el pueblo vivió la muerte de muchos seres queridos y también la confusión de un ardil gubernamental. Esta tragedia se concentra en los versos del poema antes citado.

Obsérvese el verso: “desterrados del sueño/ del grito nuevamente ancestral”; la masacre ocurrida en ese momento lleva al sujeto de enunciación a pensar en la sangre derramada en la época azteca, en las guerras floridas, en la Conquista : los aztecas dominan a los pobladores de Texcoco y posteriormente los españoles los dominan a ellos. La masacre contra el nativo lo hace recordar el grito desesperado del poblador de aquel tiempo, uno que se repite nuevamente a mediados del siglo XX.

El yo poético es un testigo incapaz de contar la situación que se vivió esa tarde: “ tierra asombrada reducida a mis palabras” . En este caso recurriremos a lo que Dominique Maingueneau denomina como unión entre obra-contexto-autor-sociedad-historia. El sujeto de enunciación se siente unido a la desgracia ocurrida y da a conocer a su receptor que pocas son las palabras que podrían describir todo ese acontecimiento. Monsivais afirma que el movimiento estudiantil del '68 no fue sólo de los estudiantes, sino del todo el pueblo harto de las injusticias de los gobiernos dictatoriales:

El mitin en la Unidad Habitacional […] se elige Tlatelolco por la simpatía probada hacia los estudiantes de vecinos […] y por la experiencia positiva de los mítines anteriores […] Para los que acuden parece un acto más: vendedores de revista y de libros marxistas, niños y señoras que pasean, curiosos, atención intermitente a los discursos, vendedores de dulces y refrescos.

El yo poético es un testigo a posteriori. Montemayor me cuenta sobre la génesis de sus poemas: pidió permiso a los vigilantes para que lo dejaran pasar a la Plaza , al lugar donde ocurrieron los hechos; desde allí pudo imaginar el escenario, escuchar lo in-escuchable, y sintió la necesidad de escribir un poema sin puntación, pues es así como se lo dictaba esa atmósfera. Las piedras sobre piedras de la cultura ancestral. La piedra española sobre la azteca, la moderna sobre la colonial, en sí una historia sin fin: “Levanta el templo sus piedras/ como aire aullidos cascajos lanzados/ el inútil vaho envejecido seco en los muros de la huida/ la angosta cárcel de la campana torre derruida/ […] /y dentro el metal sin retumbar sin tañer sin destrozar/ y mientras te abrazo amiga caes muerta en mi cuerpo en mi tiempo.”

La voz poética es también de denuncia: “Ciudad que nos llamó a ocultar la fuerza/ […]/ en los ojos en la noche que ahora veo/ una quieta ciudad en la respiración/ como bestia que acecha contenida/ esperando salir gritar arrasar demoler/ matar tanta muerte nuestra.” Es testigo de la masacre, pero que no cuenta lo que sucede, sino lo que sucedió y lo hace denunciando lo que ve a través de los restos, una falsa quietud y la crueldad con que se maltrató y mató a la gente.

La forma escenográfica (Maingueneau) se ve bien delineada en los poemas. El lugar de enunciación sólo se menciona en el título bajo el que se coleccionan los poemas, pero no en ellos; la descripción gráfica es muy específica. Esta obra cumple con la enunciación, el espacio, el tiempo y lo cronográfico. El yo poético es casi empírico, conectado al vivencial, no porque haya estado durante los hechos históricos, sino por la emoción que siente al estar en el lugar.

Además del juego entre espacio temporal y el geográfico, también el autor, como todo poeta, escoge sus palabras para construir nuevamente la ciudad destruida. El poema es la piedra sobre piedra de los templos aztecas, de la iglesia colonial. Palabra sobre palabra es lo que hay en esta elegía. Tinianov enuncia: “La palabra no tiene significado preciso. Es un camaleón que nos muestra matices y aun colores distintos.” Montemayor escogió los vocablos más precisos y utilizó la repetición de ellos no sólo en un poema, sino en la colección de ellos: piedra, abierta, sueño, mujer, ciudad, muerte, derrumbar/derrumbado; palabras de percepción: escuchar, ver, sentir, tocar (acariciar/abrazar) y las correspondientes a ellas: voz, ojos, oídos, garganta, grito, tañer, piel.

Se construyó el poema con la intención de dar al receptor una sensación tanto visual como emocional. El lector escucha el silencio de las campanas y el grito desolado de la mujer que cae entre los brazos del yo poético. Ve también a los soldados que marchan frente al ataúd del sacrificado: “Todo quedó en esta plaza/ […]/ el silencio vela como ataúd madre y hombre/ entre las botas y escupitajos de las escoltas/ […]/ y la vida se ensucia escondida en los edificios/ con el afanoso mendrugo/ que nos queda del amigo que no alcanzó a huir.”

