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Carlos Bonfil
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Quémese después de leerse

Ampliar la imagen George Clooney y Tilda Swinton en un fotograma de la película George Clooney y Tilda Swinton en un fotograma de la película

“He llegado casi al límite de adonde este cuerpo puede llevarme”, esta frase la pronuncia con aplomo y desenfado Linda Litzie (Frances McDormand), empleada de un gimnasio, al percatarse de la urgencia de someterse a una cirugía plástica completa. Los costos de la intervención son tan elevados que es preciso una solución providencial, misma que llega bajo la forma de un diskette con información confidencial que compromete a la CIA y a uno de sus ex empleados, Osborne Cox (John Malkovich), y que la impaciente Linda podría vender nada menos que a los servicios de inteligencia de la embajada rusa. Esta premisa delirante es uno de los detonadores del thriller vuelto comedia que bajo el título de Quémese después de leerse (Burn after reading) ofrecen hoy los cineastas Ethan y Joel Coen. Al absurdo anterior se añaden, en acumulación irrefrenable, las situaciones más inverosímiles que son capaces de inventar los autores de El apoderado de Hudsucker. Apenas se adelantan aquí unas cuantas: el alcohólico Cox, energúmeno resentido, está casado con Katie (Tilda Swinton), pediatra avinagrada que detesta a los niños; ella mantiene mientras tanto una relación adúltera con Harry Pfarrer (George Clooney), un seductor tan abstraído e impredecible que termina ligándose a la esquizofrénica Linda, con lo que se cierra el círculo que une a todos los personajes con la trama inicial de espionaje involuntario para recuperar la información clasificada. A este embrollo cabe añadir la torpeza monumental de Chad (un Brad Pitt irreconocible), compañero y confidente estrafalario de Linda en el gimnasio, quien termina complicándolo todo. Algunos personajes secundarios completan el cuadro, y uno de ellos (J.K. Simmons), ejecutivo de la CIA, lo hace de manera magistral con líneas contundentes. El conjunto: una gran familia idiota estadunidense, vista con el humor afilado y muy negro de los hermanos Coen.

Después del formidable drama Sin lugar para los débiles (No country for old men), seguía, al parecer, en el zigzag creativo de sus autores, el contrapunto de una farsa, y ésta debía tener proporciones casi cósmicas, por lo que naturalmente debía iniciar con una toma en picada, desde el espacio exterior hasta el planeta Tierra, casi en versión de Google Earth, dirigiendo la lente con precisión de misil hasta el cuartel general de la CIA, donde debía desencadenarse un drama con el despido, a cuán justificado, de uno de sus ejecutivos menos confiables, el maquiavélico Osborne Cox. Lo que seguiría después de este arranque, difícilmente podría tener la sutileza humorística de Fargo, o la misteriosa truculencia de Barton Fink, dos de las mejores cintas de la pareja. Quémese después de leerse ostenta, con fanfarronería similar a la de sus personajes centrales, y con dosis parejas de cinismo, un gusto declarado por el despropósito verbal, por el exceso en las caracterizaciones (Brad Pitt, una imbecilidad sonriente potenciada por las proteínas; Tilda Swinton, un abismo de malevolencia; Frances McDormand, una histérica incontenible), y por un escepticismo radical que hace de la vida política y de las intrigas de los servicios de inteligencia todo un compendio de la estupidez humana.

No sorprende entonces que en los actuales tiempos de crisis financiera global, y de esperanzada corrección política, la sátira de los hermanos Coen defraude las expectativas de sus críticos mejor intencionados en el país del norte, quienes le reprochan, por decir lo menos, irreparables faltas de buen gusto o de coherencia, añorando películas suyas más controladas y, por decirlo rápido, menos cínicas. Sin ser una cinta con tintes muy claros de farsa política, es inevitable pensar que al cabo de ocho años de una administración Bush tan calamitosa como deplorable, la mirada de los realizadores de este hilarante thriller difícilmente podía ser menos ácida y menos cruda. Si a algo remite su tono irreverente es al inventario de mentiras y torpezas políticas padecidas en Estados Unidos estos recientes años. Frente a la obcecación e idiotez, justamente sancionada, de sus altos mandos políticos y militares, la sátira de Quémese después de leerse pega no sólo justo, sino tal vez por debajo de su inspiración posible. Cada personaje en la cinta es emblema exacto de algún idiota satisfecho, en el mundo del espionaje, de la política o de las finanzas. Y si todo ello termina siendo una verdadera caricatura, habrá que dar por ello un crédito mayor a los modelos que al dibujante.

 
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