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A la Mitad del Foro

León García Soler

■ Los paseos de la Reforma

Ampliar la imagen Andrés Manuel López Obrador, ayer durante la asamblea informativa en defensa del petróleo, frente al Hemiciclo a Juárez Andrés Manuel López Obrador, ayer durante la asamblea informativa en defensa del petróleo, frente al Hemiciclo a Juárez Foto: Carlos Ramos Mamahua

El Senado aprobó las iniciativas de reformas a Pemex. Reforma energética, dice la grandilocuencia; mínima, dicen los que convocaron a ir por el “tesorito” oculto en aguas profundas del Golfo de México; trampa para ocultar la privatización, insisten quienes siguen los pasos de López, desde el plantón en el Paseo de la Reforma hasta el Hemiciclo a Juárez.

Pero hubo reforma, a fondo, aprobada por aplastante mayoría, sin agravio a la minoría alucinada que pudo prevenir que los contratos de exploración y perforación “en bloques”, con exclusividad territorial, podrían dar lugar a simulaciones para otorgar contratos de riesgo. Y lo fundamental era eso, evitar, impedir, los contratos de riesgo, en los que quien explora y perfora recibe en pago parte del petróleo obtenido en el proceso. Los contratos de servicios múltiples otorgados en el sexenio de Vicente Fox son a imagen y semejanza de los de riesgo. Y “en política, lo que parece, es”.

Ante las protestas de los que votaron en contra, Pablo Gómez defendió lo esencial, llamó a aprobar lo mucho logrado y luego encargarse de añadir la prohibición expresa a la contratación en bloques; no por suspicacias, perder lo realmente obtenido. Para alivio de los opositores a ultranza, en derecho público sólo se puede hacer lo expresamente autorizado y no está en lo aprobado otorgar contratos de riesgo. Arturo Núñez, converso y puntilloso, precisaría los términos del caso en derecho público.

Se aprobaron en el Senado las reformas a Pemex. Haber alcanzado el acuerdo en lo esencial, ceder y conceder para concertar voluntades sin paralizarse por la ausencia de consenso, deslumbrante clave del infantilismo democrático que exigía el mando de la mayoría, pero sin un solo voto en contra, para que la unanimidad sea coro celestial, sin abyecta sumisa a la dictadura, sin el unto de la expectativa que movió al cesarismo sexenal. Mayoría aplastante, digo líneas arriba. Quizás habría que acudir a los eufemismos para no lastimar sensibilidades. Otra vez será. Porque quienes siguen los pasos de López votaron en urnas montadas en la Alameda y por aplastante mayoría decidieron empezar la resistencia civil y rechazar las reformas aprobadas por los legisladores mandatados por ellos mismos, así como por los del PRI, el PAN y el Verde.

Hay que reconocer lo alcanzado por la mayoría plural del Senado. Porque las consultas celebradas en Xicoténcatl, en universidades y centros de trabajo, entre académicos, funcionarios, técnicos y, sobre todo, constitucionalistas que desempolvaron el vigor y vigencia de la norma constitucional, reivindicaron las facultades del Poder Legislativo. Logro que legítimamente pudo hacer suyo el movimiento del “presidente legítimo”: la disciplinada movilización y el FAP, esa alianza de circunstancia que persiste. Con Dante Delgado llegaron a la mitad del camino y lejos de abandonar toda esperanza, integraron un consejo de intelectuales que analizó y modificó las iniciativas enviadas por el titular del Poder Ejecutivo. A la hora de la votación manifestaron su acuerdo con lo hecho en comisiones y, desde luego, sus reservas y la necesidad de ahondar en la materia.

