Usted está aquí: lunes 3 de noviembre de 2008 Opinión ¿Y el Estado?

Gustavo Esteva
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¿Y el Estado?

La banda siguió tocando. Era el triunfo del optimismo sobre la realidad. El Titanic se hundía, pero el prejuicio de que era insumergible podía más que la evidencia. Cuando el capitán reconoció lo irremediable ordenó cerrar el paso de la tercera clase. Como no había lugar para todos en los botes salvavidas, era preciso impedir que los pobres compitieran con los ricos para ocuparlos.

No resisto la tentación de establecer la analogía. El profundo deterioro de la economía y de la posición de Estados Unidos en el mundo es enteramente evidente. Pero la banda sigue tocando. Se da por sentado que es algo circunstancial y que muy pronto todo volverá a la normalidad.

La reacción refleja es también clara: hay que proteger a los ricos, a quienes supuestamente generan empleos, no a los pobres, que deben seguir pagando los platos rotos. En Estados Unidos no se usan los recursos de emergencia para salvar a quienes están por perder sus casas, sino a los que especularon con las hipotecas. Como aquí: en vez de apoyar al campo, donde podría haber una auténtica salida, o de aumentar el empleo y el ingreso de la gente, a la que se sigue pidiendo moderación, se concentra el empeño en el rescate de empresas que se entregaron a una codiciosa especulación financiera.

En el ánimo de funeral, cuando hasta los más confesos fanáticos del esquema neoliberal se animan a enterrarlo y proclaman la urgencia de recurrir al estado, encuentran sólo sus restos: se habían dedicado a desmantelarlo, cuando estaba expuesto a la doble presión de las corporaciones trasnacionales –para las que se había vuelto un obstáculo– y de grupos internos, que cuestionaban cada vez más su legitimidad.

Gordon Brown, el primer ministro británico, que al tomar en sus manos el sistema bancario puso el ejemplo que pronto seguirían Europa y Estados Unidos, se apresuró a aclarar que era una medida temporal y que pronto lo devolverían a sus dueños privados. La banda sigue tocando…

Como el descontento general de la gente se articula cada vez más como iniciativa política, empieza a cobrar forma de guerra civil en muchas partes, y en todas cuestiona y desafía a los poderes constituidos. El monopolio legal de la fuerza coactiva, reservado al Estado para proteger a los ciudadanos, se emplea cada vez más en sentido contrario: para proteger de los ciudadanos a quienes ocupan los poderes constituidos.

En un estado de derecho los miembros del cuerpo social conocen y aceptan las normas que rigen su convivencia y éstas se aplican en forma universal y coherente. En México hay estado de derecho entre los zapatistas, con normas concebidas por ellos mismos que se aplican con justicia. Lo hay en muchas comunidades indígenas y barrios urbanos e incluso en grupos delincuenciales, como entre los narcos. Pero no hay ya estado de derecho en el país: las normas han sido impuestas contra la voluntad mayoritaria –como en los casos muy conocidos de la reforma indígena o la petrolera– y se aplican discrecionalmente, en forma irregular, arbitraria e injusta, o se violan sin rubor, cínicamente. Aumenta el número de inocentes en la cárcel, nuestros presos políticos, mientras prevalece la impunidad: los criminales plenamente identificados, como los asesinos de Brad Will, no sólo se hallan en libertad, sino que son protegidos y promovidos por quienes ordenan los crímenes, usan de manera corrupta los recursos públicos y emplean arbitraria e ilegalmente la fuerza policíaca contra los ciudadanos. Los casos son ya incontables. Es posible destacar los de Ulises Ruiz, Marín, Peña Nieto, Sabines… Pero se trata de una situación general a escalas federal, estatal y municipal.

“No puede lograrse legitimidad sin seguridad”, señaló recientemente Henry Kissinger. Pero “la seguridad es imposible sin autoridad y la legitimidad no puede sostenerse sin consenso” (Newsweek, 3/11/08). Con el pretexto de proteger a los ciudadanos del terrorismo o de la violencia del narco, en nombre de una seguridad cada vez más incierta, se debilita la autoridad que quedaba, se liquida la cuestionada legitimidad y se rompe todo consenso.

Me repito. Necesitamos dejar de mirar hacia arriba, donde no hay esperanza alguna: no queda autoridad ni legitimidad y no habrá seguridad ni consenso; sólo más o menos de lo mismo, más represión y violencia, menos respaldo o estímulo. No queda otro camino que concentrarnos en el empeño de articularnos desde abajo, para hacer frente dignamente a las catástrofes de toda índole que caen ya sobre nosotros.

P.D. Mi correo es gmail.com, no mail.com. Disculpas a quienes hayan intentado enviar un mensaje en meses recientes.

 
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