El comienzo del poema con la palabra piedra llama nuestra atención, pues nos describe cómo es: quebrada, rota derrumbada. Posteriormente, es una en desorden y, luego, una sujeta a otra. Es en sí la palabra dinamizada, el objeto va cambiando de acuerdo a la característica que el sujeto poético quiera mostrar; después es él la piedra sobre piedra: “Estoy erguido sobre mí/ sobre mis manos sobre mi boca/ dentro derrumbado en nosotros como sueño y recuerdo/ tanta piedra que siento correr dentro de mí/ grito que me estalla los ojos/ para no perderme de vista como no se pierde esta ciudad sin recoger/ estoy erguido sobre mis hombros sobre las piedras/ camino pienso contemplo.” Aquí cabe la afirmación de Cristian Gallegos: “El poeta ‘simboliza' interioridad, la imita trabajando con un material (el lenguaje imaginario) que ya es en sí símbolo de interioridad.”

El escaso o no uso de puntuación en los poemas de la colección es evidente. En los demás poemas (Abril y otros Poemas y Poesía 1977-1994) observamos uso de comas, puntos, puntos y seguidos o el uso de interrogantes como en el poema de “Las armas y el polvo.” Montemayor cuenta que en su novela Guerra en el paraíso, tampoco quiso utilizar el punto final, pues piensa que la historia no ha terminado, queda mucho todavía por decir. Narra como anécdota que la casa editorial en su primera edición pensó que al escritor se le había olvidado poner el punto, así que ellos lo pusieron al publicarla. El autor corrigió este error y pidió que en las traducciones hechas a su obra no pongan el punto final.

En Elegía de Tlatelolco es también su intención no poner comas ni puntos, excepto en el poema final donde utiliza el uso de dos puntos: “ Todo quedó en esta plaza/ la piedra inmemorial del sacrificio/ sacerdotes que olvidaron la pureza/ y ciegamente buscan nuestro corazón:/ sacrificado sin astucia/ espontáneo y atraído por el placer antiguo del la guerra florida/ ahora conoció el engaño/ germinará la flor de la desconfianza.” Montemayor menciona que usó los dos puntos para marcar una diferencia entre la tragedia del '68 y la conciencia de lo que sigue vivo después, de lo que debe permanecer resistiendo; es decir, “imposible quedarse muerto”.

También hace referencia a otro signo, el uso de paréntesis: “Todo quedo en esta plaza/ tantas piedras lastimando el aire/ tanta piedra que oyó el múltiple estertor/ de muchachos y quedó en su raíz/ […]/ (la luz precipitada en el cielo me descubre/ y el efecto del día llega al dolor a través de la mirada/ imposible olvidar/ imposible quedarse muerto).” Utilizó el paréntesis para contener su propia confesión, esto lo señaló al cuestionarle el uso de los dos puntos. Para Montemayor fue imposible quedarse quieto y por ello dedicó su ensayo Rehacer la historia a buscar la verdad de los hechos. Al igual que muchos otros mexicanos, Montemayor no quedó muerto como las víctimas del '68, sino que indagó sobre la verdadera historia.

Leer el poema, sin pausas, da la sensación de hallarse encerrado; estar, como dice el poema, entre una piedra y otra. El lector se encuentra entre una palabra y la otra. La historia de Tlatelolco es así, encimada; el pasado remoto, el pasado y el presente se encuentran uno sobre otro: sin respiro. La asfixia: la sensación de querer terminar algo que no tiene fin, es la misma que se vivió la tarde del 2 de octubre. Montemayor se valió no sólo de las palabras para amalgamar el tema con las sensaciones que el receptor pudiera tener al leer su elegía, sino también de la puntación, para transmitirle un sentimiento que tal vez percibió al estar en el lugar de los hechos.

En general, la colección de poemas Elegía de Tlatelolco, tiene un trenzado entre lo histórico de la Plaza y el movimiento estudiantil de 1968. Acontecimiento que no terminó esa tarde ni al siguiente día, sino que acompaña a los mexicanos desde entonces hasta ahora. En las escuelas públicas uno no puede dejar de ver los letreros en los edificios: “El 2 de octubre no se olvida”. Esa es la sensación que dejan los poemas: una negación al olvido; revivir acontecimientos que desde nuestro presente parecen ser una pesadilla. Elegía de Tlatelolco es el recorrido histórico de la piedra del sacrificio azteca a la plaza cosmopolita del Tlatelolco del '68, de un México que convulsiona como toda Latinoamérica, en donde el sacrificio humano parece no tener todavía un punto final.