Andrés Manuel López Obrador secundó lo aprobado por ese grupo de consejeros, independientes, así sean afines en lo ideológico. Pero no está en su naturaleza desoír el clamor de la popularidad otorgada por su rechazo a las instituciones en esta hora de la demolición, sin andamiaje que mantenga firme al poder constituido. Efectivo el sufragio en los procesos electorales de 1997, 2000 y 2003, no resistió la obsesión popular, la certeza del imaginario colectivo: antes y después de la alternancia, aquí siempre impera el fraude; sistémico o simbólico que llegó a rellenar urnas para que el candidato único, José López Portillo, superara el número de votos obtenidos seis años antes por Luis Echeverría.

O como conjura de los dueños del dinero para impedir que llegara al poder quien encarna el mito de Sísifo en nuestra desmesura tropical; víctima y disidente, insurgente y gobernante, a la vez. Rayito de esperanza encendido por la tolerancia mal entendida y el miedo visible, palpable, a parecer autoritarios, mensajeros del pasado, manipuladores de abogados huizacheros para negarle al tabasqueño registro como candidato en el Distrito Federal; luego, el autoritarismo artificioso para desaforarlo y asustarse del muy posible estallido de disgusto popular si actuaba el Ministerio Público. Se les mueve el cuero, dicen los rancheros. Por eso hay millones convencidos de que a López Obrador le robaron las elecciones.

Por eso, Andrés Manuel apostó en favor de un movimiento por encima de su partido al hacerse proclamar “presidente legítimo”. Y por eso, después de reconocer que tenía razón el consejo integrado por el FAP, pidió a los que siguen los pasos de López pasar a las urnas y votar, a favor de las reformas o de retomar la defensa de la soberanía y el petróleo nacionalizado. El voto fue a favor de las barricadas, los paseos de la Reforma: campamento insurgente entre la elección presidencial y la protesta de Felipe Calderón, con la aparición súbita tras banderas, con las tomas de tribuna y los pasillos libres de obstáculos: mal augurio, previsión de indefiniciones, riesgo de ingobernabilidad.

Y para la confusión de dos presidentes en la República nuestra. Paradójicamente, la crisis financiera global, la recesión, obligó al que propone y dispone del gasto público, el jefe de las fuerzas armadas en guerra contra el crimen organizado, al filo del estado de excepción, a Felipe Calderón Hinojosa, a adoptar medidas de economía anticíclica: invertir en obras de infraestructura, iniciar la construcción de una refinería. Pemex, escribe Francisco Rojas, “había acumulado cuantiosas disponibilidades… congeladas, difíciles de ocultar (que) el gobierno había utilizado para recomprar deuda”: 270 mil millones de pesos, al 8 de junio. Había recursos. Y salieron a flote con las turbulencias en el vacío.

Dos presidentes. Vías divergentes. El de Tabasco desautoriza a los senadores del PRD, su partido, a los del PT y Convergencia. Está en su naturaleza: el operador político buscará ser candidato de un movimiento popular de 10 millones de mexicanos que ya lo proclamaron “presidente legítimo”. Son un estorbo legisladores que pretendan legislar; gobernadores que quieran gobernar y, sobre todo, un partido fracturado y confrontado como el PRD. No hay liderazgos colectivos en una resistencia civil que pasa a la ofensiva. “Sin romper ni un vidrio”, recuerda: cuando llamó a los acampados en la Reforma a marchar, no se dirigió a Palacio sino a la glorieta del Ángel de la Independencia.

Manlio Fabio Beltrones, Gustavo Madero, Carlos Navarrete y sus compañeros del PRI, el PAN y el PRD reivindicaron el quehacer político y fortalecieron al Congreso, eje de la agenda política a partir de 1997. Hay división de poderes; ahora podemos y debemos consolidarla como sistema de pesos y contrapesos. Emilio Gamboa, Héctor Larios y Javier González Garza tienen la oportunidad de reivindicar su condición de “dueños del poder de la bolsa”.

Si no los asustan las fuerzas opuestas de dos presidentes. Y los bárbaros a la puerta. Hay que recordar el pasaje de Tito Livio, citado por Maquiavelo: “Unidos los de la plebe eran belicosos, pero aislados, el miedo de cada uno los volvió obedientes”.

Vamos a ver.

 
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