Usted está aquí: jueves 6 de noviembre de 2008 Opinión Play Medea

Olga Harmony

Play Medea

El mito de Medea ha permeado muchas culturas, entre nosotros está la versión colonial de La llorona, además de algunos autores modernos que ubican la tragedia de Eurípides en diversos contextos de choque cultural. Por ello es difícil acercarse al tema renovándolo, y David Hevia lo intenta en Play Medea que desde el título juega con las diversas acepciones de la palabra inglesa play para sostener que es mejor el riesgo que la complacencia ante las circunstancias en que uno se halla. Ya en la tragedia original Medea se muestra con toda su fuerza subversiva en el largo parlamento, que se podría calificar de feminista, que dice ante el coro de las mujeres de Corinto y en los reproches bien fundados que le hace a Jasón, cuyas hazañas se deben a las artes de la apasionada hechicera. Jasón queda como un pobre diablo y se sabe de su triste final solo y rechazado por todos, porque para los griegos romper un juramento hecho ante los dioses –Temis, la hija de Zeus dadora de la justicia, testimonió sus bodas– era un crimen mucho mayor que los llevados a cabo por Medea quien cumple su juramento y tendrá un final feliz según dicta la leyenda.

Para nuestra visión contemporánea, la bárbara hechicera repugna por sus actos, pero Hevia la rescata tomando el punto de vista clásico. Al final, a modo de mesa redonda moderna, la triunfante Medea y un despojado Jasón en silla de ruedas –quizás herido por el palo del Argos que le cayó encima y que según el mito lo mató– y con un perro como único amigo, refrendan cada uno su tesis, la de la subversión como única posibilidad ante el poder y la de la vida pacífica en familia y sin contratiempos. Es, a mi entender, un epílogo demasiado largo e innecesario en la medida de que el texto ya evidenció ambas posibilidades.

Al empezar la escenificación, el público se encuentra ante una carpa cerrada, con la Nodriza y Feres y Mérmero, acompañados por Pólux (sin Cástor) como representante de los argonautas, dormidos en el suelo. Las tres mujeres del coro, Medea y Realfuck –que sustituye a Egeo– transitan y dicen sus parlamentos, antes de que los durmientes sean despertados y se abra la carpa, que es una carpa de bodas, con mesas y sillas elegantemente dispuestas según la escenografía de Sergio Villegas, también responsable de la iluminación, con una parte alta al centro, que podría ser el escenario, y una rampa que desciende casi hasta la entrada. Los espectadores se acomodan como invitados a la boda de Jasón y Glauce y la tragedia se desenvuelve con la entrada de una Medea doliente e iracunda que se enfrenta a Creón casi de manera igual a la euripiana.

Las bodas se llevan a cabo, con un desenfrenado baile en que participan tanto las coreutas como los otros personajes, incluidos el pedagogo, la nodriza y los hijos de Jasón y Medea. Estos últimos beben sin tregua, lo que facilita su muerte a manos de la madre tras el consabido regalo del manto que asesinará a Glauce. El autor y director mueve a sus personajes, sobre todo a los principales, con amplios trazos en el escenario y en la rampa mientras las tres mujeres corintias observan y el pedagogo sirve las bebidas si están en escena, en esta mezcla de antigüedad clásica y costumbres contemporáneas, acentuada por un vestuario que no es ni lo uno ni lo otro debido a Saúl H. Liera.

El elenco es muy desigual en cuanto a capacidad actoral. La excelente Carolina Politti encarna a una Medea casi todo el tiempo hierática, un poco sonambulesca, excepto cuando va de la imprecación furiosa a la súplica ante Creón. Miguel Cooper es un convincente Jasón en su exasperante medianía. Lech Hellwig Górzinski –el director y profesor universitario a quien nunca había yo visto actuar– es un Creón altivo, cuyo acento –aunque sea de diferente origen– se hermana con el muy cerrado de la poco eficiente Annette Hildebrand, quizás para acentuar el punto de vista de la extranjera Medea. Mauricio Pimentel muy bien como Realfuck y el Pedagogo, al igual que Mónica Jiménez encarnando a la Nana. Apenas cumplen Aldo González como Feres, César Ríos Legaspi como Mérmero y Ricardo Rodríguez como Pólux y sin chispa alguna las tres lindas coreutas.

 
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