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■ En La palabra frente al vacío, Juan Arnaud repasa el pensamiento del monje Nãgãrjuna

“El budismo no tuvo que crear su filosofía como el cristianismo”

■ En India sí existe respeto por el conocimiento y tolerancia intelectual, no así en Europa, afirma

■ Publicado por el FCE, el libro presenta la escuela de la vía media, debatida por más de mil años

Mónica Mateos-Vega

Ampliar la imagen Avalokiteshvara, diosa budista de la compasión, pieza incluida en la exposición sobre esa cultura, que se presentó en el Castillo de Chapultepec en fechas recientes Avalokiteshvara, diosa budista de la compasión, pieza incluida en la exposición sobre esa cultura, que se presentó en el Castillo de Chapultepec en fechas recientes Foto: Archivo

Ampliar la imagen Juan Arnaud, escritor que ha traducido a español los principales trabajos del pensamiento de Nãgãrjuna, en la imagen Juan Arnaud, escritor que ha traducido a español los principales trabajos del pensamiento de Nãgãrjuna, en la imagen Foto: cortesía de FCE

El budismo siempre ha tenido una intensa preocupación basada en la ética, fundamento de su concepto de compasión, explica el filósofo español Juan Arnau (Valencia, 1968), autor del libro La palabra frente al vacío, que ya se encuentra en circulación.

En ese trabajo, publicado en México por el Fondo de Cultura Económica (FCE), el especialista da a conocer el pensamiento del monje budista Nãgãrjuna, fundador de una de las tradiciones de pensamiento más influyentes de la filosofía de India: la escuela de la vía media.

La doctrina del filósofo –que vivió en el siglo II– fue, inclusive, debatida durante más de un milenio en naciones como China, Tíbet, Corea y Japón; además, el budismo zen lo considera uno de sus precursores.

En entrevista con La Jornada, Arnaud, quien ha traducido a español los principales trabajos filosóficos de Nãgãrjuna señala que para el monje budista “la vacuidad es una sabiduría profunda pero peligrosa, pues sin el contrapeso de la compasión sería como agarrar a la serpiente de la cola”.

Estos conceptos, continúa, han tenido gran éxito en el pensamiento contemporáneo porque es moderno, “pero hay que situarlo en su contexto. Propongo tres fases en su filosofía: la contingencia, la ironía y la solidaridad.

“En la primera es donde expone la doctrina del vacío. Una explicación simple sería esta: Nãgãrjuna se pregunta ¿dónde se encuentra el sabor de la manzana? Ante esa cuestión el materialista diría que el sabor se encuentra en la manzana misma, el idealista que el sabor está en la conciencia de quien la come.

“Nãgãrjuna rechaza las dos posibilidades y dice que el sabor de la manzana está en el encuentro de ésta con la persona que la come, y dice que así son todas las cosas. El árbol es el encuentro de la semilla con el brote, la tierra húmeda, la luz del Sol, el planeta Tierra. Es decir, los entes –seres vivos o cosas– no tienen naturaleza propia, sino que son el encuentro de muchas cosas.

“Y si todas las cosas que conocemos carecen de naturaleza propia son vanas, vacías. Esa es la fase de la contingencia: las cosas dependen unas de otras.

“La fase irónica es una idea muy desarrollada en un texto que se llama El abandono de la discusión –publicado por Siruela–, el cual plantea que esa misma afirmación de que las cosas son vacías es a su vez vacía, o el encuentro de todas las ideas y percepciones de la realidad. Nãgãrjuna tiene la valentía de decir que su afirmación es vacía, pero, he aquí lo importante: es útil, es una propedéutica, una preparación.

“La última es la fase de la solidaridad, generosidad o lo que los budistas llaman compasión. Dice que si las cosas son vacías y el propio reconocimiento de la vacuidad es vacío, pues trabajemos para disminuir el sufrimiento de los seres. El sabio debe tener discernimiento para reconocer la vacuidad de las cosas, y compasión; esas son sus dos alas, si le falta una, no puede volar.”

El también astrofísico Juan Arnau considera que, en contraste, el cristianismo surge en un ámbito donde no hay filosofía, por lo cual “a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino les correspondió la inmensa labor intelectual de incorporar al cristianismo la gran filosofía griega de Aristóteles y Platón. El budismo nace en un contexto histórico y cultural diferente, en India, en una sociedad donde la filosofía ya tiene peso importante.

“Hay respeto al conocimiento; los brahamanes ocupan cargos de responsabilidad, son asesores de reyes o príncipes; entonces, el budismo no tiene que hacerse de su filosofía, como el cristianismo, que lo ha hecho en cierto sentido algo artificial.

“Si bien en el budismo hay una tendencia idealista fuerte que sintoniza bien con el catolicismo, también existe un fuerte sentido terrenal, algo muy aristotélico, mientras en India hay una tolerancia intelectual; es decir, cada uno puede pensar lo que quiera, o ser un perfecto hinduista, pero al mismo tiempo materialista; hemos visto que en la historia de Europa hay momentos en que el cristianismo se ha puesto dogmático, en ese sentido ha habido intolerancia.

Ironía y lógica

“Pero en otro sentido, India es mucho más inflexible socialmente que las sociedades católicas cristianas, donde –por otra parte– en algunos sectores ha muerto una idea de Dios, ante esto, sobre todo en Europa, muchos pensadores se han vuelto a India o a China para indagar otras formas de la divinidad, de lo divino u otros cultos, o simpatizan con la idea de Gaia, que es mirar a la Tierra como un ser divino y vivo; hay toda una tendencia resultado de esa orfandad”.

El libro más reciente de Arnau, publicado por el FCE en España y de próxima circulación en México, se titula Arte de probar. Ironía y lógica en India antigua, y “es la biografía intelectual de los vitandines, filósofos irónicos de India, expertos en lógica, quienes se dedicaban pacientemente a la desarticulación de los principios mismos de la lógica”.

Entre ellos hubo materialistas, escépticos, budistas e hinduistas. Acudían a los debates y torneos dialécticos con el único propósito de refutar las tesis de sus oponentes y descubrir el truco de magia, la tramoya que sostiene la ilusión colectiva del pensamiento. No aportaban nada, ni proponían teorías, sólo martillazos y carcajadas, desmotando, mediante la ironía, las certezas de sus interlocutores”, concluye el autor.

 
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