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Rolando Cordera Campos

Salida hay… no la tapemos

En La Jornada del viernes, David Brooks documenta con precisión el fin de la fiesta de Wall Street que deja en la calle hasta a las conejitas del Playboy: los despidos en las grandes empresas llegan a miles, y la FBI investiga felonías financieras. Por su parte, el vapuleado maestro Greenspan confiesa el poder de sus creencias: con ellas y por ellas la gran nación de los libres vive ahora en las cercanías de una gran depresión que “no tenía por qué volver a suceder”, como advirtiera el gran economista Mynski, dados los conocimientos múltiples que la anterior, la de 1929, dejó a la humanidad y a sus dirigentes. El peso de las (malas) ideas, junto con las pésimas costumbres del capitalismo salvaje, son hoy pecado capital, hasta que los nuevos amos del universo se recuperen y la historia de la codicia vuelva a empezar.

El presidente Sarkozy decreta la muerte de la “dictadura” del mercado libre y lanza un fondo soberano para apoyar a la industria francesa. El dirigismo galo a todo lo que le da su retórica, por mal que les pese a la señora Merkel y sus asesores. A la vez, el resto de los estados hacen sus cuentas y se aprestan a violar el credo liberalista: más que de socialismo, aconseja The Economist, hay que hablar de pragmatismo para atajar los remezones del tsunami financiero, mientras en un lado y otro se despliega la tormenta mayor de la crisis del empleo y la producción.

Nadie está a salvo y lo peor que puede ocurrir es que se imponga el sálvese quien pueda. Así ocurrió en los años treinta del sigo pasado y así les fue a todos, a los que buscaron protegerse del mundo amenazante, como los Estados Unidos de América, y a los que imaginaron que con un poco de mano dura y un ocasional Arturo Ui las cosas mejorarían, como en Alemania. La opción dictatorial, totalitaria, que ofreció Stalin, fue al final de cuentas una ilusión sangrienta, pero junto con Hitler marcó el extremo de la pauta: sin Estado no hay salida, porque el mercado se come a sí mismo y con él a la naturaleza y el trabajo.

¿Y nosotros? Una vez que la ilusión privatista no viaja ni en tranvía, toca al talento y a la política hacerse cargo de una situación que se agrava con los días. Con anterioridad a la entrada en sociedad de la crisis, podía estimarse que la pobreza llamada alimentaria había aumentado debido a la carestía y no por unos cuantos miles sino por millones, tal vez más de dos, según cuentas preliminares de los expertos. Ahora, con el desempleo a la puerta, o de plano instalado en la sala, puede esperarse que las minúsculas reducciones en los diversos índices de pobreza logrados trabajosamente en los últimos años de estabilidad y mediocre crecimiento, retomen su nefasta tendencia alcista.

Poco o nada puede decirse de la planta productiva, tan colgada del exterior en sus flancos más dinámicos y tan menguada en sus capacidades en el resto, que sigue encadenada a lo que ocurra con los ingresos de la mayoría de los mexicanos. La emergencia, al fin admitida por el gobierno, debe dejar su lugar a la conciencia de una crisis abierta que demanda acciones y decisiones audaces, poco familiares a los acomodados abogados y tecnócratas de Hacienda que no hacen más cálculos que los que tienen que ver con sus ingresos extraordinarios o las ofertas de trabajo en la banca extranjera.

Con ellos solos, difícilmente podrá el país hacer ese alto en el camino que acertadamente propone el rector Narro para replantear el modelo de desarrollo. La economía, como la guerra, se ha vuelto un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de autoconsagrados expertos. Guste o no a las mentalidades convencionales, la época es y será de movilización popular y reclamo social, airado o temperado, según lo quiera o busque el poder, y será la política formal la que le dé, o no, cauce.

Más que de un desencuentro entre movimiento social y acción política, como pretenden algunos delirantes, lo que está en el orden del día es un acuerdo político nacional que subordine las ansias de ganar y salvarse por su cuenta de los muy pocos y dé a la energía popular un curso productivo y alentador en medio de la oscuridad del desempleo y el desamparo institucional.

Organizar al pueblo y fortalecer las instituciones, recomendaba Lázaro Cárdenas en tiempos menos difíciles. Ampliar las bases sociales del Estado para volverlo por fin democrático e incluyente; convertir a las instituciones en casas del pueblo llano, para ofrecerle alivio en la salud, la educación, el empleo así sea precario o temporal; resucitar la banca de desarrollo para empezar a sanar las heridas que nos trajo el “desembarco” de una banca dedicada a transferir ganancias a sus matrices; en fin, arriesgarse a convertir la crisis en oportunidad progresista, hasta justiciera: esa es la agenda para hoy y mañana y es con estos criterios con los que hay que evaluar las conductas y ofertas políticas para empezar a votar desde ya por un cambio de rumbo que los manipuladores de la normalidad democrática le escamotearon a un país de por sí dañado por tanto cambio cosmético y adulterado, con que el autoritarismo quiso prolongar su corroído mandato.

Salida hay. Lo que importa ahora es no obstruirla con la basura del delirio y el dogma.

 
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