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Cultura y arte a raudales

■ Marta Carrasco escogió Guanajuato para la función número 100

J’arrive…! termina su ciclo en el cervantino

■ La coreógrafa catalana presenta una danza-teatro saturada de símbolos

■ Resume una década de trabajo y dos años de gira

Merry MacMasters (Enviada)

Ampliar la imagen Marta Carrasco durante su espectáculo en el Teatro Cervantes Marta Carrasco durante su espectáculo en el Teatro Cervantes Foto: José Antonio López

Guanajuato, Gto., 25 de octubre. Tal vez fue coincidencia de la vida, pero el hecho es que la coreógrafa y bailarina catalana Marta Carrasco escogió la ciudad de Guanajuato, la edición 36 del Festival Internacional Cervantino y el Teatro Cervantes, para celebrar la función número 100 de J’arrive…!, y así cerrar el espectáculo que resume una década de trabajo, después de una gira de dos años.

Presentar fragmentos de las obras, al parecer, se ha vuelto una costumbre hoy día. Carrasco describe J’arrive…! como un viaje por los espectáculos “y otras cosas que he hecho sola”. Después de bailar en varias compañías de danza, como Metros de Ramón Oller, Carrasco emprendió una carrera como creadora e intérprete, con la obra de danza-teatro Aiguardent (Aguardiente), 1995.

J’arrive también comprende escenas de Blanc d’ombra, 1998, acerca de la escultora Camille Claudel, encerrada 30 años en un manicomio por ser “independiente”; Mira’m (Mírame), 2000, un homenaje a la “no belleza y los no queridos”; Eterno? Eso sí que no!, 2003, que nace a raíz de leer el libro Del inconveniente de haber nacido, del filósofo pesimista Emil Michel Cioran, y Ga-gá, 2005, en donde los intérpretes se surten de la risa gracias a máscaras de oxígeno porque necesitan de ella para vivir.

La de Carrasco es una danza-teatro saturada de imágenes y símbolos, desde cuatro tableros retacados de objetos personales, que dan la bienvenida al público mientras empieza el espectáculo. Los fragmentos de obras suceden una tras otra con bastante continuidad. Tal vez el de mayor impacto es un solo en torno a una escultura cubierta con sábanas, aparentemente de Rodin. La escena final es catárquica: un atascón de fruta y agua.

Mientras tanto el espectáculo Pinsans i caderneres (Pinzones y jilgueros), montado en el Teatro Juárez, calificado por su director, Xavier Alberti, como “teatro musical”, es una historia de 150 años de la música catalana “renacida” desde Josep Anselm Clavé hasta Xavier Montsalvatge. El título proviene de un verso de El emigrante, del poeta nacional Jacint Verdaguer, que fue musicalizado por Amadeo Vives, uno de los fundadores del Orfeo Catalá.

En esa “loa a la patria”, Verdaguer apela a los “pájaros masculinos y femeninos que cantan”, para pedirle al pueblo que se exprese y, mediante esa expresión cantada, encontrar una configuración de un ente colectivo, de un imaginario del ser y de estar en el concierto de las culturas universales”.

Una primera parte del espectáculo consiste en una “conferencia magistral” sobre la historia de la música catalana, interrumpida por elementos que reflejan “posicionamientos ideológicos de lo que ha sido el resurgir de la cultura catalana desde esa centralidad del siglo XIX hasta la justa salida del largo callejón que fue para la cultura catalana los 40 años de la dictadura franquista”.

 
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