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Mar de Historias

Cristina Pacheco

La otra internacional

El resto del día no le bastará a Celia para ordenar la infinidad de objetos que inundan su recámara. Cuando los ponga en venta no podrá exhibirlos en el desorden con que durante meses atiborraron cajones, entrepaños, maletas, percheros. Ese caos les despertaría a los compradores la sospecha de que ella tiene prisa de venderlo todo porque se encuentra en bancarrota. Terminarían pagándole miserias a cambio de vestidos y zapatos que están en muy buenas condiciones o ni siquiera tuvo oportunidad de estrenar.

El instinto de comerciante que fluye por las venas de toda su familia le aconseja aclararles a los posibles clientes que vende su ropa porque se hartó de ella y quiere modernizarse. Tiene que decírselos en un tono ligero, divertido, como si las deudas que contrajo con sus cuatro tarjetas de crédito no la hubiesen obligado a deshacerse de sus cosas ni la hubieran convertido en esclava de la catástrofe mundial.

La mayor parte de lo que Celia gana trabajando en el salón de belleza Zully y haciendo composturas de ropa en su casa se le va en pagar las mensualidades de sus tarjetas. Las cubre puntualmente y sin embargo sus deudas siguen incrustadas en su vida como tumores malignos que crecen cada día.

Celia no entiende esa contradicción por más que en los departamentos de crédito le hayan explicado en muchas ocasiones que una cosa es el precio de las mercancías adquiridas y otra muy distinta los intereses generados por su deuda. De eso no le dijeron ni media palabra los agentes que la abordaron en los centros comerciales para ofrecerle “la mejor, más práctica, más segura tarjeta de crédito”.

Celia aceptó unas por el color de los plásticos, otras por la elegancia de su diseño; todas por la dicha infantil que le producía estampar su firma en las bandas magnéticas y ver su nombre convertido en un conjuro capaz de abrirle todas las arcas para que ella pudiera elegir vestidos, zapatos, perfumes, maquillajes, ropa íntima, electrodomésticos y hasta un gran danés de terracota que terminó convertido en perchero.

Celia reconoce que ante las tarjetas siempre fue débil, inclusive cuando pretendió rechazar una que le ponderaron por su alcance internacional: “Gracias, señorita, pero yo ¿para qué la quiero? Nunca viajo.” La agente se le quedó mirando con aires de pitonisa: “Y cómo sabe que mañana no se saca en una rifa un viaje a… bueno, a cualquier parte del extranjero que no sea México.” Con ese argumento, ¿cómo iba a resistirse a la internacional?

II

Un sentimiento de superioridad se apoderó de Celia al verse poseedora de cuatro tarjetas de crédito, una de ellas en dólares. Las raras ocasiones en que llegaba a reunirse con su familia, bajo cualquier pretexto dejaba su cartera a la vista para que todo el mundo leyera sus progresos en la variedad de sus cuentas.

La noche en que su tarjeta internacional fue codiciada por René, Claudio y Tomás, Celia se consideró vengada de las humillaciones que le habían inferido durante su infancia sus hermanos y por su grosera desconfianza cuando, a la muerte de su madre, les comunicó su decisión de irse a vivir sola. Burlones, le auguraron que iba a fracasar y más temprano que tarde regresaría junto a ellos para pedirles ayuda.

No ocurrió ninguna de las dos cosas. Cada vez más segura de su trabajo, Celia coronó sus logros con cuatro tarjetas de crédito relucientes como diamantes, poderosas como una varita mágica.

Entre aquella noche y el momento en que Celia está a punto de organizar una venta de garaje le han pasado muchas cosas negativas: corre peligro de perder el trabajo porque ya no hay suficiente clientela en el salón de belleza. Los hermanos han dejado de hablarle por temor a que les pida préstamos. Lo más desagradable son los cientos de insolentes llamadas telefónicas advirtiéndole a todas horas que si no se pone al día con sus adeudos su caso será turnado al jurídico y ella se verá en problemas muy serios.

La reiterada advertencia le ha provocado un salpullido que la afea y un odio irrefrenable hacia sus tarjetas como si fueran las responsables del desastre económico que la obliga a vender las mismas cosas que pagó con ellas.

