Usted está aquí: jueves 13 de noviembre de 2008 Opinión Quién teme a Espantapájaros

Olga Harmony

Quién teme a Espantapájaros

Es muy escasa la producción de obras dirigidas al público juvenil, por lo que hay que destacar esta escenificación debida al Programa de Teatro para Niños y Jóvenes y Producciones El Milagro. La talentosa creadora escénica Maribel Carrasco, bien conocida por sus aportaciones a la dramaturgia dedicada a los niños, enfrenta en esta ocasión con Quién teme a Espantapájaros un duro tema que puede mover la conciencia de los jóvenes y de los adultos que solemos soslayar el hecho de que según Amnistía Internacional en más de 36 países los sucios paramilitares y los grupos armados de oposición reclutan a pequeños menores de 15 años e incluso son entrenados por grupos delincuenciales, esto último de lo que nuestro país no escapa. Según el especialista de la ONU Graa Machel, los niños son más obedientes que los adultos, no cuestionan las órdenes y son más fáciles de manejar e incluso no piden paga. Los pequeños son reclutados en general en zonas rurales, son pobres y analfabetos, provienen de familias desintegradas por guerras intestinas u otras causas, a veces son raptados y otras se afilian por hambre y son usados como escudos humanos, para detectar bombas terrestres, o bien obligados a ver y cometer hechos terribles, por lo que su recuperación es muy difícil al ser víctimas de estrés post traumático o temer volver a sus pueblos en los que han cometido atrocidades.

La autora plantea dos ámbitos posibles. Uno, la de un ex niño combatiente –se supone que ya existe la paz en su territorio o algún tipo de amnistía– que al ser interrogado narra con grandes reticencias su historia y las atrocidades cometidas por él y otros niños soldados y que no están alejados de la horrenda realidad si se atiende a testimonios de niños que han abandonado el combate (y que usted puede ver en Internet junto a un espantoso video que muestra la cruel realidad). En el otro ámbito está Espantapájaros, alardeando de sus crímenes en una área en que existe guerra, acompañado por Totó, que narra la historia del pequeño que no recuerda siquiera su nombre verdadero, afianzado en un mote que lo hace sentir seguro. En ninguno de los casos se indica el sitio de las acciones, aunque los nombres de Totó y Lucién hacen suponer un lugar francófono. Los dos ámbitos están también separados por el lenguaje seco y preciso en el del ex combatiente y el del hombre que lo interroga, pleno de matices poéticos en el de Totó, con frecuentes alusiones a los pájaros. Poco a poco, los alardes de Espantapájaros van cediendo ante la añoranza de la madre sin excesos sentimentales, sino como el asidero de una infancia que no existe más para él, alentado por Totó, y el recuerdo de la muerte del amigo Lucién “El mosquito”. Al final se descubre la imbricación del propio Espantapájaros y del extraño narrador de su historia. El ex niño combatiente acusará a su interrogador de ser quien propicie las guerras, origen de sus desgracias.

En una escenografía muy eficaz de Gabriel Pascal, también iluminador, que consiste en un panel corredizo con un hoyo en medio –que puede deberse a un cañonazo– y una simple silla con lámpara como de tercer grado en el área del interrogatorio además de la mesa familiar de la madre, David Olguín dirige esta vez un texto que no es suyo. Si al principio respeta la división de las áreas, poco a poco las va contaminando al extremo de que el ex combatiente (Rodrigo Espinosa) quedará finalmente en la de Espantapájaros (Bruno Castillo) y Totó (Luis Mora), quienes pasan por el hoyo de la pared o se recuestan en él con movimientos que conservan algo de juego. El mismo actor (José Carlos Rodríguez), en un simbolismo muy claro, interpreta al militar que interroga y a Killer, el siniestro entrenador de los niños. Al correrse el panel, se puede observar a la madre (Georgina Tábora) ante la mesa de cocina y finalmente como una radiante aparición en el recuerdo con su vestido rojo floreado. En esa misma zona se verá a Lucién (Maribel Carrasco), muerto en la guerra. El vestuario es de la propia autora, Maribel Carrasco, y el diseño sonoro de Rodrigo Espinosa.

 
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