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Alberto Blanco

Walter Gruen 1914-2008

94 años. Se dice fácil. Noventa y cuatro años. Toda una vida. Una larga, extraordinaria y fructífera vida. Una vida que se inició en Viena en 1914, capital de la monarquía austro-húngara, marcada por la amarga fatalidad de la Primera Guerra Mundial, donde comenzó sus estudios de medicina en la Universidad de Viena, mismos que pronto se vieron suspendidos debido a su origen judío, y por pertenecer al Partido Socialdemócrata de Austria. Allí conoció a otra joven estudiante de medicina, Kari Willner, quien luego se convertiría en su primera esposa.

Al consumarse en 1938 la anexión de Austria a la Alemania nazi el Partido Socialdemócrata pasó a convertirse en clandestino, y con él, las vidas de Walter y Klari, que pronto se vieron seriamente amenazadas.

Luego de intentar incorporarse como voluntarios a las Brigadas Internacionales en España, de ser detenidos por la policía y encarcelados, y de intentar un escape imposible a Suiza esquiando, Walter fue detenido por la Gestapo y enviado al campo de concentración de Dachau y luego al de Buchenwald. Walter nunca se sintió inclinado a contar su historia en los campos… “me abstengo de contar lo que no puede ser contado y menos aún creído”. Como uno de los últimos en ser puestos en libertad, recibió la orden de salir hacia ultramar. Gracias a los esfuerzos de Klari –que se había salvado de ser detenida gracias a que Walter alcanzó a darle aviso– pudo llegar a Francia. Allí encontró trabajo en un viejo viñedo en Montauban: un verdadero paraíso después del horror vivido en los campos alemanes. Un tiempo después recibieron de la Liga pro Cultura Alemana un visado para viajar a México. En sus propias palabras: “salvo por los libros de Bruno Traven, no sabíamos nada de este país”.

En México, Walter encontró la paz y el sosiego perdido por tantos años de guerra en Europa. “Con nada pisamos la tierra bendita de México y nos trasladamos hacia la capital…” Y no pasó mucho tiempo antes de que se diera en México el encuentro que iba a marcar toda su vida: entre los muchos refugiados europeos conoció a Remedios Varo. Después de un trágico accidente en Tuxpan, Veracruz, donde Klari se ahogó tratando de salvar la vida de un amigo, Walter, hecho pedazos, aceptó un empleo con un señor Margolín, distribuidor de llantas de automóviles. El resto es una historia bien conocida: Walter convenció a su jefe de hacer la prueba de vender discos en un pequeño lote, y la aventura tuvo tal éxito que con el tiempo la Sala Margolín se convirtió en la más prestigiada tienda de discos de música clásica en México, y lugar obligado de reunión de artistas.

En el libro Reflejos de Europa en México, publicado por la Unión Europea y el CNCA, Walter relata lo que siguió: “en esta época regresó Remedios Varo de Venezuela y descubrió la ausencia de Klari. Nos hicimos amigos y la amistad se convirtió en amor. Tuve la suerte de conseguir que Remedios aceptara vivir conmigo y se dedicara únicamente a la pintura.” Así, con esa sencillez, Walter dedicó 11 años a velar por Remedios para que ella pudiera dedicarse a cristalizar su obra. El universo que hoy en día conocemos como “Remedios Varo” muy probablemente no existiría sin su devoción.

A la muerte de Remedios Varo de un tajante infarto en brazos de Walter, éste decidió dedicar todos sus esfuerzos a comprar, reunir, cuidar y hacer crecer la obra de Remedios. Tuvo la suerte –como él mismo diría– de encontrar poco tiempo después a Alexandra Varsoviano, con quien se casó y tuvo una preciosa hija: Isabel. Alexandra apoyó a Walter en forma absolutamente abnegada y ejemplar en su lucha por fortalecer el aprecio de la obra de Remedios, y juntos soportaron tanto el terrible golpe que les asestó el destino al perder a su hija Isabel, recién casada, en un trágico accidente de carretera, como a soportar el via crucis que provocó su generosa donación del legado de los cuadros de Remedios Varo al INBA.

Gracias al apoyo de mucha gente –amigos, autoridades, periodistas y abogados– Walter vio coronada una larga vida de esfuerzos y sacrificios, de amor y tragedias, con la resolución definitiva que asienta el legado del acervo artístico que en el año 2000 él y Alexandra donaron a México: la Colección Isabel Gruen Varsoviano: en memoria, integrada por 39 obras de la pintora surrealista, alojada en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. No puede haber mejor homenaje a su memoria que cuidar de este maravilloso patrimonio.

 
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