III

Clasificar los aparatos eléctricos será mucho más laborioso. Algunos están enredados en cables que no les corresponden, tienen los enchufes enmohecidos o les faltan piezas. Ajustarlos y devolverles su aspecto funcional le resulta a Celia tan intrincado como los crucigramas. Nunca ha podido resolver uno. En cambio Zully, la dueña del salón de belleza, desde que no tiene clientela se ha vuelto cada día más hábil para descubrir palabras que definen países remotos, enfermedades raras o especies a punto de extinguirse.

En los buenos tiempos del salón ni quién pensara en crucigramas. En especial los viernes y sábados no se daban abasto. Desde que comenzó la gran crisis y el peso empezó a devaluarse todos los días la clientela disminuyó, a pesar de que Zully ha procurado atraerla ofreciéndole los servicios más modernos: “Uñas de gel”, “Extensiones de pelo natural”, “Alaciado express”, “Creación de imagen”. Por si no bastara, escribió sobre el aparador con letras de diamantina la frase: “Se aceptan todas las tarjetas de crédito”.

Cuando Celia recibe una de cobertura internacional recuerda la expresión admirada de sus hermanos hombres cuando vieron que ella manejaba una tarjeta en dólares. Imaginar lo que dirían si llegaran a enterarse a dónde la condujo su internacionalización la decide a realizar el siguiente domingo la venta de garaje. Deshacerse de sus cosas será mucho menos doloroso que oír las burlas y recriminaciones de René, Claudio y Tomás.

IV

Entre satisfecha y cansada, Celia mira los objetos que al fin logró ordenar. La ropa ocupa el cuarto, excepto el rincón en donde puso los aparatos eléctricos que de seguro terminarán en manos de algún fierrero. No le importa deshacerse de la licuadora de l4 velocidades ni del miniasador musical; en cambio sus vestidos y sus accesorios le despiertan ternura y le provocan infinidad de recuerdos.

Toma de una silla un vestido de estilo safari. Lo compró un domingo muy caluroso. Su departamento ardía y decidió salir a la macroplaza para distraerse sólo mirando aparadores.

Las conversaciones familiares y las risas de los niños alegraban su recorrido por los pisos llenos de tiendas a las que de antemano había decidido no entrar. De pronto se detuvo frente a una vitrina llena de espejos. Al mirarse pensó que tal vez fuese la única mujer sola en la macroplaza. Le sonrió a su imagen, caminó hacia el almacén más cercano. Allí fue curioseando de un departamento a otro hasta que al fin llegó al de damas y descubrió el vestido safari. Tenía todas las ventajas: ligero, elegante, juvenil, deportivo, lavable, barato en comparación a otros. Aunque le quedaba un “poquitito apretado”, como le dijo la vendedora, lo pagó con su tarjeta internacional.

De paso hacia las escaleras vio una flecha indicando hacia la isla de artículos deportivos. Al llegar eligió varios juegos de pants. Mientras se los probaba juró que esta vez si haría ejercicio, aunque fuese entre la lavadora y el burro de planchar. Eso por el momento. Luego, en cuanto dispusiera de una hora, se inscribiría en el gimnasio. La cuota inicial era alta en comparación a las mensualidades, pero sintió que también podía pagarla con su tarjeta.

Se gratificó por tan buenos propósitos comprándose una blusita monísima. Cuando se la estaban envolviendo la sedujo la vitrina de joyas. Unos aretes de pedrería multicolor la deslumbraron. Pensó que era suficiente con probárselos, pero cuando se los vio puestos decidió comprarlos. La vendedora, a quien recuerda como la serpiente del paraíso, acabó de convencerla diciéndole que ese modelo le daba mucha luz y por lo tanto la rejuvenecía. Sin pensarlo sacó la tarjeta internacional y firmó el voucher con una gran sonrisa.

Su humor iba mejorando por minutos. Aquel domingo compró muchas más cosas: un juego de copas de vidrio florentino, una freidora de papas, un candelabro “Romance” y el gran danés de terracota. Al llegar a su departamento y ver sus compras se dio cuenta de que eran inútiles: las copas porque ella es abstemia y poco sociable; la freidora porque iba a ponerse a dieta, y el candelabro porque en su futuro no se vislumbra ni remotamente la posibilidad de una velada romántica; los aretes porque sabe que no tendrá oportunidad de lucirlos: va de la casa al trabajo en Metro y no asiste a fiestas.

De todas las compras que hizo aquel domingo las únicas que le parecieron razonables fueron el vestido safari y el gran danés de terracota. Por más que aún le gusten los dos, entrarán en la venta de garaje.

 
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